—A mí no me gustan las etiquetas —dijo Mario— las etiquetas existen para segregar, para apartar lo que la sociedad no cree que funciona orgánicamente dentro de ella.

—No creo que a nadie le gusten las etiquetas —le respondí.

—¿Hasta cuándo van a seguir agregándole letras a las siglas LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans)?—preguntó.

—Bueno, a eso ahora mismo ya le han adicionado IQ?

—¿Y esas nuevas qué son?

—Intersexual, Queer y el signo de interrogación es para los que todavía no “están seguros” de lo que son.

—¿Y esos quiénes son?

—Pues los “gender fluid” (géneros fluidos) o personas andróginas que no se identifican con las anteriores.

—Que complicado es eso —se quejó Mario.

—Así mismo —le contesté— imagina lo que debe sentirse no encajar en nada.

Como casi todas mis reflexiones referentes a los temas LGBTIQ? en Cuba, está partió de una conversación con amigos.

Por un lado estaban los que como Mario defendían la idea de que las etiquetas son una forma de “marcar” a las personas y separarlas del resto y por otro, los que sostenían que las etiquetas son una manera de llamar a las cosas “por su nombre”.

Aunque es sabido que la etiquetas no son un invento para los temas LGTBIQ?, es un recurso social que se ha usado históricamente para muchas cosas. Sirve para catalogar lo que nos rodea pero a veces es discriminatorio, nos inmoviliza, evita que seamos y obremos de otro modo.

Todos hemos pertenecido a una familia, un entorno educativo, un ámbito laboral, un grupo de amigos, a algún medio social en general. Algunos elegidos, otros no. En estos espacios se nos identifica de acuerdo a la percepción que tienen los demás de nosotros.Además, vivimos en una sociedad con muchos prejuicios donde todos deben y tiene que estar etiquetado y, dependiendo de la etiqueta que la sociedad nos haya impuesto, uno tiene que comportarse como el estereotipo que la gente generaliza sobre un estilo determinado.

Debo admitir que tengo un problema con las “Etiquetas” y la manera que las utilizamos como conceptos y descripciones “Exactas” de aspectos de la personalidad de los individuos, en este caso referentes a la sexualidad.

—Cada cual debe asumirse como lo que es y ponerle un nombre no tiene nada de malo —dijo Dayron.

—A mi no me gustan las etiquetas tampoco —añadió Devora a la conversación.

Yo estaba deseoso porque hablara ella. Devora es una de las transformistas más conocidas en La Habana y, además, es una mujer trans.

Cuestión curiosa pues los transformistas, o drag-queens, son en su mayoría hombres que se visten de mujeres para realizar algún tipo de performance. Generalmente no reconocen a las trans como transformistas y las mujeres trans prefieren alejarse del término transformistas por la idea preconcebida de que son hombres que se que usan ropas femeninas.

Devora dice que siempre se sintió mujer. Pero no sabía que eso era posible. Era un niño muy afeminado que empezó su carrera de transformismo a muy corta edad. Cuando las fiestas gays eran ilegales en Cuba y tenían que hacerlas en azoteas y patios de casas alejadas del centro de la ciudad por miedo a que la policía viniera y arrestara a todos.

—Yo estuve muchas veces presa —cuenta— lo curioso es que a pesar de que odio que me “metan en una caja” yo supe que era una mujer trans, no cuando me puse una peluca por primera vez o un vestido, como sale en la película esa. ¿Cómo se llama?

—La chica danesa —le dijo alguien.

—¡Esa misma! Yo me di cuenta que era una mujer trans cuando alguien se sentó conmigo y me explicó que era eso. Esa etiqueta me salvó la vida. Bueno me la arregló, porque estaba “patas pa´ arriba”.

El ser humano siempre ha dado nombre a las cosas nuevas, a lo desconocido, a lo que teme. Pero, ¿por qué lo hace?, pensamos.

—Creo que es para poder entenderlo, para perderle el miedo —dijo Mario— para darle sentido a algo que no sabe cómo funciona.

—Pero estamos hablando de personas, no de cosas. Entender cómo funcionan las personas es algo sumamente complicado. Somos más de 7 mil millones —añadió Dayron.

—En un mundo ideal a nadie le importaría con quién se acuesta uno o que ropa se pone —se quejó Mario.

—Pero vivimos en la Cuba de hoy—agregué—. Pensar que es tan ridículo el hecho de que uno se ponga una peluca de plástico en la cabeza es lo que causa que madres le dejen de hablar a sus hijos o que alguien no quiera asistir a la escuela, que es un derecho humano.

En Cuba para poder asistir a las instituciones estudiantiles que requieran uniforme los educandos deben usar las ropas asignadas según su sexo, masculino o femenino.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie dice que “el problema de los estereotipos no es que no sean ciertos, sino que están incompletos”.

Reducir a una persona a la cualidad que le imprime su orientación sexual o identidad de género es no contemplar su totalidad como ser humano.

—Yo creo que ustedes lo ven todo muy global. Como si fueran científicos. Yo no pienso en eso. Yo pienso en los niños. En esos niños que como yo solo querían encajar de alguna forma. Pero miraban a su mamá y decían yo no soy eso. Miraban a su papá y decían, esto tampoco. Y que vino alguien y les dijo: tú no eres un extraterrestre, tú eres… “esto”. Vino alguien con una etiqueta y les salvó la vida —concluyó Devora.