Los apagones vuelven a estar de moda. Onda retro, podría decirse. Como para que no se nos esfumen de la mente a todos los que ya padecimos de esa privación; y para que aquellos que no saben mucho de los duros noventa, puedan saber un tanto lo que vivieron sus padres y abuelos.

A los jóvenes de ahora les dolerá doblemente, pues cada día nuestra juventud depende más de los equipos electrónicos para su entretenimiento. Las computadoras, tabletas y teléfonos han venido a ocupar el espacio que antes era reservado para un juego de pelota, el retozo de las escondidas, o para sencillamente salir a mataperrear.

El recuerdo más vívido que tengo de un apagón es el de mi madre echándome aire con una penca o con un periódico para que yo pudiese dormir, para que el calor avasallante no me importunara. También queda el recuerdo de dormir en el portal o en una colchoneta sobre el tejado; los mosquitos haciendo de mi piel su presa fácil.

Ahora me toca la tarea contraria, la de batallar contra el calor de mi hijo, o contra todo lo que pueda interponerse a sus horas de sueño.

Oye, que mala está la cosa”, y en respuesta siempre he escuchado: “No es lo mala que está, sino cómo se va a poner

Algunos amigos me hablan de los apagones, de estarlos sufriendo casi día a día. Donde resido aún no se han hecho ver, para mi suerte. Al menos no en las casas, donde es de uso más que necesario, pues, desde que se electrificara el país con equipos de cocción doméstica, un apagón es igual a dejar sin comer a un pueblo. Pero sí en las calles.

Desde que se anunciaron las medidas para el ahorro y el consumo del combustible ha desaparecido el alumbrado público, y casi llego a pensar que este apagón en las vías es harto necesario, pero a la vez muy peligroso, pues esta medida es proclive al aumento de accidentes automovilísticos y al vandalismo, pues por muy tranquila que sea una ciudad, ahora con las calles como bocas de lobo, los delincuentes y maleantes tienen la tarea realizable.

Es común que la gente hable del Período Especial como algo del pasado, que ya el país sobrepasó; pero lo verdadero es que aún el cubano de a pie no la tiene del todo fácil, y que sobrevive pensando en el día a día, sin saber nada de ahorros, vacaciones, planes para el futuro.

Desde niño he vivido con miedo, sobresaltado, pues los adultos a mi alrededor disfrutan el morbo de decirse unos a otros: “Oye, que mala está la cosa”, y en respuesta siempre he escuchado: “No es lo mala que está, sino cómo se va a poner”.

Y tal parece que ahora que vuelvo a escuchar estos comentarios, ya clichés, es con toda razón, pues hasta el propio Presidente de la República se aviene a decirle a su pueblo que la situación se va a tornar mucho más que difícil.

Valdría entonces seguir recordando la infancia, ya no tan solo a través de los apagones, si es que finalmente caen sobre nosotros como fieras noctámbulas, sino también por aquella canción perturbadora, como la mayoría de las canciones que se le canturrean a los infantes, que dice “la cosa está que horripila y mete miedo de verdad”.