Damilié vive con sus cuatro hermanos en unos pocos metros. La fachada de la casa es una ponchera oscura donde trabajan sus padres. Un sitio ruinoso, tanto, que quien pasa por el barrio de Colón, en La Habana Vieja, no imagina que detrás de ese agujero, repleto de grasa y herramientas, viven siete personas.

Mientras espero a su mamá, la niña me enseña sus juguetes, heredados en su mayoría de los tres hermanos anteriores y otros regalados por los vecinos. Es una niña inteligente y, con cinco años, sorprende por su elocuencia.

En una ráfaga me cuenta que su hermana Darita está castigada por desobediente, que su abuela está triste porque alguien murió, que en la escuela le enseñaron a escribir muchas letras y números. Me dice que a veces cuida a la pequeña Channel para ayudar a su mamá, pero que Channel es “muy indisciplinada” y le rompe las muñecas, aunque ella la perdona siempre.

—Sube con tus hermanas— le pide su mamá, probablemente para alejarla de la conversación. Lo que estaba a punto de contarme no es propio para niños de 5 años.

Damilié nació en la cárcel donde se mamá cumplía condena por proxenetismo. Foto: Yander Zamora

El día que Damileysi Jardines entró a la prisión sabía que dejaba atrás tres niños al cuidado de su madre, débil visual. Sabía que los dejaba con el dinero de una pensión (menos de 10 dólares) y la caridad de los vecinos como único respaldo. Lo que no sabía era que estaba embarazada nuevamente. Damilié estuvo en la cárcel junto a su mamá, incluso, antes de nacer.

“Estábamos en un cuarto, con un solo ventilador, donde dormían cuatro bebés con sus madres. Era un espacio húmedo, con paredes que se filtraban y donde era común ver un ratón metiéndose en alguna esquina. Todos usábamos un mismo baño con las tuberías secas. Nosotras mismas, embarazadas o recién paridas, teníamos que empujar tanques de 55 galones más de una cuadra. Había que arrastrarlos desde donde los llenaban las pipas hasta las celdas.

“Allí no se dormía. Siempre el llanto de alguno despertaba a los otros. Los niños estaban todo el tiempo gritando, alterados. Nos daban solo 10 minutos para ir al patio, a coger sol. Ellos también estaban presos como nosotras”.

“Vivimos en esas condiciones hasta que Damilié tenía 7 meses. El ingreso de 14 bebés, entre ellas la mía, por intoxicación alimenticia causó un revuelo tremendo. Nos internaron durante casi un mes en el hospital Juan Manuel Márquez. En ese tiempo los ojos que antes no veían tuvieron que ver cómo se vivía en el área de maternidad de la prisión y tuvieron que hacer aquellos locales más humanos.

Foto: Yander Zamora

“Después de eso mejoró la comida, nos permitieron usar más ventiladores para los niños, repararon los cuartos, instalaron agua en los baños. Nosotras teníamos delitos que pagar, pero nuestros hijos no. Y merecían mejores condiciones”.

“Damilié Estuvo conmigo recluida hasta el mismo día que cumplió el año. Cuando se la llevaron me sentí sola, pero sabía que era lo mejor para mi hija. Desde chiquita era muy enfermiza: nació con 34 semanas, una cardiopatía y allí siempre tenía otitis o asma. La cárcel no es sitio para niños.”

Abusada sexualmente por su padrastro, con sexto grado de escolaridad y sin dinero, Damileisy Jardines comenzó a prostituirse a los 16 años. “En ese lugar no había nada: ni televisor, ni refrigerador, ni muebles”.

Vi en las calles la posibilidad de ganar dinero e ir acomodando mi casa.

“Así estuve varios años. Nacieron Dayeisi, con año y medio de intervalo, Pedro y luego Darita. Fue una etapa donde hice cosas que ahora me avergüenzan: fui jinetera y drogadicta, tenía un marido tras otro, tipos que solo venían a quitarme parte el dinero de los extranjeros”.

Cuando Damileysi fue a la cárcel ya había dejado la prostitución. En esos tiempos, sin licencia, vivía de alquilar su casa a otras muchachas. Algunas de ellas eran menores de edad que tenían sexo con extranjeros. En 2010 fue condenada a ocho años de privación de libertad por proxenetismo. Cumplió la mitad en prisión, ahora está en libertad condicional.

Foto. Yander Zamora

Hoy Damileysi desmonta gomas, cambia válvulas, sella orificios de las cámaras. El trabajo en una ponchera es, para ella, demasiado fuerte.

“De la cárcel intenté tomar lo mejor para nunca volver. Aprendí a coser, bordar. Estudié hasta vencer el 12 grado. Me preparé para poder encontrar un mejor trabajo, pero en todos lados me piden antecedentes. Y cuando a eso le agregas que estás en libertad condicional, nadie quiere apostar por ti”.

“No tengo altas aspiraciones: solo quiero limpiar en un hospital o vender ropa reciclada, pero no me han dado la oportunidad. En septiembre comienza un taller de corte y costura al que me gustaría sumarme. Ojalá no me cierren la puerta allí”.