Las medidas aplicadas en los últimos tiempos en Cuba tienen efectos impredecibles, uno de ellos ha sido el aumento de precio en los taxis de Matanzas. De no existir regulaciones rigurosas en la oferta-demanda siempre será el pueblo el perjudicado.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Iniciar un proceso de cambios es tarea ardua, hay que tener en cuenta los muchos factores que influyen en el entramado social y los efectos que cada medida provocan. En muchas naciones se aplican paquetes de medidas, los cubanos en cambio estamos ejecutado cambios graduales que permiten ir “sin prisa pero sin pausa” en un contexto agresivo, pero ahora más que nunca es necesaria la intervención gubernamental que controle el mercado de oferta y demanda. 

Cuando hace unas semanas la opinión pública se manifestó preocupada por las nuevas regulaciones aduaneras, para alguien desconocedor de nuestra sociedad podría parecer una reacción exagerada por parte de una población que en términos de cifras viaja muy poco al extranjero. Fue un profesor amigo quien lo dejaba bien claro hace unos días: “el respeto al viaje ajeno es la paz”, y limitar los productos que importaban los cubanos al país fue meterse con el núcleo familiar mismo. Lo que nadie imaginó entonces fue que esto implicaría un aumento de precio en las piezas de repuesto que utilizan los numerosos automóviles antiguos que circulan por una ciudad, tengamos esto en cuenta por un minuto.

El segundo suceso a notar fue la regulación que le exigió a los taxistas no llevar a más de tres personas en la parte de atrás del auto. Si alguien ha tenido que compartir alguno de estos con un burócrata o administrador agropecuario (Dios no quiera que ambos a la vez), entonces sabrá que la medida tiene total sentido porque en ocasiones los clientes de este servicio de transporte tenemos que ir como sardinas en conserva. Aun así no vimos venir la debacle matancera: los taxis duplicaron su costo de un día para otro.

La dificultad para importar piezas de repuesto y la limitación del número permitido de pasajeros, dieron al traste con nuestra economía y hace unos días amanecimos con un nuevo precio que convertirá en excepción un medio de transporte que era usual para un amplio sector de la sociedad.

El fenómeno de los taxis es complejo, para nadie es un secreto que existen cooperativas de personas en Miami que son los verdaderos dueños de almendrones que circulan por todo el país. Hay otros que ya no necesitan vinculación laboral alguna en Cuba, varios de sus automóviles trabajan todo el día y ellos solo tienen que esperar su tajada de salario diario. Mientras esto ocurre, las cooperativas de ruteros surgidas a partir de la convocatoria al trabajo particular y poseedoras de una agradecida climatización, cobran en la capital lo que antes cobraban nuestros taxis (alabadas sean sus piezas).

El actual proceso de cambios en el país implicará muchos desafíos con los que toca lidiar, en esto resulta muy importante que los ciudadanos no estén solos sino que cuenten con el respaldo estatal que los proteja de la lógica del mercado.

La ley de oferta y demanda solo buscará multiplicar los ingresos sin tener en demasiada consideración las consecuencias sociales de esto. Lamentablemente todavía debemos contar con la corrupción, falta de capacidad de maniobra y poca creatividad de personas encargadas de estos temas. Podría parecer intrascendente esta cuestión pero es sintomática de un problema mayor: siempre que una medida tomada o sus consecuencias afecten a un solo cubano, deberán ser revisadas con cuidado.

En Matanzas ya los almendrones que recorren la urbe tienen un precio mayor, por alguna razón los costos siguen con tendencia al aumento mientras nuestros salarios observan con impotencia cómo se encarece la vida. Quizás en otro lugar esto se vea como normal pero en un país que se ha desangrado por construir una sociedad mejor, los daños colaterales provocados por los cambios operados son imperdonables. Lo peor de todo es que existe el peligro además de que algún día esto nos pase inadvertido, nos acostumbremos a las malas noticias sin siquiera cuestionarnos el por qué. Espero que ese día no llegue, porque será señal de que el daño ha sido ya demasiado.