El “de pie” es a las 4:30 de la madrugada. Un buche de café en el estómago y a fajarse con las máquinas. No puede perder tiempo. “Cobras por la cantidad de caña que corte el equipo. Si se rompe, son horas de menos en el trabajo, y por ahí se te escapa el salario. No es que me obsesione el dinero, pero la zafra dura 5 meses a to’ reventar, y hay que aprovecharla porque el resto del año tienes que jugarla bonito para ganarte unos pesos en otro trabajo, si es que aparece”.

Polvo. Ruido de industria. La melaza en el aire. Esto es un batey azucarero en Cuba durante los meses de zafra. Cuando la campaña termina, solo sobrevive el polvo. Y una quietud de espanto, temida, incluso, por los que tienen algún trabajo al que aferrarse en el ‘tiempo muerto’.

Reidel Rodríguez Rebuñal vive en uno de esos bateyes, el del consejo popular Panchito Gómez Toro, de Quemado de Güines, al noroeste de la ciudad de Santa Clara. Un ‘pueblo urbano’, dicen, aunque apenas sobrepasa las 700 viviendas y los 2 000 habitantes (menos que la población esclava de la zona durante la Guerra de Independencia). Una localidad minúscula articulada en torno a un central, el único que sobrevivió de unos 18 que existieron en el territorio, en el siglo pasado.

El joven tiene 23 años y un título de técnico medio en fabricación de azúcar. “No es lo que hubiera deseado, pero no me gusta estudiar. Y vivir en un batey casi te hace adaptarte a esa opción desde chiquito: el ingenio o el campo”, dice.

Batey del Central Panchito Gómez Toro, de Quemado de Güines. Foto de la autora

“Cuando me gradué en el politécnico Pedro María, de Santa Clara, me ubicaron en el central. Duré poco. El salario no estaba mal, pero no se compara con todo el trabajo de la fábrica. Por cualquier bobería te penalizaban. El ruido de las máquinas era insoportable y las orejeras para los obreros entran cada cien años. Un problema con una pieza podía demorar semanas en resolverse, y eso que el ‘Panchito’ no es de los que más se rompen”, comenta, sin ocultar el disgusto por su primera experiencia laboral.

Todavía como obrero del central, el muchacho matriculó un curso para mecánico de nuevas tecnologías, o sea, para arreglar las combinadas KEY computarizadas, incorporadas al corte de caña en la zona en 2011. “Al terminar el servicio militar, entré a un pelotón cañero y ya he hecho 3 zafras con ellos. Cobro entre 1 000 y 2 000 pesos quincenales, y hago lo que más me gusta: inventar, armar y desarmar cosas”.

El problema aparece cuando termina la zafra. Todas las unidades vinculadas a la producción reducen plantillas, y solo se quedan vinculados los puestos claves en determinadas áreas. El de mecánico, hasta ahora, no figura entre los privilegiados. “Las combinadas necesitan mantenimiento y conservación en el período entre las zafras, pero alguien ‘de arriba’ decidió que eso lo podía hacer el operador de la KEY.” 

A nosotros, ¡que nos coma el lobo!, se queja Reidel.

Terminada la cosecha, sale de nuevo en busca de otras alternativas de trabajo, parciales o informales. El panorama de empleo en la zona no es el mejor: un consultorio médico, una bodega, una escuela primaria y un taller de reparación de ómnibus. Una mesa aquí para vender utensilios hogareños; un puesto para rellenar fosforeras allá; un merendero por cada 2 kilómetros cuadrados en un batey de menos de 10 de extensión. Lo demás es, literalmente, campo.

Batey del Central Panchito Gómez Toro, de Quemado de Güines. Foto de la autora

“Las oficinas del central están cubiertas desde hace tiempo porque la fuerza laboral allí es estable. Para trabajar en la escuela debo tener como mínimo el 12mo grado. En el taller no hay ni herramientas para reparar, además de que pagan menos de 300 pesos al mes. He intentado colarme en un taller particular de bicicletas que hay en el pueblo, pero la ‘pincha’ ahí es poca y mal pagada”.

Por ahora, Reidel ve su mejor opción como jornalero. Junto a unos amigos del barrio se va a sembrar, guataquear y chapear los cañaverales de una cooperativa cercana, por 30 pesos la mañana y 35 pesos la tarde. “Agotador, pero conveniente. Al menos, hasta que termine el ‘tiempo muerto’ y la zafra le devuelva la vida a to’ esto por aquí”.