Aunque todos lo conocen como El Tanque, prefiere que lo llamen Abdel Asís, y que mutilen en la escena el mote callejero y los apellidos González Alfonso. “Lo de tanque tiene que ver por mi forma robusta y por la manera en que rapeo. También dice la gente que por la solidez de mi interpretación”, comenta.

Este joven rapero recorre cada día el trecho que une al centro cultural El Mejunje con el llamado “malecón” de una ciudad sin mar, el muro al costado del teatro La Caridad, donde confluyen todas las tribus urbanas de Santa Clara.

Pocas veces visita su casa, porque se siente más cómodo componiendo en esos sitios bohemios. Aparenta unos años más de los que lleva encima, aunque nació justo en 1990, “cuando la cosa se puso dura”, en una de las zonas más marginales de la ciudad, en un pequeño barrio del Reparto Vigía.

“Al principio se trataba todo de improvisación, pero luego me puse a escribir. Me regalaron algunos backgrounds y me inserté al movimiento que había aquí en esos años. Hasta el sol de hoy, todo lo que canto lo escribo yo.

“A veces hasta me sobran canciones porque no tengo manera de grabarlas. No tengo ni celular.”

Foto: Yariel Valdés

El secreto mejor guardado de El Tanque es su formación universitaria, aunque proyecte una imagen ruda e ignorante ante los ojos conservadores. Al tercer año de haber cursado la carrera de Derecho, decidió que seguiría las leyes de la calle. Aquel mismo año escribió el tema más conocido y coreado del repertorio rapero del centro de Cuba.

«Tenemos una ciudad así, como dice esa canción, que se está cayendo, que tiene problemas estructurales y físicos: Bienvenidos a mi Santa, que, de santa no tiene un pelo, pienso que este es el infierno y no hay ninguno en el subsuelo…Bienvenidos a mi Clara, ciudad que no avanza nada, donde no se puede salir si no recibes buena paga…».

Los temas de El Tanque versan sobre la conciencia social. Explica, además, que no tiene interés alguno en los problemas políticos sino en las historias de quienes viven en la calle y sufren las penurias cotidianas sin contar con plataformas para hacer catarsis.

«Yo que sé de los domingos, de la música hasta las diez, de la hamburguesa que no crece y de que está crudo el bistec. Sé de los chicos que dan el culo pa´ comprarse un par de Pumas, y de las chicas que lo dan para fumar H. Upmann».

Después de haberse alistado en la campaña antivectorial o haber fungido como trabajador social, Abdel se quedó sin trabajo. Aunque le hace falta el dinero para vivir, está más preocupado por concluir su último disco. Se gana la vida vendiendo, a veces, “cositas que le mandan de aquí y de allá”. Sigue la premisa de que el cantautor debe tener tiempo de ocio para poder hablar de los problemas de los demás.

Foto: Yariel Valdés

“Es muy difícil ser profesional del género en este país. Hay mucho regionalismo. Tienes que llegar a La Habana, pero yo represento un mundo alternativo y super underground”.
Mientras El Tanque interpreta sus textos muestra con orgullo la imagen que lo confirma como rapero. En las manos, grabadas las letras de Pura raza, en el cuello: I am a lucky man. No le gustan las groserías porque explica que el rap ya es agresivo por sí mismo.

“El peligro mío está en el lápiz. Hice la promesa de que cuando viajara por primera vez me tatuaba la cara también”.
“No soy de los que le gusta escribir sin base, hablo de lo que veo y no de lo que supongo, no de lo que alguien me dijo. Soy un lector de la calle, testigo de lo que escribo”, se despide y parte a solas para componer en el único lugar del mundo, según él, desprovisto de censura: su pedazo de calle.