Escuché en una ocasión a una joven colega decir que había que ser más exigentes con aquellos trabajadores que en el periodo vacacional –julio y agosto– estaban teniendo irregularidades en su puntualidad y asistencia. Por la forma en la que se expresó, era como si estos hubieran asumido la corriente filosófica “Hakuna Matata”. Me sorprendió, y no porque me moleste el orden –todo lo contrario, me gusta, y más aún si el que recoge es otro– sino porque las vacaciones son un periodo que tiene sus matices, y según mi modesto entender, si de madres se trata, el análisis debe ser profundo.

Unos días antes había pretendido realizar una gestión personal estando yo de vacaciones, para no afectar mis días laborales. Necesitaba ir a la Oficoda (esto será comprensible solo para cubanos), y por suerte llamé antes de ir, pues la persona que allí me encontré me dijo muy tranquilamente que hasta dentro de dos días no atenderían a la población, pues “estaba sola y tenía que hacer papeles”. Es decir, en dos días yo estaría trabajando y debería faltar pues sin la canasta vacía –que digo, básica– no me podía quedar.

Esto es solo una anécdota que se generaliza en diferentes contextos. Lo que planificamos para un día solo puede hacerse en varios y, si estás de vacaciones, ese “varios” se vuelve imprecisable. Si piensa hacer gestiones en ese periodo, la paciencia y el tiempo no le deben faltar. Ni a usted ni a su jefe, claro está.

Pudiéramos sumar a esto que mi hijo menor comenzaba el noveno grado y a algún sesudo se le ocurrió que los grados terminales no requieren uniformes. ¿Qué hacer? ¿Recurrir a la bolsa negra donde me cobran 100 pesos por cada camisa, o mandarlo con las camisas chiquitas? Siendo un adolescente presumido, esto último podría ser causa de un conflicto bélico con armas psicológicas. No, debía salir a buscar esas camisas, escaparme, “resolverlas” allí donde aparecieran. Todo esto debía hacerlo en ¡Vacaciones!

El periodo de verano se ha convertido en el Triángulo de las Bermudas para quien trabaja y tiene hijos. Se pierden las personas en los centros laborales y, cuando no, están perdidas en sus pensamientos acerca de los que dejaron en casa: niños con una programación en la televisión que está como para que salgan corriendo para la calle; en la calle un sol como para no salir de la casa, una abuela que no sabe cómo los va a entretener, las despensas bajando, la electricidad subiendo, y las enfermedades contagiosas a la orden del día. Porque, para colmo, es además el período donde proliferan los brotes de diarreas, conjuntivitis, y hay que rezar para que no lo pique a uno un mosquito, pues el zika y el dengue, al parecer, llegaron para quedarse.

Resulta todo un desafío cuidar a los hijos, trabajar, y rezar para que no se enfermen. Es fácil decirlo, pero no tanto hacerlo. En las últimas vacaciones vi a dos niños preescolares acompañando a sus cuidadoras –la abuela y la madre, respectivamente– en sus centros laborales.

Al primer niño lo encontré en una farmacia, y al segundo en una tienda. La que parecía ser la abuela, le decía al pequeño: “alcánzame esto y lo otro” (pidiendo medicamentos). Me quedé pensando cuántas veces tendría que haber ido el niño a los estantes para que haya llegado a saber dónde están las medicinas con nombres rarísimos (es como aprender otro idioma). Imagínese a un niño de 5 o 6 años atendiendo a la siguiente petición: “Alcánzame la Dexclorfeniramina”.

El otro pequeño, más chiquito aún, trataba de “ayudar a su mami” organizando nada más y nada menos que bombillos en la tienda en la que ella trabajaba. La mamá hacía sus labores en modo automático, mientras el niño colaboraba con “su trabajo”. Y tan tranquila: era como si estuviera jugando con ositos de peluche; no se inmutaba. ¿Irresponsable? No lo creo.

Una compañera mía de trabajo está a punto de conseguir que su hijo de cuatro años forme parte del personal de nuestro centro, pues tiene una asistencia envidiable… Lo malo es que se trata de un centro de salud a donde llegan personas enfermas. Espero que haber estado cerca de tantos gérmenes al menos fortalezca su sistema inmunológico, considerando que todo tiene su parte buena.

¿Dónde están los planes de verano para apoyar a los trabajadores con hijos pequeños? ¡En el Triángulo de las Bermudas!

Hay algunos centros laborales afortunados que cuentan con esos planes, pero la mayoría no. Hay jefes considerados, otros no. Abuelas dispuestas, aptas, y otras no. Trabajos y trabajos. Gente descarada que se aprovecha y se monta en la ola de los desaparecidos, empeorando la situación del que realmente tiene el problema de cuidar, mientras trabaja, a sus hijos, por no tener quien lo haga por él. Hay quien puede pedir licencia. Hay quien no pude darse el lujo de sacrificar con ello sus ingresos…

Tiempos especiales requieren soluciones especiales. Creo que pudieran autorizarse las licencias, retomar los planes de verano en todos los centros donde sea posible, trabajar media jornada –aunque el pago sea menor–, que existan planes recreacionales atractivos y seguros, como los campamentos de veranos de que disfrutamos cuando nosotros, los padres, fuimos niños.

Ahora en el perfeccionamiento del sector privado, –cuentapropista o cooperativista–, quizás aparezcan buenas ideas en ese sentido. Es importante apoyarlas. Si ello fuera posible, quizás algún día pueda ver a mi lozana colega ser vanguardia del trabajo en el periodo estival. Ojalá… como dice la canción de Silvio.

 

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews y su autora es Vivian Vázquez Villasuso. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.