Era un muchacho al que yo conocía de toda la vida, de verlo en fiestas, de esas partidas de dominó nocturnas que todavía se arman en mi cuadra. Era dos o tres años mayor que yo, le decían El Chulo. No sé su nombre, no sé exactamente cuál es su casa.

Era el guapo del barrio. Los más chiquitos le tenían miedo y los más grandes, respeto. Una vez, por asunticos de novias, uno de la secundaria me dio un trompón, se me encaramó arriba y me partió la nariz. Seguía dándome. Yo estaba desmigajado en el piso, medio muerto, a unas cuadras de mi casa. Él pasaba y me lo sacó de encima. Lo agarró por los hombros y se le encaró. El otro salió corriendo. El Chulo no me ayudó a levantarme, siguió —llegué a mi casa como pude. Después de eso me pedía cigarros. Alguna vez me dijo que era mi fan porque yo hacía canciones y tenía fotos con Los Aldeanos y cantaba en algunas peñas de rap. El rap estaba de moda. Creo que a él también le dio por hacer música. Cuando entré a La Lenin le perdí el rastro: dejé de ir a fiestas y de jugar dominó y de hacer todo lo que tuviera que ver con el barrio. Me pasaba los fines de semana trancado en mi cuarto, durmiendo y leyendo. Dejé de hacer canciones y me mudé.

Aldeano yo

Hace par de semanas nos encontramos en una parada. Le di un cigarro. “Todo bien, tú sabes”, diez minutos hasta que llegó el ómnibus. Subimos por la última puerta y nos quedamos allí, comprimidos. Una cantidad de gente espeluznante, mucho calor. Me puse los audífonos. El Chulo estaba justo al lado mío y al lado de él, una mujer de unos 60 años —collares de santo, pañuelo a la cabeza— que se había abierto paso desde el acordeón. Traía una cartera bastante grande colgada de un hombro. Traté de no mirar pero no pude mientras El Chulo corría suavemente el zíper a la cartera de aquella mujer. Terminó de abrirla y sacó la mano, aprovechó un frenazo, tropezó con ella, pidió disculpas. La mujer apretaba la cartera y se aguantaba del tubo. Él deslizó la mano y rebuscó dentro, no miraba a nadie, concentrado. Traté de no mirarlo. Tuve miedo de que lo descubrieran y luego sentí pena por la mujer. Después sentí parálisis.

Hubiera sido bueno, en todo caso, que la mujer lo viera, que gritara, que la gente lo magullara un poco; o no, porque entonces hubiera tenido que sacarle de encima los trompones, que recibir algunos a nombre de él —haberme vuelto cómplice— o que, sencillamente, virar la cara. Él sacó el monedero y se lo guardó debajo del pulóver. Hubiera sido mejor no haberlo visto. Bajé en cualquier parada, tembloroso. Prendí un cigarro. Seguí caminando sin saber a dónde ir.

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