Por alguna razón incomprensible, para cumplir oficialmente con las efemérides de turno —28 de enero, Primero de Mayo o 26 de Julio—, la radio cubana insiste en la música de la Nueva Trova; mientras la televisión programa, por enésima vez, El Brigadista, Clandestinos, José Martí, el ojo del canario y Conducta. En algunas ocasiones se trata de las peores copias, incluso cuando hay diez minutos de trayecto entre el ICRT y el Icaic, y en los archivos de esa última institución hay una creciente reserva de buenas copias, muchas de ellas en alta definición. El cine cubano se ve degradado por el asentamiento facilista de los programadores; se observan 60 años de producción desde un prisma muy estrecho. Confían, tal vez demasiado, en que De cierta manera, el programa especializado en la producción nacional de antes y de ahora, sea suficiente para acompañar, difundir y exaltar los valores del séptimo arte en la Isla. Como si debiera bastar con un solo espacio y un único enfoque.

Por si no fuera suficiente esa mirada superficial a la producción cinematográfica nacional y para estar a la altura de las circunstancias pandémicas, sobre todo del aislamiento obligatorio y el quédese en casa (cuyo mueble más útil sigue siendo la llamada “caja tonta”), la televisión cubana se permite un crescendo de cursilerías y chapuzas que amenazan con alcanzar un punto de no retorno.

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Va siendo más recurrente la apertura de los espacios a cualquier improvisado que decide hacer canciones o escribir versos sobre el coronavirus. Flota en el aire la interrogación sobre el modo en que se concebirán algunos programas cuando se restituyan ciertas jerarquías, y deban prescindir del amateurismo y el intrusismo profesional en los tiempos de una nueva normalidad que por ahora parece inimaginable.

Pero el problema no consiste solamente en la aparición de una veintena de canciones intrascendentes. Con el surgimiento de nuevos canales se ha incrementado el número de películas y series, sobre todo norteamericanas, programadas sin orden ni concierto ni información ni mucho menos orientación crítica.

Especializado en música, el Canal Clave lidera el artificio acumulativo y el extravagante diseño de programación, a partir de prejuicios como la separación de lo cubano y lo extranjero. La oferta debería apoyarse en conceptos y jerarquías menos esquemáticos y excluyentes, en los que no impere la estrechez mental o la incultura, y mucho menos que se contribuya a la formación de un espectador empujado a sobrevalorar lo foráneo y denigrar lo nacional, o viceversa.

La divulgación televisiva del arte y la cultura no padecería tantas adversidades si detrás de cada programa, encaminado a estos fines, hubiera un colectivo (fundamentalmente el triángulo director-asesor-guionista) que dispusiera del suficiente conocimiento y sensibilidad como para determinar valores y jerarquizar tendencias. Pero quienes deciden las programaciones y los contenidos (las mismas autoridades que se escudan en el criterio de un grupo de expertos y encuestas) parecen cansados de alimentar la función cultural del medio. El valor de la apreciación se subestima al vincularlo, inconscientemente, con la conferencia docta, aburridora y antitelevisiva. Así, en el mismo orden en que aumentan, por ejemplo, los espacios dedicados al audiovisual, disminuye la valoración certera, orientadora, adecuada a las leyes del medio; y proliferan espacios, sobre todo de perfil cinematográfico, con picotillos extraídos de YouTube, guiones mal copiados de Wikipedia y carentes por completo de novedad, sutileza o matices.

En lugar de apoyar los empeños más renovadores y artísticos del cine cubano, la televisión se permite el lujo de programar poquísimas obras de los más jóvenes creadores. Sin lugar a dudas, atraviesan el más pormenorizado escrutinio de los censores sobre los elementos críticos, o “demasiado artísticos”. Así, el público más amplio desconoce aquellos filmes que ofrecen visiones inquietantes, críticas o pesimistas, tanto de los jóvenes como de los consagrados.

Habría que repasar los catálogos de la Muestra Joven Icaic para comprender cuántos cortometrajes y documentales muy notables pudieran enriquecer lo que llaman La Parrilla Semanal de programación, con la consiguiente promoción que exalte lo nuestro como corresponde. Si bien todo el mundo sabe que a veces resultan inadmisibles en televisión —para toda la familia— algunos filmes que hicieron las delicias de jurados y públicos de la Muestra, también debiera tenerse en cuenta que cuando se estrechan demasiado los filtros de “lo admisible”, se está subestimando al espectador y confinando a un grupo relevante de creadores al gueto de la cuasi clandestinidad o el anonimato.

Colmada de buenas intenciones, y urgida por la crisis que ha ocasionado la pandemia en la producción de dramatizados, la Programación de Verano incluyó entre sus pocos espacios de estreno varios teleteatros que aspiraban a dar a conocer, a un público más amplio, ciertos hitos de la actual escena cubana. El suceso alcanzó la merecida promoción y cumplió con el propósito originario, pero nuevamente aparecieron los fantasmas de la chapucería y el sectarismo. Se obviaron, en repetidas ocasiones, los nombres de los autores de las obras, los grupos teatrales que levantaron estas propuestas o de los directores de las puestas en escena. Es decir, que el presunto acercamiento de la televisión al teatro muy pocas veces logró acreditar y jerarquizar suficientemente a los teatreros. Además, en una parte considerable de estos programas tampoco se logró traducir en imágenes audiovisuales asequibles y sugestivas la densidad expresiva del original teatral, o del espíritu reinante en las salas.

En otros países, se cuentan por decenas y centenares las prácticas positivas a la hora de transferir el teatro a la televisión. Hacerlo en Cuba, ahora, implicaba horas de estudio, de análisis de las necesidades de cada obra específica y de los modos en que un lenguaje puede confluir, felizmente, con el otro, para así ensanchar el cúmulo de experiencias culturales. Y si bien el resultado final tuvo mucho que ver con la coincidencia entre la capacidad de aprendizaje y la experiencia para trasmitir conocimientos de los creadores de uno y otro medios, en general predominó, a juzgar por el resultado final, el diálogo de sordos y la subestimación o los prejuicios. Sin embargo, gracias a la miscelánea de teatro y televisión, toda Cuba tuvo la posibilidad de ver —por ejemplo— Hierro, la obra escrita y dirigida por Carlos Celdrán, con Argos Teatro, versionada para televisión por Charlie Medina. Esa sola experiencia alcanzó para comprender que pudiera ser —debiera ser— respetuosa y fructífera la presencia de la cultura y el arte en televisión.

Solo debemos acabar de asumir, entre otras cuestiones, que también es síntoma de ignorancia, e incluso de barbarie, tratar de cercenar o excluir ciertas obras maestras, blandiendo el hacha del entretenimiento simplificador, la corrección política, la dictadura del gusto que ejerce el espectador medio en su inmutable búsqueda de la amenidad.

Para evaluar la gestión de la televisión cubana debe recordarse que carece de referentes análogos en la historia de la cultura occidental en tanto imprescindible/indiscutible proveedora de ideología y propaganda política, además de información, entretenimiento y cultura. Tal diversidad de agenda provee justificaciones a los dirigentes de la televisión y, cuando se ven cuestionados por la ausencia de entretenimiento, apelan al carácter cultural o político. Los pocos que se atreven a discutir los excesos ideologizantes o propagandísticos ni siquiera son tomados en cuenta; puesto que cuestionar políticas institucionales, según algunos mandamases, equivale al aterrizaje en la orilla enemiga.

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