En la madrugada me despierta un bullicio inusual. Altavoces, cantos, gente de un lado a otro que ríe y habla alto, guaguas que se hacen sentir a golpe de claxon. Es primero de mayo.

Los días previos llegaron a ser tediosos por la cantidad de mensajes públicos, quizá por su mala factura que incluye lenguajes viejos y porque, al ser diseñados desde “arriba”, no condensan la diversidad de criterios, particularidad y enfoques existentes en los diferentes sectores y territorios del país.

Sin embargo, el bullicio madrugador, el convite de amigos y amigas y algunas razones difusas, logran movilizar a la caminata, la celebración, la alegría y la concurrencia fraterna que se genera los primeros de mayo.

He escuchado que la gente va obligada a la plaza porque pueden perder el empleo o algún privilegio. Tal vez exista por ahí una experiencia de esa índole, pero personas obligadas y sometidas no es lo que se respira en un día como este. Mi experiencia desde niño es que la gente la pasa bien, inclusive lo hacen en familia.

Sin dudas, el primero de mayo es un día de celebración para las cubanas y los cubanos. Pero, ¿es solo eso?, ¿qué se celebra realmente?, ¿sería posible ponerle otros contenidos, con la alegría incluida?, ¿preparar el desfile no podría ser, también, la elaboración de consignas y pancartas diversas?, ¿cómo nos conecta este día con trabajadores/as de otros lugares?

Es importante recordar que el primero de mayo es un día simbólico en el que la clase trabajadora se moviliza contra las formas de opresión y celebra sus luchas. Las consignas se relacionan con demandas concretas en cada momento, región y país, también con posicionamiento frente a episodios coyunturales. Entre los temas más recurrentes están el aumento salarial, el respaldo a las fuerzas políticas que impulsan el derecho de los trabajadores/as y la negación a quienes benefician a la clase empresarial; defensa de la soberanía nacional contraria a las arbitrariedades de las transnacionales y en solidaridad con las luchas en otras partes del mundo.

El caso cubano tiene sus particularidades. Las consignas son menos concretas: unidad, compromiso, victoria… A las mismas se les podría preguntar ¿unidad respecto a qué?, ¿compromiso de quiénes y con qué?, ¿cómo se concretan las victorias?, ¿qué relaciones guardan estas con los intereses específicos de la clase trabajadora?

Miremos este asunto en su contexto. Cuba vive una acelerada restructuración socio-clasista, sin embargo, las manifestaciones políticas organizadas se mantienen sin cambios esenciales. Esto quiere decir que hay una realidad que no logra develarse en toda su complejidad.

Por ejemplo, los trabajadores/as, quienes no poseen los medios de producción y solo cuentan con la fuerza de trabajo por la que reciben un salario insuficiente, tienen delante los intereses de sus empleadores, estatales y privados. Sin embargo, según la ley, se afilian a un mismo sindicato y parecieran compartir en igualdad de condiciones las mismas metas: sostenibilidad y prosperidad.

Súmese a este cuadro el caso específico del campo, donde el campesino poseedor de tierra difiere del jornalero que solo la trabaja. Otro tanto ocurre con la capacidad decisora de la burocracia, sector que mantiene el poder detrás del buró. Este, sin ser elegido ni controlado por la clase trabajadora, decide en su nombre.

¿Las diferencias que se asientan en el proceso de reforma deberían traducirse en las consignas del primero de mayo? ¿Desatender esta realidad diluye el carácter clasista de la celebración? ¿El apoyo al gobierno recién elegido implica que se reconozcan las complejidades que esta realidad genera?

Qué tal si entre los carteles del desfile aparecieran demandas tales como elección de los directivos empresariales por trabajadores/as; poder de decisión sobre la distribución de beneficios en las empresas; protección legal verificable al derecho de los empleados/as en el sector privado; más poder a los sindicatos frente a los directivos empresariales; prioridad a las cooperativas…Qué tal si esas demandas entraran en la agenda del nuevo gobierno.

Cuando pensamos afectivamente en lo que ha representado el primero de mayo en Cuba por décadas, es una buena cosa que las cubanas y los cubanos tengamos un día de celebración en las plazas del país. Si lo pensamos en clave de desafíos, habría que asumir la diversidad contenida en la unidad y su derecho a manifestarse. Es cierto que no seremos un país más fuerte solo por develar nuestras diferencias, pero tampoco lo seremos si las ocultamos.

Poder manifestar nuestras diferencias será otra motivación para que el bullicio inusual de la madrugada, los altavoces y cantos, la gente de un lado a otro que ríe y habla alto, las guaguas que se hacen sentir a golpe de claxon, sean augurios de una jornada fraterna, más consciente y más parecida a lo que somos.