A más de 900 kilómetros de La Habana, en su natal Guantánamo, Yoel González Rodríguez dirige Médula –creada un año y ocho meses atrás– y que hoy resulta la más joven de las tres compañías oficiales del territorio.

Luego de tantos triunfos, algunos le cuestionan la decisión de seguir viviendo y haciendo arte en un territorio “con poca proyección de desarrollo, donde no hay un teatro al que te den ganas de ir y en el que muchos intelectuales caminan con sus sueños en una mochila porque todavía no ha aparecido quien la abra, los mire y les dé una oportunidad”.

Aunque Yoel reconoce estos obstáculos, no puede obviar la necesidad que siente de crear en un lugar tranquilo, y Guantánamo lo es. Mantiene presente la imagen de su ídolo Pina Bausch, bailarina y coreógrafa alemana que era aclamada mundialmente y decidió quedarse en una ignota ciudad llamada Wuppertal, en Alemania.

Para él la explicación es muy sencilla, pues “la grandeza se encuentra en un rincón de nuestra existencia” y solo hay que saber buscarla: “No soy provinciano, no hago una obra pensando en Guantánamo, ni creo que la ubicación geográfica dañe mi pensamiento”.

Esa visión universal le impulsa a continuar guiando al grupo de jóvenes que han confiado en él y sorteando los obstáculos de la burocracia, del presupuesto que está asignado pero no ha logrado utilizar en la producción de sus piezas, de los trámites que deberían resolverse por los canales establecidos pero que ante la inoperancia, le obligan a tocarle la puerta a los más altos dirigentes del sector de la cultura en la provincia, y solo entonces se solucionan.

Yoel González. Director de Médula. Foto: Henry A. Pérez.

Sin embargo, para Yoel lo más importante es seguir creando, haciendo lo que le apasiona: coreografías. Y hacerlas desde la investigación y la experimentación, porque no se conforma con que los bailarines sean meros “acróbatas”.

Aprecia con angustia que muchos de sus contemporáneos, algunos con los cuales incluso ha trabajado, estén creando sin rumbo artístico. “¿Qué sentido tiene pasarse la vida haciendo obras por encargo, viajando por todo el mundo sin proyección, y ponerse viejo en ese consumismo?”, se cuestiona. “Cuando abres los ojos y miras hacia atrás, se acabó todo, porque los bailarines no duran mucho”.

Mientras ellos están “mareados”, él se concentra en su carrera y explora otras posibilidades. En el campo científico y la Medicina, por ejemplo, ha encontrado una de ellas. Piezas como Esquizofrenia, Carcinoma, Metástasis, le han llevado a conocer el asombroso mundo de trastornos y enfermedades del cuerpo, para representarlos a través del movimiento.

Ensayo de Médula. Foto: Henry A. Pérez.

“Quiero escaparme de los patrones. En el ámbito de la danza, como en otros aspectos de la vida, debemos conservar las tradiciones pero también desarrollarnos, si no lo hacemos entonces retrocederíamos. Yo mejor pienso que soy una célula invasora y funciono como un cáncer que me ramifico en ella, y construyo las interacciones entre ambos. Prefiero plantearme las relaciones entre el hombre y la mujer en términos diferentes a los acostumbrados”.

Luego de visitas a hospitales, largos intercambios con médicos e, incluso, presentaciones exclusivas a los especialistas para encontrar patrones útiles a la hora de mostrar con gestos y contorsiones estos temas, Yoel ha logrado que los bailarines se identifiquen, se conecten con las historias y los personajes y muestren excelentes resultados. Pero dice aún tener el mayor reto por delante: “conseguir que los espectadores comprendan el argumento y no solo se impacten con la fuerza y la belleza de las ejecuciones”.

Sin salir de la provincia más oriental de Cuba, este joven también amante de la música y la poesía ha comenzado a trazar novedosos senderos, reconocidos por importantes figuras de la danza en Cuba y en el mundo como el bailarín ucraniano Vladimir Malakhov. En Guantánamo, de donde muchos quieren irse, él seguirá pintando con el cuerpo, convencido de que muchos van a girar el catalejo para verlo renovar la danza contemporánea en la Isla.