Ella se levanta temprano como todos los días, más bien madruga. Cada día su reloj biológico es su principal alarma.

Se mueve un poco sobre la cama pero bastan solo cinco segundos para poner sus pies desnudos en el suelo.

En lo que canta un gallo se asea, tiende la cama. Agarra su pelo largo, canoso, desrizado desde hace más de cuatro meses y lo hace una cebolla tan perfecta en tan poco tiempo que me quedo mirándola y preguntándome ¿cómo es que lo hace?

De ella no admiro una sola cosa sino todo a la vez: su despreocupación por vestir de un modo u otro, ella vive feliz vistiendo como le da su gana; su capacidad para retener en la memoria cada detalle, cada mínima acción; su sapiencia y su don de acertar casi siempre en todo; su transparencia; su luz.

Mientras, yo todavía doy vueltas del cuarto al baño, de ahí a la cocina y luego de vuelta frente al espejo porque esa blusa que pensé ponerme desde el día anterior, no me convence del todo.

Tampoco me gusta cómo queda mi pelo desrizado, está demasiado peinado.

Desde arriba puedo escuchar el sonido de una televisión encendida. También siento el aroma del café y el leve ruido de la cafetera al colar.

Mientras desciendo las escaleras siento el mecer de su sillón, es inconfundible ese sonido. Ella pierde siempre la concentración cada vez que yo bajo. Nos miramos y sé perfectamente lo que está pensando: “siempre estás en lo mismo, vieja, llegando tarde todo el tiempo”.

Y casi siempre acertaba, como cuando me decía que debía estudiar más, que las niñas debían esforzarse el doble para ser alguien en la vida y nosotras el triple, tras lo que perfectamente entendía que el “nosotras” hacía referencia a nuestro color de piel.

Su ejemplo es mi inspiración porque desde pequeña siempre fue sincera sobre la realidad que castraba y limitaba un poco nuestras vidas como mujeres negras.

Sobre nuestro color de piel, nuestro pelo, nuestros rasgos, se han legitimado barreras sociales, lo que hace que en ocasiones tengamos que esforzarnos el doble para conseguir lo que queremos. El modelo de sociedad bajo el cual crecimos nos devuelve como sujetas subalternas y crea la falsa ilusión de que debemos adecuarnos a esquemas predominantes para conquistar un privilegio que nos fue privado.

Esto lo he procesado de distinta forma en cada etapa de mi vida, pero desde pequeña ella fue la primera que me ayudó a entenderlo.

Una vez se me ocurre preguntarle por qué no se afeitaba el sobaco, a lo que ella respondió: “porque no me da la gana”. Su respuesta era cortante, radical y sin argumentos explicativos, pero su tono me hacía comprender que era mejor no seguir insistiendo si no quería problemas con ella.

Luego comprendí su respuesta y cuestioné lo acostumbradas que estamos las mujeres a dar explicaciones sobre nuestras vidas, a reinventarnos para ser como quieren las demás personas que seamos, a ceder ante las presiones de la normativa feminidad, a buscarnos en imágenes ajenas a nuestros cuerpos para tener la aceptación del resto del mundo.

Yo misma, por ejemplo, me hice dependiente de los tratamientos químicos para el pelo.

Entre la aplicación de cremas desrizadoras cada cierto tiempo y el uso de extensiones, mi pelo se ha ido dañando. Reconozco que me resulta más cómodo peinarlo alisado y que el modo en que lo llevo actualmente me ubica en un espacio de confort con lo socialmente aceptado y normalizado.

Comprendo que llevarlo natural es una forma de resistencia a la cultura dominante que excluye lo que le es ajeno, lo que desencuadra de modelos estereotípicos de belleza, donde todo lo asociado a la negritud queda excluido.

Yo formo parte de esa lucha también aunque lleve en mi cabeza un símbolo de sometimiento a estos cánones porque considero que si bien el pelo afro es una forma de lucha, también existen otras muchas que tienen que ver con las distintas opresiones que sufrimos como mujeres negras. No es hipocresía, es autocriticidad.

Si bien entiendo que llevarlo afro te reivindica, alisarlo no implica lo contrario ni nos desencaja de la lucha contra la discriminación de género y racial.

Siempre pienso en el día en que dejaré de usar los productos para desrizar mi cabello; mientras tanto, me voy encontrando a mí misma en esta forma autodeterminada que tengo de asumirme como mujer negra.

A veces quisiera volver a ser la niña despreocupada y feliz. Desear volver atrás me hace querer vivir de nuevo tantas reuniones de padres a las que ella asistía, asegurándose de que todo marchaba bien para contarle a mi madre cuando llegaba del trabajo.

No solo fue madre y padre a la vez —a fuerza de sobrevivir y luchar sola con sus hijos e hijas—, también fue una excelente abuela.

Quizás porque la tuve a ella nunca he creído en las historias que les cuentan a los niños y a las niñas, en las cuales se repite el guion de una princesa que es rescatada por un príncipe, donde esta tiene que encontrar el amor verdadero para ser feliz.

Su vida se salía de estas líneas y por eso siempre ha sido mi modelo a seguir, porque era real y verdadera.

Su historia es mi favorita: la de una princesa que se salva sola y a la que nunca le importaron los cánones de belleza, esos que según la sociedad “conquistan” a los “príncipes”.

Porque cada instante me trae de vuelta tu dulce recuerdo…

 

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