“Todos llevamos un maquillaje exagerado. Yo solo plasmo en el lienzo esa honestidad rabiosa que nos redime, esa lucidez momentánea que nos tumba el maquillaje y nos deja despayasitados”, dice Yoandy Roche, un artista plástico de Villa Clara que a los 34 años ha conseguido, por primera vez, exponer su obra de manera individual.

Roche tiene ya un hijo y una esposa. Vive agregado, en una casa de tablas pintadas con cal. Sentado en el piso, me cuenta que la primera vez que llegó a una galería con la intención de exponer un cuadro se quedó sin desenrollar el lienzo. Le preguntaron que quién era él, si tenía alguna titulación artística o premio.

En esa fecha no había transitado por academia alguna y aún así logró matricular en el Instituto Superior de Arte, en la especialidad de Conservación y Restauración. De allí salió con algo más que el necesario título de Licenciado en Artes Plásticas: logró entender su realidad mucho mejor.

Según Roche, estamos enfermos de un payasitismo crónico. “La hipocresía exagera el blanco en el contorno de los ojos; el oportunismo y el miedo falsean una sonrisa y nos ponen roja y redonda la nariz. Somos payasos. Y solo en diálogo con nosotros mismos nos despayasitamos”, dice.

Yoandy Roche y una de sus obras. Foto: Miguel Ángel Montero

Esos flashazos de lucidez son los que pinta Roche. Por eso su obra es casi fotográfica. “No busco la exactitud en los trazos. Solo pretendo captar la verdad interior que se asoma. Esa expresión que nos queda en el rostro cuando nos autorreconocemos”, argumenta.

Pero, ¿hasta qué punto le hace menos culpable a Roche entender esas sujeciones o dobleces?

“Es liberador, pero a la vez te sientes más traicionado. Por ejemplo, no te voy a hablar de mí como hombre, te hablaré solo desde la dimensión del artista. Yo también pinto vírgenes, guevaras, paisajes y mulatas por encargo… lo que me pidan. Salvo algunas creaciones mías que se encuentran en colecciones privadas de Estados Unidos y Canadá, la mayor parte de lo que vendo es souvenir de candonga”, confiesa.

“Ese trabajo casi industrial me roba tiempo para hacer lo que quiero, y me deja mutilado. Necesito un par de días para volverme a conectar con lo que estaba haciendo. Pero es fácil traicionarte cuando necesitas vivir y sostener una familia”.

El hecho de ser un artista plástico en el interior del país, no solo determina la inexistencia de espacios para presentar o comercializar las obras, sino también los problemas para acceder a implementos de trabajo: “El lienzo, los óleos y hasta los pinceles son bien caros. Existen algunas pocas tiendas especializadas, pero es insuficiente y de mala calidad lo que se vende”, asegura.

“A veces tienes que ir a otras ciudades como Camagüey o La Habana, para comprar algún material, y siempre se prioriza a los artistas reconocidos, algo que entiendo correcto, pero que pone en desventaja a los creadores noveles”, concluye.

En el poblado de Camajuaní, donde vive, ahora mismo no hay una galería de arte. El espacio donde un día estuvo cedió lugar a un mercado agropecuario y luego a una casa de cambio de divisas (CADECA). Pero Roche sigue pintando desde su cuarto taller. Lo hace con incertidumbres y certezas. Pinta para vender y pinta porque esa intimidad con el pincel le permite remover los maquillajes de su rostro y ponerlos en el lienzo con una similitud casi fotográfica.

Autorretrato / Foto: Miguel Ángel Montero