Una mujer va por la calle a determinada hora del día y se cruza con un hombre que le hace un comentario sobre su cuerpo… Que a ella le lancen un piropo es una escena tan cotidiana e instalada en la realidad cubana que incluso en estos meses, bajo condiciones extraordinarias de confinamiento y aunque a una escala mucho menor, ha continuado ocurriendo.

El piropo no ha dejado de ser un tema controversial sobre el que no se ha logrado un consenso que abarque la sociedad en su conjunto, especialmente lejos de círculos del activismo o la academia. No siempre se identifica como una forma de acoso callejero ni como una manifestación de violencia de género. En su lugar, permanece un relato de inocuidad: no es más que una manera en que los hombres se relacionan con las mujeres. “Con galantería, con halago, con cariño, con demostración de admiración, e incluso hay algunos piropos que se vuelven muy poéticos”, provoca Milena Recio en la segunda entrega de Voces de Matria.

¿Cómo algo tan aparentemente “hermoso” puede ser interpretado por nosotras a veces como una señal de acoso? “¿Es realmente una agresión?”, pregunta a sus invitadas: la jurista Alina Herrera y la psicóloga Ailynn Torres, quienes conversaron sobre el acoso sexual callejero en un encuentro anterior.

Acceso no consentido al cuerpo

El piropo supone un acceso simbólico (que puede acompañarse de un gesto físico) al cuerpo de otra persona, normalmente una mujer, explica Ailynn. “El hecho de que el cuerpo de la mujer sea accesible a opiniones y al contacto físico existe en ese registro de esa manera, y no sucede lo mismo con los hombres”. Es un cuerpo sexualizado alrededor del cual se ha fomentado la narrativa de ser central para las mujeres: que “una vive para su cuerpo”.

Esta diferencia se expresa en ese tipo de interacciones: “lo que un hombre puede decirle a una mujer en una situación cualquiera tiene detrás una estructura de desigualdad, que es también económica, política…”, comenta Torres.

Alina Herrera asegura que, más allá de los debates, el piropo es una forma de violencia verbal; de hecho, una de las más comunes en el espacio público, no limitándose a la calle. “Interviene nuestra privacidad y nuestra integridad sin el consentimiento nuestro. Es una manifestación verbal unidireccional, unilateral”, que puede provocar desde incomodidad, inseguridad y hasta miedo.

“Entonces ya no se puede seducir”

La primera dificultad para identificar el piropo como un tipo de violencia suele ser el argumento de defensa según el cual el piropo no es más que una de las “armas” del “viejo arte de la seducción”. Muchas personas afirman que comentarios o gestos no consentidos son culturales y, en todo caso, lo que históricamente ha permitido en muchísimos casos a hombres y mujeres iniciar relaciones afectivas. “Así se hicieron novios mis abuelos”, puede argüir más de uno.

“La seducción —contesta Ailynn— no siempre es piropo ni siempre es violencia. En los rituales de seducción las dos personas participan, alternan y dan consentimientos implícitos o explícitos, pero siempre claros. (…) Sí, sí se puede seducir porque entre iguales hay seducción; entre desiguales hay violencia”.

¿Dónde, cuándo, cómo?

La discusión en torno al piropo permanece abierta no solo para “esclarecer qué es y qué no es, sino para poder tematizarlo como un asunto de interés público”, comenta Torres. Un asunto que, a su vez, no puede apartarse de “una cadena de causas, consecuencias y condicionantes”. La experta lo sitúa de esta manera: una frase “dicha en un lugar público, de día, frente a muchas más personas en un escenario concreto, aunque tenga la misma matriz, no tiene el mismo impacto que esa misma frase dicha en un escenario en el cual la mujer que la recibe siente miedo y su cuerpo se encuentra en peligro”.

Entonces, ¿en todos los casos puede percibirse con miedo, como una forma de agresión? ¿Existen grados, escalas?

Herrera rechaza que como sociedad todavía demos un margen de duda a que “unos piropos son más aceptables”, porque “es un eslabón dentro de la cadena de violencia”. Sin embargo, explica que muchos especialistas se están enfocando más en los escenarios en que se da el piropo, que en el contenido de este. “Hay un debate en relación a las discotecas o a los centros donde se realizan las fiestas. Si es [o no] más tolerable un piropo en una barra de un bar, por ejemplo”. Aunque personalmente descarte que haya “piropos más nobles que otros”; de nuevo, el contexto importa.

Alina también comenta que feministas de perfil jurídico como ella han debatido la necesidad de distinguir acoso de hostigamiento. Tenemos acoso sexual callejero frente a una persona desconocida, mientras que el hostigamiento se da con alguien conocido en un ambiente laboral o docente… especialmente si hay abuso de una posición de superioridad jerárquica.

“Cuando las personas se conocen, cuando hay una situación sostenida, cuando se reproduce sistemáticamente, es más grave. En ese caso la respuesta debe ser más severa desde el punto de vista legal”, concluye.

Pensando también en ámbitos académicos o institucionales, cuando el comentario no viene de un desconocido en la calle sino de un jefe o profesor, en muchos lugares está pendiente establecer normas que regulen esa relación de poder entre docente-estudiante, jefe-trabajadoras, insiste Ailynn. Esas jerarquías “agravan la relación de acoso” al existir además una condición de dependencia.

¿Qué pasaría al revés?

En la inmensa mayoría de los casos, hablamos de hombres que emiten criterios sobre el cuerpo de mujeres. ¿Es este el problema o hace parte de él? ¿Sería deseable un intercambio de roles?

Ailynn comenta que hay dos tipos de ejercicios o experimentos que se han hecho para concientizar al público sobre el tema. Uno de ellos ha sido “generar espacios en los que una mujer piropea a un hombre y que, al llamar la atención, sea una especie de toma de consciencia de lo que significa el gesto”. Sin embargo, Torres considera que es la otra forma la que se acerca más a la experiencia real, que consiste en que un grupo de hombres emita comentarios de tipo sexual sobre otro hombre.

“Esta situación dice más sobre la experiencia del acoso porque genera malestar y miedo. [En cambio,] si una mujer piropea a un hombre, este puede experimentar extrañeza, [pensar] ‘esta mujer está loca’”. La situación no representa una amenaza simbólica ni real para él en forma alguna; ni es un acto sostenido por una estructura que legitima ese comportamiento o que al menos lo permite y lo acepta; al contrario.

Por eso Alina insiste en que el problema sigue siendo cosificar el cuerpo de las mujeres, que se tenga en primera instancia como algo deseable e incluso apropiable. “No se trata de sustituir unos cuerpos por otros (…), sino de hallar igualdad en todos los espacios, en lo público y lo privado”.

Educar en la igualdad

Rita Segato ha expresado que “estas violencias forman parte de mandatos de masculinidad en los cuales ellos demuestran su potencia masculina no tanto hacia nosotras (…), sino entre ellos, para demostrar que siguen formando parte de su clan, de su hombría, de su pacto de virilidad y de vigor”, explica Herrera al citar a la antropóloga feminista argentina.

Desmontar estos referentes de sujeto masculino no solo depende de las familias: “es imprescindible la intervención de la escuela, de las instituciones, de la sociedad”. Y crear condiciones para que las mujeres dejen de buscar legitimación a través de la mirada masculina.

Ailynn Torres considera que para romper esos moldes es indispensable una crianza basada en el principio en el que el cuerpo de niñas y mujeres no sea accesible. Nadie tiene derecho a tocarlo sin consentimiento ni a opinar sobre él. Por otro lado, cuestiona que se dé una relevancia excesiva al físico de las niñas, algo que se expresa por ejemplo en la frecuencia con que los halagos a ellas incluyen alguna referencia al cuerpo, a su aspecto, “habiendo tantos adjetivos para resaltar la fortaleza de una niña, la vitalidad, la inteligencia…”.

“La discusión sobre el piropo no es acusatoria de los hombres”, remarca la psicóloga casi al final de la charla. No todos los hombres son acosadores, pero hay una sociedad diseñada de tal manera que a todos les está permitido serlo si quisieran. Tienen ese permiso.

“[Esta] no es una discusión sobre el puritanismo ni la seducción: es un debate sobre el poder”; sobre cuán obligadas están las mujeres a tener que lidiar con una frase o un gesto que las coloca en un plano estrictamente sexual sin que nadie tenga evidencia de que lo hayan pedido o lo deseen; antes bien lo contrario.

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