En la pizarra dice que hay pechuga a 4.40 CUC el kilogramo pero las neveras están vacías. Una tiene 15 o 20 paquetes de masa de chorizo y otra tiene unos paquetes de fresas congeladas. No hay pollo en Centro Habana. En Carlos Tercero solo había cajas de 24 CUC. Aquí en La Época hay cajas también, abiertas casi todas. Los pollos en cajas vienen enteros o vienen solo sus pequeñas piernas. Un pollo entero da poca comida y bastante hueso. Pero es lo que hay siempre. Una vez compré uno y era 20 por ciento hielo. Las pequeñas piernas, como dan más negocio, no aparecen. En Ultra no había nada. Neveras boquiabiertas ahí, tristes.

La pechuga la están sacando ahora. Eso quiere decir que la mujer que vigila en uniforme ya escribió en la pizarra que hay pechuga pero no hay todavía. Hay cuatro o cinco tipos (trabajadores) entrándoles a golpes a los paquetes con unas cabillas. Cuando los separen, tendrán que ordenarlos. Después llenar no sé qué formularios. Cuando el cliente logre atrapar uno tendrá que ir a pesarlo con uno de esos tipos porque el papel que traen los paquetes dice dos kilogramos, peso neto, pero ellos dicen que, misteriosamente, ninguno pesa igual. Hay que pagarles el hielo que conserva las pechugas, que vienen marinadas, es decir, pre–adobadas, desde Regla. 15 o 20 comidas cada caja. En bistecs.

La mujer en uniforme dice que falta una hora más o menos para que estén en venta. Son las 11:40 de la mañana de un viernes. La tienda está llena de gente. Los que pasan y leen que hay pechuga preguntan que dónde está la pechuga a los que, como yo, se apelotonan alrededor de las siete neveras, velando en cuál, porque solo hay dos llenas, es decir, ocupadas, van a echar los paquetes para agarrar uno antes de que se acaben. Las tapas de las neveras sirven para apoyar pomos de aceite y paquetes de detergente o lentejas porque no hay cestas donde echar la compra.

En el resto del sótano de La Época, que es el mercado, hay leche condensada, chocolate instantáneo, Nescafé. Hay estantes con cereales, pomos de mermelada, pera en almíbar, papitas crujientes. Al fondo del pasillo hay espaguetis, bolsitas con 500 gramos de arroz y una clase de detergente en bolsas, 250 gramos por 0.65 CUC, que todo el mundo dice que es malísimo, que hasta el nailon es malo, que cuando viene a ver le salen callos a la lavadora. Compré ocho de esos porque no hay detergente en Centro Habana, a no ser sacos de 36 CUC que no dan negocio. La gente se lleva jabas y jabas de bolsitas de estas.

En medio del pasillo, entre nosotros, un hombre destornilla una de las tuberías que alimentan el frío de la nevera donde están las cajas de pollo entero. En el sótano hay la misma sensación de congelamiento y el mismo olor cárnico que en una morgue. Hay una escalera por la que sube rápido el que sale con las manos vacías. Una mujer revisa tu jaba cuando sales.

Hay un temba en chancletas que le da un billete a uno de los tipos que dan cabilla arriba de la pechuga y se lleva una, se pone en la fila frente la máquina registradora. La fila es enorme porque la misma gente que pide el último para la pechuga luego va y pide el último para pagar y luego va rotando. Se van haciendo amigos en la fila. La mujer que vigila las neveras dice que ahora la pechuga vuela, esto es, se acaba rápido, porque la persiguen los mensajeros de los restaurantes. Otra mujer dice que llegó tarde para el detergente. Debe haber mensajeros de lavanderías particulares merodeando encubiertos por aquí.