Viste de azul cada vez que visita a su madre espiritual. Lleva el pelo recogido y la mirada fija, solemne, pese a tener 13 años. Jenny no habla de sincretismo o de ceremonias religiosas. Jenny no conoce disquisiciones teóricas sobre deidades o de ofrendas a los santos; para ella nada de aquello es divino o sobrenatural… Jenny entra al mar, serena, decidida, como cada día 7 de septiembre, desde que nació… Su “madre” la espera…

Luego de varias citas médicas, la posibilidades de Yoslaine Cervantes Cotrina de quedar embarazada eran casi nulas para la ciencia, pero no cedía: “yo nunca estuve sola en mi ganas de ser madre, mi fe me mantuvo en pie cada vez que los médicos me decían que no podía procrear”, recuerda la madre biológica de Jenny, camino a La Coloma, un poblado pesquero a las afueras de la ciudad de Pinar del Río, y el lugar donde prometió a la Virgen de Regla (Yemayá para los cultos afrocubanos) venerarla por siempre si le concedía la gracia de la vida en su útero infértil.

Un año después nació Jenny de Regla Rivera Cervantes… un “milagro” con nombre de mujer.

Jenny lleva un melón, un manto azul satinado y un ramo de príncipes negros y azucenas. Aún no amanece, apenas puede distinguirse nada entre tanta oscuridad. Intento guiarla con la linterna de mi teléfono celular, pero con un gesto me pide que la apague y sentencia: “a mí aquí no me va suceder nada, mi mamá me protege”.

Le doy espacio y me limito a observar.

Deja batir por el viento el manto azul, como si avisara de su presencia, tal vez… camina unos pasos, se arrodilla. Le habla al mar tan bajito que es imposible escuchar; sonríe más de una vez y no puedo evitar extrañarme… “le habla de su vida, de cómo le va en escuela, de la salud de su abuelito, de… cosas de madre e hija”, me explica Yoslaine.

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Ya en el muelle introduce los pies en la oscurísima agua de aquel litoral, chapoletea un poco, juguetea, cierra los ojos y vuelve a hablar bajito, con intimidad…

Entrega el melón luego de besarlo. Lo mismo hace con el ramo de príncipes negros y azucenas, esta vez sumergida casi hasta la cintura…

La sigo con cautela, velo cada paso que da -está totalmente oscuro aún- no quiero perder ningún detalle. La advierto llorando, pero no logro tener certeza, luego la foto me revela que sí, mas no atrevo a interrumpirla. No tengo ese derecho.

Jenny no sabe de Orishas o religión afrocubana,  no cree en fanatismos o idiosincrasias… Jenny  solo conoce dos madres desde que nació y que las ama por igual, así de simple y natural como la propia vida.

Los albores de la mañana comienzan… y en el auto, de regreso, le pregunto por qué lloraba antes. Jenny me mira y dice con voz medio nostálgica: “porque voy a extrañar a mi mamá y ella se queda sola ahí”…

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