Esta escena ocurrió hace algún tiempo en un bar de La Habana que ya no existe. Una persona, luego de saber mi ascendencia árabe y mi preferencia sexual, me soltó en pleno rostro:

—¡Maricón y terrorista!¡Después dicen que Dios no castiga dos veces!

Yo nunca antes en mi vida había sido víctima del racismo y la homofobia de una forma tan cruda, sucia y brutal.

“El dueño” nos tocó el hombro y muy “educadamente” nos dijo: “Este no es el tipo de comportamiento que yo quiero en mi bar. Por favor tengo que pedirle que se vayan”.

Como él había sido tan “educado” le pregunté de vuelta: “¿Cuál es el tipo de comportamiento que usted no quiere en su bar? Solo para saber cuando venga de nuevo, qué puedo hacer y qué no”.

—No quiero que este bar se llene de maricones. Quiero decir, pueden estar aquí pero no pueden bailar juntos y mucho menos besarse.

La pregunta que le hice fue retórica. Yo sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo. Pero quería comprobar si cuando las palabras salieran de su boca tal vez sus oídos le hicieran notar cuán homófobo estaba siendo.

—Correcto, es su bar y usted puede querer lo que quiera —seguí el “diálogo”— pero, ¿usted está consiente que vive en un país donde lo que está haciendo es ilegal?

—No me importa que sea ilegal —me respondió— yo no quiero ese tipo de comportamiento en mi bar. Aquí tenemos derecho de admisión.

Mientras más hablaba, más ganas de responderle me entraron:

—Los códigos de admisión son para vestimenta o lo que se puede entrar o no al bar. No para color de la piel, lugar de origen o sexualidad. Le aconsejo que ponga un cartel debajo del edificio que diga: No permitimos maricones.

—Pueden quedarse, pero tienen que controlarse— sugirió convencido de que estaba siendo “generoso”.

—No gracias, nosotros nos vamos. No voy a contribuir que un racista, homófobo y xenófobo como usted se haga más rico.

***

Muchos cubanos aun no quieren admitirlo, pero hay que decirlo con todas sus letras: en nuestro país subsisten muchas formas de discriminación.

Déjenme ser claro, obviamente no es la misma que experimentaron otras generaciones anteriores, y está más que sabido que no es una discriminación respaldada por la ley ni por figuras públicas, pero está claramente ahí.

En lo personal veo la discriminación como una extraña y peligrosa cadena alimenticia que funciona en espiral.

Puede comenzar por el hombre blanco y poderoso que discrimina a su esposa blanca, que no importa a qué hora llegue del trabajo tiene que cocinar y lavar las ropas de su esposo y su hijo.

Esa mujer blanca discrimina a su compañera de trabajo negra, por ser negra, y ella a su vez quiere que su hijo “adelante la raza” casándose con una blanca.

Ambas prefieren que sus hijos sean cualquier cosa menos ladrón o maricón. Pero si el hijo sale gay no quiere entonces que lo relacionen con la travesti blanca de la esquina, quien a su vez no quiere juntarse con las travestis negras que van al Parque de la Fraternidad, porque son más propensas a que las detenga la policía en uno de sus “chequeos aleatorios”.

Y, cuando crees que ha terminado la cadena, te enteras que todos los nacidos en La Habana, no quieren emigrantes orientales en su edificio.

La discriminación es una enfermedad que cuando piensas ha acabado y que solo se encontraba en la dermis de la sociedad, te sorprende destrozando los músculos, articulaciones y huesos del entramado público y las relaciones humanas a cualquier escala.

Es un batón que se pasa de familia en familia, de cualquier raza, credo, orientación sexual o identidad de género. Es, tristemente, un punto en común entre las minorías discriminadas y la mayoría discriminadora.

Para eliminarla no basta la voluntad política (aunque mucho ayudan las denuncias y las intervenciones de la justicia contra quienes discriminen por cualquier motivo) sino que hace falta una cuota de autoexamen para ver dónde cada uno de nosotros sigue discriminando.

Yo, de momento, tengo mi propia lista de frases que no repetiré más, justo como he cumplido mi promesa de no gastarme un peso más en bares homofóbicos.

Aquí se las dejo, para que la amplíen:

  • Las mujeres son más machistas que los hombres.
  • Hay que adelantar la raza.
  • Él es gay, pero es buenísima persona.
  • Él es de un solar y llegó a ser ingeniero.
  • Ella es puta porque quiere, imagínate, se gana la vida fácil.
  • Todas las lesbianas son masculinas.