Éramos cuatro: tres chicos y una chica. La chica es mi amiga y llevábamos varios días sin vernos. De los dos restantes, a uno prácticamente lo acababa de conocer, me había caído bien; el otro era el novio de mi amiga. Salíamos del Centro Dulce María Loynaz y por decisión unánime decidimos buscar un lugar donde beber unas cervezas.

Aparecieron el lugar y las cervezas, y tras unos minutos la charla se fragmentó. Yo conversaba con mi amiga y su novio con el otro colega, un viejo conocido suyo. Así ocurrió hasta que ella me pidió disculpas, se volteó hacia su novio y le dijo “Fulano, ¿qué estás diciendo?” Yo no había escuchado, de la conversación paralela, lo que a ella la hizo saltar.

Entonces él, su novio, lo repitió:

—Pues así pienso y no dejaré de expresarlo: la homosexualidad es inmoral, y tengo mis argumentos para decirlo.

Lo que él llamaba argumentos no era más que uno. Reiteraba que todas las corrientes de pensamiento consideraban la homosexualidad como una inmoralidad, y todas las religiones prohibían esta práctica. Con este alegato sentía que su enunciado estaba a salvo de cualquier embate.

El comentario fue para mí una patada en los testículos. Me resultaba inverosímil estar sentado a la mesa con un muchacho de veintitantos años, fraguado en el ambiente cultural y artístico, con semejante nivel de anquilosamiento en sus ideas. ¿Qué puede quedar para los demás?, me pregunté.

¿Qué es la moral, quién la dicta, quién la instaura y vela por ella? ¿Debemos aceptar ese paquete cultural, moral y ético que nos legan nuestros padres como algo único, correcto e invariable? ¿Es ético, moral o correcto, establecer conductas discriminatorias y lesivas al desenvolvimiento libre y fraterno de un hombre o una mujer?

Esa tardenoche reforcé mis ideas: por mucho que se abogue y persuada para el entendimiento de que cada quien es libre de optar por el tipo de relación que desee, siempre existirán rezagos de pensamientos trogloditas, seres capaces de juzgar a los demás por lo que hacen o dejan de hacer con su intimidad. Inmóviles costumbres que, lejos de evolucionar en pos de un bienestar ciudadano, siguen transfundiéndose como mala sangre hacia las nuevas generaciones, tal vez encargadas de dejar dormir en sus venas el germen de futuras incomprensiones y represiones.

Nuestra historia nacional tiene páginas que no deberían ser olvidadas. Vale recordar siempre la persecución y el desahucio al que fueron sometidos homosexuales, religiosos, y simpatizantes del estilo hippie en los años 60 y 70. Aludiendo a esto, el filósofo existencialista Jean Paul Sartre llegó a comentar mordazmente que en nuestro país se perseguía a los homosexuales porque no había judíos.

Creo, y así le expuse a este muchacho, que cada quien es libre de hacer con su vida lo que desee, siempre y cuando no afecte al prójimo ni la armonía y el espacio de quienes les rodean. Creo necesario reformular día a día el sistema hereditario de valores morales que nos inculcan he inculcamos a nuestros hijos. Creo que la represión, la homofobia, y los postulados de la mayoría de las religiones, solo consiguen que muchas personas nieguen lo que son para poder integrarse a la sociedad.

El único aliciente de esa tardenoche fue pensar en el azar  que une a las personas, en la teoría de las causalidades; tal vez este muchacho llegó a las manos de mi amiga para que ella con su mesura, su cariño y su paciencia, pueda ayudarlo a razonar y repensar algunas de sus ideas y posturas.