“Con Matthew tuve que moverme rápido porque tengo una niña chiquita y estoy en construcción”, me cuenta George López Centeno, liniero de una de las brigadas camagüeyanas de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S. A. (ETECSA) que sale muy pronto a apoyar los territorios orientales afectados por el huracán.

“Aseguré bien el techo de la casa, que es de tejas, y puse las cosas en el pedazo que ya tiene placa, es que también nosotros estábamos amenazados”, razona conmigo este joven de 29 años, cuya esposa está acostumbrada a verlo partir por días para otros municipios de Camagüey, pero es la primera vez que el esposo, el padre de la niña de 1 año y 10 meses, se aleja tanto y por tiempo indefinido.

Las condiciones de alimentación y alojamiento de George en los días en campaña las garantiza la empresa, pero el respaldo para la familia lo tiene que asegurar él.

“A mi mujer le dejé la tarjeta para que cobre mi salario, por si me demoro más de un mes, y también le hice un autorizo de cobro para la divisa, tal como me aconsejaron mis compañeros que han pasado por esto antes”.

George es un clásico joven de los que dejó la carrera universitaria en Cuba para mantener una casa. Está acostumbrado a ganarse el pan sudando contra viento y marea. En su caso, tras dejar la enfermería pasó un sinfín de cursos: encargado de almacén, masajista, de inglés, de computación, y dos en la  fábrica de cerveza Tínima, uno de operador de máquina y otro de inspector de línea de envase.

“Estudié de todo, pero no encontré empleo en ningún lugar. Lo último que probé fue liniero de ETECSA. Se hizo un escalafón, se liberaron unas plazas y me llamaron. Hace ya siete años que trabajo aquí”, declara este muchacho, y argumenta que aunque el salario es bueno no le alcanza. ¿El analgésico? La cría de pollos de ceba en su casa para la venta.

Para separarse de la tutela paterna y poder vivir a solas con su esposa e hija, George vendió una moto Karpaty, una motorina, el equipo de música, la laptop y le sumó algunos ahorros para hacerse del pequeño terreno con un cuartico de madera en el centro de la ciudad, donde hoy construye con la ayuda de su padre, que es albañil.

“Le compré a la mujer útiles de la cocina, ollas, la batidora, el refrigerador… No dio para mucho, pero hay quien tiene menos”, y con esas palabras en mente me habla enseguida de la situación que espera encontrar en Guantánamo, mucho peor que la suya.

“Siempre es peor, dicen los que han ido. Yo estoy preparado para trabajar duro, es lo que hecho toda la vida. En mi mismo barrio también tuve que auxiliar a los vecinos más viejos a mudar algunas cosas”, comenta el muchacho. Su jefe le trae el permiso para regresar a la casa y estar localizable para la salida, dicen que las vías están obstaculizadas y que aún no terminan de calcular todas las necesidades de asistencia en Guantánamo.

Los experimentados bromean con él y con los demás novatos que partirán en cualquier momento. George sonríe, solo sonríe. Está habituado a luchar y le gusta asistir al necesitado. La huella de Matthew no lo asusta. Será su primer ciclón fuera de la provincia, pero no el único que ha pasado en la vida.