El primer asalto que me hicieron ocurrió a las doce de la noche de un cálido 19 de septiembre. Doce en punto, como un reloj.

Mi madre me dijo antes de salir de la casa: Cuídate, la calle está mala. Pero desde que tengo uso de razón, la calle ha estado mala. Y desde que tengo uso de razón mi madre me ha encargado lo mismo. Siempre damos motivos de preocupación a las familias. Cuando niño, en el reparto Camilo Cienfuegos en la Habana del Este, donde una vez apareció el cadáver de un hombre estrangulado con un cordón en la maleza de la costa, se inventaban malhechores y noticias, con o sin base verídica. Un violador anda rondando, el coco, un secuestrador de menores, el viejo del saco.

En edad de preuniversitario, años 2000, había que protegerse de un tal picacaras. El picacaras era un errabundo que iba por ahí abriéndole de un tajo el cachete a sus víctimas, con arma blanca, como si fuera coser y cantar. En su caso, más descoser que coser.

El picacaras sí existió, tanto que la policía llegó al nivel irregular de pegar carteles tipo Wanted por algunas paredes de La Habana.

Pero el 19 de septiembre hacía tiempo se había evaporado el criminal y yo regresaba ufano de una fiesta de roqueros en Casa Blanca, un pueblito loma arriba respecto del Camilo Cienfuegos. La clásica fiesta de gargantillas, extravagancias de indumentaria para el sujeto ordinario, ropa negra y pelo largo, en la que una pareja se bamboleaba en el centro de atención. La mujer era una comba posesa que barría el suelo de tierra con sus hebras; el hombre la agarraba, la zarandeaba y se inclinaba sobre sus pechos. Sonaba The Number of the Beast, de Iron Maiden.

De ahí volvía sin atender a los instintos. Pese a que se había montado un gran jaleo en la zona del núcleo del Camilo, tomé la avenida por la rotonda central, corté por el edificio del ministerio de la pesca y salí al parqueo de la construcción número 55 de Pastorita. Tres mulatos que rondarían los veinte de edad me preguntaron la hora y bajé la cabeza.

El asalto, una experiencia onírica, un cuadro de Dalí, un texto de Bretón, fue cualquier realidad menos la real. Los tres se abalanzaron, la suma de Newton se inclinó a su favor y caí vencido al piso. No tuvieron que esmerarse, en aquel entonces yo era casi mi propio esqueleto. El primero dio sus moquetes, luego el segundo, yo si acaso intercepté algunos golpes y pataleé un poco: no tuve tiempo ni capacidad para hacer más a la vez que pensaba “No me está pasando, no es verdad”. Es lo que uno cree en ese momento. Uno se paraliza de pronto, pero lo mejor es dejar que haga el ciervo acorralado que llevas dentro. Chillar, soltarse, escapar. Un asalto, no obstante, te da espacio para pensar, porque todo se suspende y uno existe más que nunca de la única forma en que se puede existir, solo.

Serían las doce y tres cuando pienso que fui en extremo imbécil al descuidarme buscando la hora, el doble de extremo imbécil por no haber tomado clases de defensa personal en lugar de haber (mal)gastado los últimos meses en lecturas. ¿De qué te sirve el mejor de los libros contra tres asaltantes? Para que pongan en tu lápida: Aquí yace un mediocre admirador en secreto de Dostoyevski. Para memorizar de Macbeth “La vida es solo una sombra que pasa. Un pobre actor que se pavonea y agita durante su hora sobre la escena y después no se le ve más” ¿Qué importa? El tercero de ellos me amenaza con sacar un cuchillo si no me quedo quieto. De modo inconsciente he estado peleando contra tres hombres, aunque no estoy dispuesto a comprobar si el que habla está armado o no; pierdo el soplo heroico y me tranquilizo.

Serían las doce y cinco cuando se produce el Deus ex machina. Desde una ventana fosca, una señora grita. Los delincuentes huyen. La oscuridad tupida de los alrededores sirve para que escapen con facilidad. Me han llevado los tenis adidas, la cartera con mis documentos y cinco cuc. Un golpe tan ridículo como devastador.

Sintiéndome una ruina, subo a mi casa, le digo a mi madre y ella rompe a llorar; me baño, me tiro en la cama, duermo fatal.

Este fue el primero de muchos asaltos que he padecido. Los demás los he proyectado en mi mente, decenas. Me anticipo a ellos elaborándolos, si debo sumarle un kilómetro al recorrido con tal de añadirle seguridad, lo hago. Si veo un tipo raro, aprieto la marcha, pongo tercera. A diferencia de antes, tengo más confianza en las áreas con bombillas, en las bocacalles iluminadas.

El 20 de septiembre me llaman por teléfono. Del otro lado de la línea, un amigo ansioso por relatar algo. Yo también me muero por hacer mi cuento. Después de un tiempo diciéndonos uno al otro “no me lo vas a creer”, “no, tú a mí” dejo que él haga su historia. “Me asaltaron, me llevaron los zapatos y la cartera”, dice. Y me río por un largo rato, por él, por mí, por la bufonada aparentemente conspiratoria que es el universo.