12:00 pm. Acabo de llegar del mercado. Tengo que admitir que mi realidad del último año no me preparó para el desabastecimiento con el que he chocado esta tarde.

Desde hace días varias personas me aconsejaron hacerme de provisiones ante la crisis inminente que resultaría de la propagación del coronavirus COVID-19. Pero al llegar a España pasé por una etapa de “aceptación”, en la que tuve que acostumbrarme a la idea de que si se vacía la nevera no pasa nada. Siempre hago el cuento en que mi mamá no duerme bien si ve que hay espacio libre en el congelador y nosotros, mi hermano y yo, crecimos viéndola parada frente al aparato durante ratos prolongados. “Un trauma del Período Especial”, dice a menudo con su cara sonriente y un toque de tristeza en la mirada;  “un trauma del Período Especial”, he escuchado a más de un cubano responderme cada vez que hago esta historia.

Recuerdo que la primera vez que salí a “hacer la compra de la semana” terminé con dolor de cabeza. He vivido la mayor parte de mi vida comprando justo lo que necesitaba, si lo había, si aparecía, si la cola no era lo suficientemente larga como para que la señora de adelante se llevara “lo que quedaba”. Cuando emigras, una de las primeras cosas que incorporas a tu rutina es que siempre vas a poder comprar de todo, a cualquier hora y al precio que puedas permitirte. Hasta hoy.

Con el ritmo de propagación que ha tenido el coronavirus en España, que hasta este 14 de marzo suma 5 753 casos y 156 fallecidos, la histeria colectiva comienza a ser evidente. En la tarde del viernes 13, el Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, anunció que decretaría el Estado de Alarma en todo el país para los próximos 15 días. Esta medida se presenta como un instrumento recogido por la Constitución española, que dota al Gobierno de recursos extraordinarios para enfrentar la emergencia sanitaria y social generada por el COVID-19. Según ha manifestado Sánchez, “no se descarta que en la próxima semana alcancemos desgraciadamente los más de 10.000 contagiados” y “se tardará semanas en parar el virus”.

El coronavirus amenaza Cuba: no es tan fácil como operarse un cordal

Desde hace poco más de un año vivo en Cádiz, Andalucía, una región que me gusta comparar mucho con Cuba por la alegría y la calidez de su gente. Los andaluces tienen muy claro el valor de “la siesta” y “el cafelito” en las tardes. Pero ya parece que el decreto nacional incluye una extensión de la siesta. Las calles están desiertas cuando se supone que habría barullo (la gozadera del cubano) están listas las tarimas para los pasos de una Semana Santa que no se celebrará y ello pone en duda también el Mundial de Motos y la Feria de Jerez, íconos sagrados de la cultura gaditana.

 

Esta tarde al entrar al mercado sentí una tristeza profunda. He querido compararla con experiencias anteriores, porque cada vez que me aflora un sentimiento nuevo intento extrapolarlo a mi vida en Cuba. Comencé a tomar fotos de las estanterías vacías y por momentos me creí frente a las neveras de El Falcón, en Alamar, y miré por encima de mi hombro. En ese instante me cuestioné si estaba en el derecho de fotografiar las vitrinas vacías, desabastecidas.  “Un trauma del período en el que siempre he vivido”, podría decirme.