Casi eran las tres de la tarde cuando miré mi reloj por quinta vez y decidí marcharme de aquel lugar. Conforme a lo pactado, esperaba desde las dos a Tomiel Cruz Otaño en un parque de las afueras de la ciudad. Era este un encuentro atípico: no conocía ni a mi entrevistado, ni el sitio del encuentro. Mi única certeza -entonces- era aquella voz rasgada tras el teléfono que insistía en vernos en ese apartado paraje; tan inhóspito que olía a sospecha…

Con una hora de retraso pensé que había desistido, pero el estridente grito de mi nombre paralizó mi paso de regreso a casa.

-¿Eres Alejandro el periodista?- me pregunta  agitado aún del viaje.

-Sí- respondo contrariado.

Paradójica la imagen frente a mí. Burlesca, tal vez. Pelo teñido, cejas perfectamente delineadas, pantalón ajustado (hasta donde la palabra ajustado lo permite), esmalte transparente en la uñas y en sus manos… una biblia negra con membrete dorado: “Santa Biblia”…

-Entonces… ¿Cristiano?

– No puedo decir que lo sea. Las normas del cristianismo repudian lo que soy. Digamos, mejor, un homosexual que cree en Dios.

-¿Puede existir una relación entre la homosexualidad y Dios?

– Dios es un Dios de amor, sacrificó mucho para hacernos salvos a todos. Él no tolera la mentira, y si bien creo en su existencia, también creo en la verdad y mi verdad es que amo a varón siendo varón. A fin de cuentas -homosexual o heterosexual- es amor esa unión de sentimiento y espíritu manifestado en el pecado de la carne, pero amor a fin. Dios condena el pecado no al pecador.

Foto: Alejandro Trujillo

-¿Te consideras pecador?

-Todos somos pecadores de alguna manera. “¡Que lance la primera piedra quien esté libre de pecado!”, dice Dios para salvar la vida a una adúltera en un pasaje bíblico. Mi único pecado es amar lo que no es mi naturaleza, pero repito: es amor. ¿Acaso el amor es pecado?

Tomiel defiende lo que cree y lo que es con la misma intensidad –seguro, preciso, orgulloso… feliz- quizás por eso decidió abandonar la congregación a la cual asistía como Testigo de Jehová luego de 10 años.

“En este mismo parque venía a estudiar la Biblia, a entender qué pasaba conmigo, a intentar no verme como una abominación. Aquí pedía a Dios que me curara (…)

El sitio es el parque de un Politécnico Educacional (una iniciativa revolucionaria para formar Técnicos Medio en diferentes oficios) ubicado allí, donde Pinar casi pierde su nombre… Un lugar lleno de inmensos árboles, caminos de adoquines y bancos neocoloniales. Un sitio apartado, pero en efecto inspirador.

(…) “aquí entendí qué era amar, lo que decían las sagradas escrituras sobre la comunión del alma y del espíritu… Aquí di mi primer beso y fue a un hombre. Aquí me enamoré y decidí mi vida.”

Tomiel aún le duele contar su historia, prefiere el anonimato, borrar su pasado; vivir con la imagen irreverente que había creado para sí como expresión de rebeldía. Fue muy duro admitir que era homosexual y desde entonces –en su “nueva vida”- pocos conocen que una vez predicaba la Biblia de casa en casa.

Foto: Alejandro Trujillo

“Fui predicador no bautizado. Nunca quise bautizarme. Sabía que ese no era mi sitio, pero me aferraba ahí para limpiar mi alma y ser salvo… Tenía 18 años cuando decidí abandonar la congregación.”

Tomiel habla de Dios y de su relación con él  a la par que me enseña sus fotos como transformista del show nocturno en el que trabaja cada viernes.

Tomiel pudiera haber optado por casarse: tener mujer e hijos y vivir en lo que considera “una mentira bíblica” o ser homosexual y venerar a Dios libremente como lo que es y disfruta. Tomiel decidió y no se arrepiente: “amar es la expresión suprema de respeto a Dios”, sentencia.

-¿Sufriste rechazo?

-Siempre. Ser Testigo de Jehová siendo cubano te hace apolítico, y eso en nuestro país provoca rechazo. Ser homosexual siendo Testigo de Jehová te hace abominable… Dos elecciones que, en efecto, hacen daño.

“Pero igual soy cubano, homosexual y creyente… y lo seré hasta el día en que me muera…”