Cuando el pasado mes de octubre se volvió a vivir la incipiente celebración de una “noche de brujas”, de fiestas de disfraces y calabazas con velas dentro, un sector de la intelectualidad de Cuba sonó alarmas, preocupado por la intromisión de costumbres foráneas. , “expresiones de modernidad yanqui, colonizadora”.

Sendos artículos en medios estatales del país asumieron los riesgos de parecer retrógrados y conservadores, por manifestar sus incomodidades con una festividad disfrutada de manera creciente por los más jóvenes y sus familias en ciudades como La Habana, Varadero y Santa Clara.

“Es como esas pequeñas cortaditas que uno se hace en los dedos, a veces hasta con una hoja de papel o un hilo, no significan ninguna gravedad, pero molestan (…) todavía siento el escozor de la cortadita cuando sé o presencio situaciones como las del Halloween y sus etcéteras”, escribió la periodista Vladia Rubio en el sitio digital Cubasí.

“Lo raro, y en mi opinión preocupante, es que desde instituciones, cuya misión social implica preservar valores identitarios, se promuevan tales prácticas (…)  ¿Por qué dejarse arrastrar por la lógica del mercado o la asimilación acrítica, o mejor dicho, neocolonial de influencias foráneas?”, se preguntaba el crítico Pedro de la Hoz, en Granma, el diario del Partido Comunista.

Para estos autores aceptar la celebración en el país de una festividad de origen norteamericano era rendirse a la imposición de valores extranjeros, sucumbir a una forma más de penetración cultural del sistema capitalista que se disfraza, en este caso, como las brujas.

“Su­pues­tamente deberíamos levantar un altar a la diversidad cultural, las interinfluencias y la comunicación recíproca y plural. Pero no es así. La hegemonía de la industria cultural norteamericana impone hábitos de consumo, gustos, modos de pensar y actuar, de manera persistente pero sutil”, insiste de la Hoz.

No obstante, la opinión de estos autores no parece haber juntado fuerza para modificar la tozuda realidad. Cada vez resulta más visible la asunción de códigos del sistema occidental en el comportamiento y la vida de los cubanos, expuestos al intercambio con una diáspora que supera los dos millones de personas y al consumo masivo de productos internacionales, aunque dispongan de una precaria conexión a internet.

¿Lo mío es lo único?

La defensa en los comentarios de los medios “oficiales” de un concepto de identidad cubana que la entiende inmutable, y la vuelve casi autosuficiente y xenófoba, levantó también reacciones entre ciudadanos que desestimaron la supuesta capacidad de la cultura de un pequeño país como el suyo para mantenerse ajena a la interacción con otras identidades.

“¿Qué daño puede hacer que la gente salga a la calle disfrazada incluso cuando los que no pueden alquilar trajes recurren a la inventiva y se crean los suyos propios? ¿Qué daño puede hacer que niños y jóvenes se reúnan una noche bajo la supervisión de los mayores y pasen una noche agradable conversando y jugando y, sobre todo, relacionándose como seres humanos que son, lejos de las computadoras y de los teléfonos celulares?”, se preguntaba una usuaria nombrada Aly en el foro generado bajo el texto en Cubasí.

A diferencia de otros lugares donde se celebra la tradición de origen celta, en Cuba solo se trata de una fiesta de disfraces y no se ven niños por las calles tocando las puertas para pedir dulces.

Es por esa razón que algunos, más que prohibir, insistieron en proponer un debate que conduzca una lograr una celebración sin vestigios consumistas ni generadora de diferencias de un sector social con respecto a otro, por la capacidad adquisitiva de cada uno.

“Para mí no hay que buscarle la ciencia al asunto, la jugada está cantada hace rato, premiemos en Halloween al mejor traje de guajiro cubano, al mejor corsario caribeño, al mejor indio nativo, a la mejor negra santera (…) a esto hay que sacarle trigo para que la dichosa globalización sea también a lo cubano”, opinó en el mismo foro digital Luis Antonio Díaz López, uno de los autores de la fotos tomadas por el sitio para ilustrar su texto.

La gestación de una nueva costumbre dio síntomas de ganar en madurez este 31 de octubre de 2014. Tal como lo advierte la experiencia de otras prohibiciones luego de 1959 contra la música en inglés o las festividades católicas, rechazar lo inevitable a partir de prejuicios equivale a lanzarse a nadar con las manos atadas. Los “problemas” de Halloween en Cuba no los tendrán sus adeptos, sino aquellos que no lo logren comprender.