Cada viernes, a las ocho y media de la noche, este joven sale de su casa con la guitarra eléctrica al hombro. A veces lleva su perro, un husky siberiano que se llama Balto, como el famoso héroe de los niños de Nome, Alaska. Este Balto tiene 20 meses y cuando sale a la calle se desespera por orinar en todos los portales.

El joven lo conduce por dos o tres cuadras en penumbras hasta la Casa de Cultura del pequeño pueblo. Allí lo amarra en el patio o se lo entrega al vigilante. Después sube las escaleras que llevan a la azotea, donde seguro ya están esperando los otros músicos, sus amigos del grupo Lotus.

El joven ha tocado en bandas de rock, casi todas en la cercana ciudad de Santa Clara. Sin embargo, las veleidades del transporte y el mucho trabajo después que se graduó de la universidad, lo llevaron a incorporarse a este pequeño grupo que se especializa en música de la Década Prodigiosa. Cantan en español covers de canciones en inglés o clásicos del rock hispano. El idioma que usan al joven no le gusta nada, pero lo tolera porque así está cerca de casa y porque ha logrado establecer, cosa difícil para él, una verdadera familia con los integrantes de Lotus.

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Las muchachitas del público le gritan cuando se para firme a hacer los solos de guitarra. Pero el joven apenas se inmuta. “No me gusta el protagonismo”, dice con una mueca. Quizás por eso no intenta cantar, no participa en los coros, se limita a tocar lo que le piden, impertérrito. Sin una sonrisa.

El joven se llama Luis Enrique Vargas y vive en Esperanza, un pueblo pequeño a 12 kilómetros de Santa Clara. La noche del viernes es su oportunidad para brillar en público. A la mañana siguiente, es decir, el sábado, va con su padre a trabajar en el negocio familiar: una fabriquita procesadora de plástico. Allí pasa de ocho a doce horas seis días a la semana. En la plantilla está inscrito como recolector de plástico, así lo clasifican las normas que en Cuba regulan el llamado “trabajo por cuenta propia”.
Sin embargo, Luis Enrique tiene un título de ingeniero mecánico que lo capacita no solo para procesar la materia prima, sino también para reparar las máquinas y para construir algunas nuevas. “Si mi padre me pagara las horas extras que hago, yo sería rico”, afirma jugueteando con las cuerdas a iniciar un solo de Led Zeppelin.

Cuando se graduó de la universidad, hace tres años, quería que lo ubicaran en la estatal Planta Mecánica o alguna empresa donde pudiera trabajar con maquinaria. “Me fascinan las máquinas, los grandes proyectos”, afirma.

—¿Y qué ocurrió?

—Nada, me querían enviar para el central Panchito Gómez Toro, en Quemado de Güines. Como a cien kilómetros de aquí. Después de muchas gestiones cambié para el Ifraín Alfonso, otro central, que por lo menos está más cerca.

El primer día de trabajo, Luis Enrique entró sacando el pecho al Ifraín Alfonso. Pensó que lo pondrían en los turbos o a trabajar con las calderas. “Era una buena oportunidad para un profesional joven como yo”, dice. Sin embargo, lo ubicaron como jefe del departamento técnico: llevaba las normas de trabajo y muchos, muchísimos, papeles. “Para qué te voy a mentir: eso no estaba dentro de mis expectativas”.

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Así que un día Luis Enrique se encontró haciendo los trámites para irse al sector privado. Ahora alterna la fábrica de plástico con la música del viernes por la noche y una maestría en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. En su mente el futuro está muy claro. “Terminar la maestría y expandir el negocio familiar —dice y levanta la guitarra— ya he perdido suficiente tiempo en mi vida”.