Desconozco si la historia es real o inventada. La he escuchado en boca de varias personas, pero nunca ha venido con un crédito que me permita llegar a una fuente fidedigna.

Cuentan que Fidel Castro se encontraba de visita en un país europeo y el mandatario del mismo lo acompañaba en su recorrido. Ambos hacían gala de los procedimientos y resultados aplicados y obtenidos en cada una de sus respectivas geografías.

Entonces Fidel señaló:

—En Cuba pretendemos eliminar a todos los ricos.

Y la respuesta del presunto gobernante fue rápida:

—A diferencia de ustedes, acá queremos eliminar a todos los pobres.

Es una anécdota tan breve como incisiva, y su laconismo no coincide con la profundidad de la situación que intenta representar. Es como una especie de chiste serio. Seriecísimo.

Durante mucho tiempo me pregunté si sería cierta o no la anécdota. Como si en la veracidad radicara su validez. Luego dejé de preocuparme por ello. Si la historia es inventada posee mucho más valor, pues responde a una necesidad humana de retratar a través de la ficción una realidad que le supera.

El escritor argentino Jorge Luis Borges afirmó que le interesaba “más lo simbólicamente verdadero, que lo históricamente exacto”. No existe nada como la imaginación popular para entender un proceso histórico. Con esto no quiero aseverar que la historia contada no sea real, sino que esta cuestión no le resta ni le da más valor.

Durante décadas los cubanos hemos vivido inmersos en un sueño de equidad y de justicia social. Si bien ese afán ha justificado muchas de nuestras inclemencias, a mi entender, hoy el sueño de la colectividad es apenas un espejismo en medio del desierto, la rutina diaria del común de los cubanos —el tratar de resolver el problema inmediato, que puede ser el plato de comida de esta noche o un par de zapatos para trabajar mañana— nos mantiene inmersos en un juego “solo para solo”.

La Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista expresa que “es objeto de regulación la concentración de la propiedad y la riqueza material y financiera en personas naturales o jurídicas no estatales, para no permitir que se contraponga a los principios de nuestro socialismo”. En cambio ningún punto alude a la erradicación de la pobreza en nuestro país. Cuando se habla de niveles elevados de pobreza se alude a otras geografías, como si la nuestra fuera ajena a este desmán. Necesario, muy necesario, sería un estudio que muestre a ciencia cierta cuál es el nivel de pobreza que nos aqueja y sobre ese punto concentrar todas nuestras fuerzas. Valdría meditar si el camino que ha de llevar a nuestro país al socialismo está más empotrado de ganas de erradicar la riqueza y no la pobreza. Para que el socialismo no sea de la boca para fuera.

Tras tanto leer a Martí entiendo que cuando él decía que quería echar su suerte con los pobres de la tierra no pensaba en hacerles la guerra a los ricos. Según el historiador Ibrahím Hidalgo su idea era “crear una república basada en la pequeña y mediana propiedad privada, en detrimento del latifundio”, un buen medio que pudiera permitir al hombre vivir de sus propios esfuerzos. Porque no es justo que quien sude la tierra, quien aporte con una importante teoría, quien enseñe con mejor destreza en un colegio, reciba la misma recompensa que aquellos que no se empeñaron lo suficiente. Se vale el sueño de la mancomunidad, pero hay que darle al César lo que es del César. Que las inclemencias económicas azoten menos a quienes menos las merecen.

Mucho se ha hablado de esa “pirámide invertida” que durante casi tres décadas ha caracterizado nuestra sociedad; pero poco, muy poco, se ha hecho por revertir su existencia.

Todos los países requieren riquezas. No concentradas, sino justamente distribuidas. Y cuando convierto justo en adverbio, es para remarcar que la justicia no es la igualdad.

A esta altura, después de tanto cavilar sobre la narración contada, prefiero quedarme con la idea de que sea un cuento de camino. Un alarde de inventiva de un cubano aburrido. Porque si finalmente descubro que el hecho ocurrió, me entristecería pensar en ello y mucho más preguntarme por qué el nacido en Birán no sacó una buena lección ese día, un razonamiento oportuno que tal vez nos hubiese ayudado a todos.