A esos muchachos que suelen vestirse con pantalones anchos y desteñidos, chancletas de cuero y bolsos colgados a los lados, les suelen llamar “sapingos” en Santa Clara y otros lugares de Cuba. Generalmente se mueven en grupo y alardean en público de sus conocimientos artísticos e intelectuales.

El café Chaplin, inaugurado hace pocos años en esta ciudad de Santa Clara, se ha convertido en el sitio preferido de muchos de estos jóvenes, generalmente estudiantes universitarios, que encuentran en las paredes remozadas de una casa antigua, el sitio perfecto para tomar la bebida preferida de los “culturosos” cubanos.

A Lisbeth Moya no le gustan las categorías. Ella es una de las tantas muchachas universitarias que disfrutan la vida bohemia de Santa Clara.

Coincide en que el Chaplin se ajusta a los requerimientos de ese grupo social orgulloso de su capacidad para apreciar el arte. Decorado al modo vintage, los visitantes tienen la libertad para grabar citas en las paredes o dejar mensajes adosados con chinches en marcos de madera, dispuestos por todo el local. Los textos son extraídos casi siempre de libros de Pablo Coelho, García Márquez o poemas cortos trasmitidos por la oralidad.

Café Chaplin. Foto: Yariel Valdés.

“Creo que el término ‘sapingo’ lo relacionan con esas personas que viven la cultura, aunque otros dicen que son los que hablan de lo que no saben. Por supuesto, no me gustaría que me catalogaran con ese enfoque”.

“Cada uno de los cafés (privados o estatales) que tiene Santa Clara tiene el objetivo de atraer un público determinado. Evidentemente, el Chaplin, por sus características especiales de diseño, las ofertas, la música y el lugar estratégico donde está ubicado, está confeccionado para un público universitario o con intereses diferentes a la mayoría. Últimamente se ha convertido también en lugar de encuentro de estudiantes de preuniversitarios”, abunda.

Y aunque no le gustan las etiquetas, lo ‘sapingo’ (esa propensión a sentarse en el piso o idolatrar objetos de factura sencilla como piedras, cuentas de barro o pulsos artesanales) está muy presente en todo el ambiente del lugar. Amueblado con pequeños bancos de madera, mesas bajas o simples cojines, el café proyecta una onda despreocupada para quienes lo frecuentan.

Café Chaplin. Foto: Yariel Valdés.

“Aquí vienen los que no le gusta el reguetón—prosigue Lisbeth— Son jóvenes que buscan identificarse con el concepto cosmopolita de esta ciudad, que creo viene desde los años 80. Es la generación que le sucede a todas las anteriores, muy marcadas por el ambiente de conocimientos que genera tener una Universidad muy grande y reconocida.” Aunque estos son otro tipo de ‘sapingos’, hijos de su tiempo, una especie de ‘sapingos híbridos’, se intenta explicar.

Mientras llega el pedido, los visitantes pueden disfrutar en la pantalla de los cortos y películas Charles Chaplin, eso sí, en versiones originales, de cine silente. Todo con música de fondo, a veces trova o vertientes parecidas, ambiente típicio de esas cofradías que suelen reverenciar a Joaquín Sabina, Carlos Varela, Silvio Rodríguez o a la generación de Habana Abierta.

“La sociedad ve a los ‘sapingos’ como los que consumen trova normalmente, que leen y se la pasan hablando de eso, de temas con alta gama intelectual. Se visten como les da la gana, con lo primero que encuentran en el closet, aunque busquen intencionalmente eso. Es la persona que quiere ser auténtica, que busca resaltar siendo contracorriente”.

A fin de cuentas son otra tribu urbana, una que busca alcanzar cierto reconocimiento social, sobre la base de ser un joven instruido, y que en este café santaclareño se siente libre para ser.