Solía quitarse el reloj. Con la diestra elegancia con que hacía todo. Lo ponía en cualquier sitio fuera del campo visual inmediato y disponía el vuelo de las manos para la maravilla. Detenía, con aquel gesto, el tiempo real para comenzar otro, apacible y trepidante, en el que narraba sus historias. Mayra Navarro vivía y moría para narrar. Por narrar. Narrando. Y era, en Cuba, lo más cercano a una cuentera de cuenteros. Porque en cada relato a viva voz le salía una clase. Y cada clase era un temblor.

Quien la conociera —toda determinación y garbo— podía imaginarse cómo tomó arrestos para decirle a su madre, sin haber cumplido aún 15 años, que vendiera el piano que le habían comprado, que lo de ella era otra cosa. Algo más ancestral y sencillamente humano: contar la vida. Desde ahí, no es difícil entrever su silueta de niña fina, penetrando al aula de insondable ternura del poeta Eliseo Diego y la pedagoga María del Carmen Garcini, en la mítica “La hora del cuento”, de la Biblioteca Nacional José Martí, en la década de 1960; espacio que terminaría siendo su consagración: tres lustros de oídos para sus leyendas.

Tanto empeño puso en esa filigrana, que instauró escuela en Cuba. No solo como fundadora y directora del Estudio NarrArte o del Foro de Narración Oral del Gran Teatro de La Habana y el Festival Primavera de Cuentos; sino también en la cátedra itinerante que llevó hasta Argentina, Colombia, España, Guatemala, México, República Dominicana, Venezuela… Certeza de que donde llegaba, levantaba cerrojos, removía nostalgias, zurcía quimeras.

La oí por primera vez en una peña del dúo de trova, poesía y narración Ad Líbitum. No exageraron aquel día Leonel y María de las Nieves cuando dijeron tener como invitada a “La Narradora” de la Isla. Desde entonces tuve el secreto plan de robármela al menos dos o tres días al año para que compartiera con mis alumnos de Periodismo y visitara las tertulias de lectores de Juventud Rebelde.

Ella, que practicaba la máxima martiana de que solo el que se da, crece, acudía sin falta, enamoraba sin falta, y dejaba el auditorio embelesado, añorando más y más relatos, como niños insaciables.

“Para contar bien hay que estar gloriosamente vivo, porque no se puede encender fuego con leña mojada”. La frase, de Ruth Sawyer, fue siempre su proa inspiradora. Y tenía asimismo, como método de trabajo, entrarle a existencia con los cinco sentidos en alerta perenne. Ver, oír, palpar, oler, saborear la vida, según ella, era requisito indispensable para poner alma en los cuentos. Lo demás, a lo sumo, era decir o leer palabras en público, jamás narrar como Dios manda.

Acaso nadie, entre cubanos, ha defendido tanto, con obra, amor y pedagogía, la idea de que la narración oral no es un subproducto, subgénero o derivado de la Actuación y el Teatro, sino una profesión y disciplina artística autónoma, con reglas, especificidades, complejidades y estructuras no prestadas de ningún otro saber o hacer.

Madre amorosa. Maestra a tiempo completo. Amiga sin dobleces. Cubana de los zapatos al pelo. Me parece que la veo, de blanco impoluto, diciendo con la palma de sus manos siempre irradiante y la voz en impecables ondulaciones, las manías de un campesino, las peripecias de un comerciante, las angustias de un héroe. La literatura más sabrosa al paladar del oído.

Onelio Jorge Cardoso, Samuel Feijóo, Dora Alonso, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, y tantos y tantos más, renacieron en el hilo de sus palabras y llegaron adonde quizás no los habían conocido, gracias a las versiones en que Mayra reencarnaba su chispeante fabular.

La vi, y jamás podré olvidarlo, diseccionar ante sus alumnos un cuento como una criatura palpitante sobre la mesa de operaciones; desarticular su mecanismo; mostrar vena por vena, cómo latía la historia; y después, suturando el aliento y la memoria, rearmar la pieza, tatuársela en la voz y romper con ella el más expectante silencio. Luego, aplausos, solo aplausos. Y Mayra sonriendo. Feliz de que el milagro de la tribu junto al fuego no se perdiera en la noche de los tiempos.

Por eso, desde la traición del último diciembre, que se la llevó en pie de guerra, no me acostumbro a la quietud. Y pienso que en algún lugar de la galaxia, aquella bestia de siete cuartas de alzada y pelo brillante que Onelio Jorge nos dibujó en el varaentierra de Fresneda, aquel bruto que estremecía el suelo al escuchar la voz de su amo, debe estar aguardándola. En uno de sus gestos rotundos e indelebles, la narradora dirá: “¡¡¡¡Caballo!!!!”. Y entonces, solo entonces, el animal, cumplido su destino de eternidad, se derrumbará en una nube de polvo muerto.

 

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