El Proyecto de Ley de Pesca, que debe convertirse en ley en julio de 2019, justifica su entrada en vigor como una medida para frenar la depresión de la fauna marina de Cuba. Pescadores de dos zonas del país expresan sus dudas y preocupaciones sobre la medida.

 

Si pasa por una pescadería en Cuba, lo más probable que encuentre en la tablilla de las ofertas son peces de agua dulce o croquetas de pescado.

Sin embargo, casi todos los restaurantes, privados y estatales, mantienen en el menú mariscos o pescado de mar. Los establecimientos del Estado reciben asignaciones oficiales, mientras que los de cuentapropistas compran a cualquiera que les lleve el producto fresco, poco importa si quienes pescan tienen licencia recreativa o deportiva o son ilegales.

“Hay una paladar en Cienfuegos que me compra todo el pescado a mí y a otros socios”, dice El Colora’o y sigue amarrando su embarcación”, un bote rústico armado casi completamente con poliespuma.

La guarda en el garaje de un amigo y sale pescar, a veces, los fines de semana.

Paquetes de masa de jaiba, de minutas, pargos u otros pescados pueden comprarse en el barrio de Reina, en la sureña ciudad de Cienfuegos, o en algunas casas más céntricas.

El suministro “subterráneo” se reproduce en casi todas las zonas del país. Habitantes de los poblados costeros pescan y luego abastecen, de distintas maneras, a compradores urbanos.

“Nos quitaron el central y todo el mundo se hizo pescador”, cuenta Rodolfo Borges, habitante de Punta Alegre, a cuatro kilómetros del central Máximo Gómez, en el norte de Ciego de Ávila.

“Aquí no hay otra cosa. Unos pescamos y los más jóvenes limpian la captura, preparan las minutas, el picadillo, sacan la masa y la venden en Morón, en Ciego de Ávila. Así logran ganar algún dinero, pero nadie se hace rico con un par de fileticos”.

La pesca es el principal sustento de la mayoría de las comunidades costeras cubanas Foto: Miguel Suárez

La pesca es el principal sustento de la mayoría de las comunidades costeras cubanas Foto: Miguel Suárez

Los muchachos se las arreglan para sacar la mercancía por Chambas, donde los puntos de control son muy estrictos con quienes transportan pescado. La venta solo puede realizarse al Estado, previo contrato comercial y, por tanto, cada paquete movido por particulares hacia tierra adentro puede ser decomisado.

“A veces les ponen una multa, les quitan el pescado y se vuelven a arriesgar. Los muchachos no saben hacer otra cosa, no pueden hacer otra cosa. Aquí no hay otro lugar para trabajar que no sea en el mar”, insiste.

En total cerca de 39000 personas se dedican a pescar legalmente en la plataforma marina cubana. De ese número solamente 3 mil 376 son pescadores estatales. 245 practican la pesca de autoconsumo, 18638 se dedican a la pesca comercial privada y 17600 a la pesca deportiva.

Según la Fundamentación publicada para el Proyecto de Ley de Pesca, en 2014 el consumo per cápita anual de pescado en Cuba descendió a 4.3 kilogramos (kg) de unos 16 en 1989.

“Parece una contradicción que se coma poco pescado en una isla, pero es cierto”, afirma Orlando Quintero, campesino en Ciego de Ávila. “Tierra adentro es bien caro y difícil comer pescado”.

Una vez cada 15 días, Orlando duerme en la casa de su hija en Chambas. Al otro día toma un ómnibus con destino a la costa norte.

“Aquí en el maletín traigo mameyes y guayabas”, cuenta. “En Punta Alegre tengo un punto donde los cambio por minutas o jaibas y de paso compro otros pescados”.

Para comer pescado, Orlando recorre casi 80 kilómetros.

Gabriel Martel Rumbaut se ha dedicado a la pesca toda su vida. Foto: Kyn Torres

Gabriel Martel Rumbaut se ha dedicado a la pesca toda su vida. Foto: Kyn Torres

La caída empieza en las poblaciones de peces

“Antes, donde quiera había miles de especies. Hoy hay lugares donde no hay nada”, afirma Gabriel Martel Rumbaut, otro pescador cienfueguero.

Tiene 67 años y la piel curtida por el sol y el salitre. Sus manos son duras y gruesas, tiene callos de casi seis décadas. Fue pescador estatal y ahora trabaja por su cuenta. No tiene jubilación por problemas con su expediente laboral y por eso sigue activo. Le asusta que ya casi no haya peces.

El Proyecto de Ley ofrece vías para que las 2 mil 500 personas que se dedican actualmente a la pesca ilegal puedan legalizarse y para que los 18 mil 638 que realizan la “pesca comercial privada” —no reconocida como labor independiente en la legislación vigente, puedan recibir las garantías de la seguridad social derivadas del trabajo por cuenta propia. 

“Son las artes de pesca masiva las que acabaron”, dice. “Estamos de acuerdo con eliminar aquellas artes de pesca que destruyen los fondos y matan las especies. El uso del chinchorro está prohibido ahora, pero hay barcos estatales autorizados a utilizarlo”.

Picúas o barracudas, jurel, cubera y arigua son algunas de las especies cuya captura está prohibida en el país.

Las langostas, cuya pesca solo está permitida para embarcaciones del Estado, se exportan a varios países y se consumen en las instalaciones del turismo. En los últimos años su captura se ha reducido en un 65 por ciento.

Las 54 especies que se pescan en el país, se han reducido en los últimos cinco años en un 44 por ciento.

¿De quién es la culpa, de unos pocos pescadores furtivos?”, se pregunta José Luis, un pescador con licencia deportiva. “¿Cuánto pueden pescar ellos, 500 langostas?”

Para explicar la lenta recuperación de la fauna marina, los pescadores de esta zona cienfueguera recurren a la misma metáfora: “lo que pasó con la pesquería fue como matar a una mujer embarazada”.

Como afirma Gabriel, el pescador es un depredador. “Todo lo que hacemos es matar, pero si lo haces con medida y dejas que las especies se reproduzcan, no hay problema”.

Para tener una idea de la producción de pescado en el país, en el año 2014 solo se dispusieron de 37 mil toneladas, provenientes todas de la acuicultura y de la pesca en la plataforma insular cubana. Foto: Jorge Beltrán.

Para tener una idea de la producción de pescado en el país, en el año 2014 solo se dispusieron de 37 mil toneladas, provenientes todas de la acuicultura y de la pesca en la plataforma insular cubana. Foto: Jorge Beltrán.

El mar no significa lo mismo para todos

Lenier se sumerge, en apnea, 22 metros. De niño jugaba a aguantar la respiración debajo del agua. Ganaba todas las competencias. Aquella capacidad para mantenerse hundido era una premonición: se hizo pescador submarino. La escopeta, las patas de rana, la careta y el esnórquel son sus medios de trabajo. Los grandes peces, su sustento.

Por su licencia de pesca deportiva paga 100 pesos al año. No tiene autorización para comercializar, pero siempre vende parte de la captura. La escopeta le costó 200 dólares.

“Antes había un hombre en Ciego de Ávila que vendía todos los avíos necesarios, pero le cerraron el negocio”, explica. “Todo se encareció porque hay que encargarlo afuera (en el extranjero)”.

Gabriel de Jesús también es pescador submarino en la misma zona, pero, a sus 67 años, ya no baja al fondo del mar. La decisión ha sido también un asunto de conciencia. Nunca un lugar en la profundidad fue el mismo después de disparar una escopeta.

“Cuando uno se sumerge no solo mata el pez, también recoge caracoles, algas, coral negro”, asegura. “Además, el tiro de la escopeta de presión azora los animales. Si un pez puede morirse de un infarto por un nailon enredado en el fondo, imagínate con un disparo”.

Carlos Fernández Pérez es tornero y mecánico, pescador y ciudadano español. Foto: Kyn Torres

Carlos Fernández Pérez es tornero y mecánico, pescador y ciudadano español. Foto: Kyn Torres

Carlos Fernández Pérez es bisnieto de Jaime Devesa Linares, uno de los patriarcas fundadores de la comunidad pesquera de El Perché, en Cienfuegos. Siente que, por el ánimo de lucro, fundamentalmente, las nuevas generaciones respetan menos el mar y sus recursos.

“En mi familia nos enseñaron a respetar las cosas y cuando se capturaba un pez por equivocación se devolvía vivo al mar”, recuerda. “Hoy eso se acabó. He visto muchachos con escopeta pescar una guasa, que se mete casi 100 años para crecer”.

Carlos ha visto pescadores que matan las gaviotas y alcatraces solo porque estuvieron cerca de sus cordeles.

Desde la orilla se sale mejor

A pesar del destrozo que dejó en la costa norte de Ciego de Ávila, los pescadores agradecen al huracán Irma el recalado de peces.

“Hay bastante pescado ahora”, afirma Jacinto Salinas, pescador estatal de Punta Alegre. “Lo que pasa es que nadie lo quiere pescar”.

Evoca cómo pescaba chernas, langostas, esponjas y otras especies en la plataforma costera. Aquí hoy solo queda escama y jaiba pero, según cuenta, mar afuera hay mucho más.

Las artes masivas de pesca destruyen los fondos marinos y afectan las especies. Foto: Miguel Suárez

Las artes masivas de pesca destruyen los fondos marinos y afectan las especies. Foto: Miguel Suárez.

“En esta zona hay una sobreexplotación. No hay condiciones para pescar mar adentro y la gente prefiere hacerlo en estas aguas”, indica Jacinto.

Pescadores privados con licencia, estatales e ilegales coinciden en la misma plataforma, aunque unos no ponen en riesgo a los otros.

“La tonelada de patao vale 400 pesos y 70 dólares (CUC)”, ejemplifica Yeyo. “Mar afuera se coge el pargo, cuya tonelada vale 1 500 CUP y 215 CUC por ser más cotizado. Lo ‘jodío’ del asunto es que hay que dormir mal, estar más tiempo lejos de la casa, pasar más trabajo”.

El cálculo inclina hacia la opción más cómoda. Cerca de la orilla es posible cuadriplicar las toneladas de patao y recibir el mismo pago por pescar una tonelada de pargos.

“La gente no pesca casi por eso, porque no hay respaldo monetario”, indica Yeyo. “Es poco el dinero que paga el Estado por el pescado y es más rentable venderlo a los particulares, aunque sea ilegal y no compren en grandes cantidades como las empresas pesqueras”.

Pescar mar adentro no es opción para muchos. Foto: Miguel Suárez

Pescar mar adentro no es opción para muchos. Foto: Miguel Suárez

Barcos (en)callados

Es la corrida del pargo. Dura desde mayo hasta julio. Cada barco suele ir tres veces al mar durante esta época para aprovechar el momento. El Alejandra, de El Perché, en Cienfuegos, tendrá que disminuir los viajes.

“La otra luna, que ya pasó, pudimos ir una sola vez por problemas con el suministro de hielo. Parece que ahora nos va a pasar lo mismo”, afirma Felipe.

La fábrica de hielo está rota, cuentan. Tienen la disposición para salir a pescar, pero no tienen el principal recurso para conservar el pescado. El hielo y parte del combustible lo compran al Estado. Sin embargo, de no cumplir los planes de entrega —poco importan las causas y los culpables— pueden perder su licencia de pesca privada y comercial.

El Alejandra costó casi 20 mil dólares. Si pierden la licencia no pueden pescar. Y si no pescan no pueden recuperar la inversión que hicieron para comprar y poner a punto el barco.

El bote tiene cuatro tripulantes: patrón, marinero, motorista y cocinero. Funciona con un motor antiguo, de antes de 1959. Así lo requiere la ley.

Reparar la embarcación tampoco es un asunto fácil. Hace tiempo debían pedir permiso por tres días  para darle mantenimiento en tierra. Ahora pueden tomarse el tiempo necesario.

“Los recursos tenemos que buscarlos nosotros”, cuenta Alexander. “Hay limitaciones sobre la cantidad de madera a utilizar y aquí es cara hasta una puntilla”.

Al no existir un suministro estable y legal de materiales para la reparación de los barcos, muchos de los recursos aparecen en el mercado negro.

Muchos barcos necesitan de reparación y mantenimiento pero los recursos solo se encuentran en el mercado negro. Foto: Kyn Torres

Muchos barcos necesitan de reparación y mantenimiento pero los recursos solo se encuentran en el mercado negro. Foto: Kyn Torres

La flota estatal cubana comparte algunos de estos lamentos.

En Punta Alegre, por ejemplo, los pesqueros también detienen las salidas por escasez de hielo. Roturas en la fábrica y hasta baja producción por ahorro energético, son otras de las justificaciones.

Por otro lado, con barcos de más de 20 años de explotación, sus patrones deben resolver “por fuera” los recursos necesarios para la reparación.

“El barco se me llena de agua y no tengo las resinas necesarias para arreglarlo”, cuenta Jacinto Salinas. “Hay recursos que nos entregan por la empresa, pero otros tenemos que buscarlos nosotros por la calle”.

Según cuenta, los barcos plásticos salen del astillero con la quilla hueca (debiera estar rellena). Al pasar por las partes bajas, las piedras desgastan la quilla y entonces entra el agua poco a poco.

“Aun así salimos a pescar”, se resigna Jacinto. “Para poder navegar achicamos todo el tiempo. Con esta rotura, en tierra, nos pagan a razón de 240 horas, pero la ganancia de los pescadores es dentro del mar, pescando”.

Una reducción gradual de embarcaciones estatales está contemplada en la nueva Ley de Pesca. Aquellas con mal estado técnico, lesivas al medioambiente, podrían desaparecer. Jacinto cruza los dedos. Si le quitan su barco, él y sus hombres se quedan sin trabajo. Sus familias, sin sustento.

Lo que debería haber planteado el Proyecto de Ley de Pesca

Joven con barco: ¿posible emigrante?

“A los muchachos del pueblo les cuesta mucho hacerse de un barco y ponerse a pescar, hay muchos prejuicios”, afirma Raidel, pescador del poblado Máximo Gómez, al norte avileño. “A las autoridades les parece que cualquier joven que quiera construir un barco es para irse del país”.

Para autorizar la construcción o tenencia de embarcaciones es necesario pasar por un proceso de investigación que incluye los ministerios del Interior y Transporte, así como otras instancias.

En todas las comunidades costeras pasa igual. La compra-venta de barcos está aprobada, pero construir uno o incluso modificarlo es un asunto más complejo.

La chalana de Carlos Fernández Pérez llega a la comunidad de El Castillo, en Cienfuegos; se llama Ofelia por la esposa de quien se lo vendió. Aunque la tiene hace 35 años, los trámites burocráticos para cambiarle el nombre o incluso el color, lo hicieron desistir de completar la inscripción a su nombre.

Quienes se arriesguen a saltarse los pasos de control, pueden perder mucho.

Foto: Jorge Beltrán

Foto: Jorge Beltrán

Hace poco a Jorge le decomisaron el suyo. Compró el bote casi deshecho por nueve mil pesos. Estuvo un año haciendo los trámites para lograr las autorizaciones de la reparación. Era un constante ir y venir entre el Registro Cubano de Buques y la Capitanía del Puerto.

“Llegué a pensar que la filosofía es hacer engorroso el proceso para que la gente se canse y desista”, reflexiona.

Remaches de aluminio, puntillas de bronce, madera y otros materiales se consiguen “por la izquierda”, aunque el Decreto Ley 194 de 1999 considera una infracción utilizar en la construcción, reparación u operación de las embarcaciones, materiales y medios de procedencia ilícita.

La madera —del monte— la justifican con el comprobante de la compra de algunas tablas en un mercado estatal. Así sucesivamente con otros recursos. Es un secreto a voces. El Estado no provee estos materiales. No hay una manera legal de obtener todos los recursos para construir un barco en Cuba.

Un bote rústico es todo lo que tienen algunos pescadores Foto: Kyn Torres

Un bote rústico es todo lo que tienen algunos pescadores Foto: Kyn Torres

“Hay gente que lleva 20 años con una embarcación en mal estado que prefiere no hacer ese trámite”, agrega Jorge. “Como en todo, hay cuestiones subjetivas y de soborno a la hora de obtener los permisos”.

Jorge no hizo mucha presión cuando le quitaron el bote. “Si me ponía a dar detalles iba a embarcar a la gente que me ayudó a construirlo y a conseguir los materiales”. Construcción ilegal del barco fue la razón del decomiso, casi un año después de comenzar los trámites.

Aunque el Decreto Ley 194 especifica que a los bienes decomisados se les da el destino socioeconómico más útil al país, muchos pescadores aseguran que las autoridades destruyen los barcos decomisados.

“Nos han indicado que ya ningún medio flotante ilegal puede estar fuera de las playas, ni a media milla”, indica Raidel.

“Las balsitas son el sustento de mucha gente de la zona. Aquí no hay empleo, ya nos quitaron hasta el central, ¿cómo van a prohibir también pescar aquí, cerca de la costa? Mira nuestras casas. Aquí nadie se hace rico pescando”, concluye.

Cuando amanece, en las comunidades costeras es posible contar una decena de balsas rústicas o “artefactos navales”, como les nombra el Proyecto de Ley de Pesca. Esa normativa apuesta por mantener las embarcaciones privadas y la incorporación, en menor grado, de barcos más modernos a la flota estatal.

Sin embargo, el proyecto no da pistas sobre posibles soluciones a las inquietudes relacionadas con la construcción y el mantenimiento de los navíos.

La mañana es el mejor horario para pescar. Foto: Kyn Torres

La mañana es el mejor horario para pescar. Foto: Kyn Torres

Los que viven del mar se preocupan

Frente a cada casa de El Perché hay un bote amarrado, tan cerca que podría saltarse directo de la embarcación a la puerta. Aquí un barco —grande o pequeño, sofisticado o rústico— es parte inseparable de una vivienda. Para algunos, la casa es el complemento.

En la mañana un “cardumen” de barcos se ve en el horizonte, a contraluz, rumbo al sol.

No es una competencia. Todavía el mar es suficiente para todos. Nadie volverá a casa con el morral vacío.

“Esta es una zona tranquila”, cuenta Felipe, pescador de El Perché. “Si empiezan a quitar licencias para pescar, aumentará la delincuencia”.

En El Perché un barco —grande o pequeño, sofisticado o rústico— es parte inseparable de una vivienda. Para algunos, la casa es el complemento. Foto: Kyn Torres.

En El Perché un barco —grande o pequeño, sofisticado o rústico— es parte inseparable de una vivienda. Para algunos, la casa es el complemento. Foto: Kyn Torres.

Su vaticinio podría parecer dramático, mas, le preocupa que, al no poder vivir de la pesca, algunas personas se pongan a “inventar”.

“Esta es una zona de poco delito porque todo el mundo está vinculado a la pesca de una forma u otra. No todos tienen estudios e, incluso, hay universitarios que se pasan el día encima de un bote”, explica.

Sentado en una loma de piedras hace cuentas con los dedos y enumera sus lamentos: reducción de las zonas de pesca, limitaciones en la construcción y reparación de los barcos, hostigamiento a quienes venden pescado, poca garantía de recursos para cumplir los planes, menos autorizaciones…

El proyecto de Ley de Pesca califica como “compleja” la situación en los 168 asentamientos costeros de Cuba. Identifica la pesca como el principal sustento y reconoce que existen escasas alternativas de empleo en otras ramas. Sin embargo, no hace alusión al impacto que podría tener la reducción de autorizaciones para ejercer la actividad en esas comunidades, luego de la entrada en vigor de la normativa.

“Dicen que se habló del tema en una reunión, pero yo no supe de ninguna en la empresa”, comenta Rodolfo Borges, pescador estatal de Punta Alegre.

En su teléfono celular tiene varios materiales sobre la ley y los lee por partes, de vez en vez, cuando tiene tiempo. Comparte la preocupación por las amenazas a la fauna marina, pero más le inquieta quedarse sin barco ante la reducción de la flota estatal.

Como Gabriel Martel Rumbaut no ha podido jubilarse, la futura Ley de Pesca le trae esperanzas. “Quizás hasta pueda tener jubilación”, se entusiasma.

Alexander, vecino del mismo poblado de El Perché, cuenta que asistió bien temprano a la reunión que hicieron en la comunidad para hablar sobre el proyecto de Ley de Pesca. Comenta que “se limitaron” a informar. “No se debatió el asunto ni se recogieron opiniones o respondieron preguntas”.

En la comunidad de El Perché los niños aprenden desde pequeños las artes de la pesca Foto: Kyn Torres

En la comunidad de El Perché los niños aprenden desde pequeños las artes de la pesca Foto: Kyn Torres

“Hay mucha gente que toma decisiones sobre pesca y lo único que saben del pescado es comérselo”, dice, molesto.

Más arriba en El Castillo, Jorge asegura que sucedió igual. Contó que a la gente le preocupan las regulaciones sobre las autorizaciones de pesca, que por tal de “ordenar” cancelen unos cuantos permisos y licencias.

—Habrá más ilegales como yo —asegura El Colora’o.

—Podrás legalizarte —le respondo.

—Con la nueva ley no tendré chance —riposta. Mi embarcación no cumple los requisitos. Es una tabla flotante.

—Podrás pescar desde el litoral y la orilla, con cordeles y anzuelos, sin autorización.

—Ahí solo pican las botellas vacías, las latas de refresco y los pomos plásticos.