La alarma se disparó en Estados Unidos tras una polémica sobre Cuties, la película francesa sobre un grupo de preadolescentes que encuentra en Internet los referentes de su feminidad. La opinión pública estadounidense, incluidos políticos, discutía si las imágenes expresas de las niñas haciendo twerking eran apropiadas o no. No llegaron a una conclusión, aunque el filme no fue retirado de ninguna plataforma como algunos sugirieron. A propósito del debate, la directora, Maïmouna Doucouré, insistió en que su obra pretende, precisamente, cuestionar la forma en que la sociedad presiona la sexualización de las niñas, cada vez más expuestas a redes sociales que desbordan troubled teens, selfies y duckfaces.

Esa, que parece una discusión de la que Cuba estaría separada por un océano de desconexión, podría tenerse ahora mismo en la Isla de los datos móviles. Con frecuencia e intensidad crecientes, niños y niñas cubanos están consumiendo y produciendo contenido en redes sociales, sin que las familias o la escuela presten suficiente atención a estos nuevos hábitos. La Academia tampoco parece acompañar muy de cerca la tendencia, reciente pero notable ya.

Muchas niñas cubanas han abierto cuentas en Facebook e Instagram. Es fácil encontrar fotos de perfil en las que ensayan una mirada provocadora, labios entreabiertos y manos en la cabeza, a veces agarrando el pelo. La forma en que visten suele acentuar los rasgos de sus cuerpos en formación. Mientras, los varones de su edad (un rango entre 8 y 14 años aproximadamente) suelen publicar fotos en actitud reflexiva, como ellas, imitando directa o indirectamente la visualidad de modelos y celebrities.

El combustible de las redes sociales es la necesidad de atención y aceptación, en niños, adolescentes y adultos por igual. Personas de todas las edades sucumben al disparo de dopamina de un “Me encanta” y el torrente de recompensa que recorre el sistema nervioso. Está demostrado que la gratificación instantánea es adictiva, y son muchos los caminos para buscarla –no siempre encontrarla– en likes o shares: opiniones picantes, frases profundas, chistes, reflexiones filosóficas, la intimidad de la propia casa, los hijos, mascotas, algún drama, el propio cuerpo.

Desde antes de la economía de los likes, para niños y niñas –especialmente las niñas– la imagen de sí mismos siempre ha sido relevante. Desde muy temprano suele ser un tema central en la vida de una niña el estar bien peinada, con qué peinado, vestida con qué bata, si se pinta los labios o no, si se pinta las uñas, si es gorda o es flaca, si es linda o fea, delicada y no mataperra; eventualmente deberá aprender a caminar con tacones “sin doblar la rodilla” y tender aceleradamente a ser una mujercita.

Entre mis 10 y 12 años aproximadamente, las niñas teníamos “grupos de las Spice Girls”. Nos disfrazábamos de mujeres quince años mayores, para iniciarnos entonces en un concepto de girl power muy ligado a otro concepto, también en inglés y también nuevo para nosotras: ser sexy.

Hacíamos coreografías y “nos presentamos” por lo menos diez veces; sin embargo, no tengo una sola fotografía de aquello. El nuestro era un mundo todavía muy analógico, y en Cuba transcurría la precariedad de los 90. Hoy basta un celular en la mano para lanzar al ciberespacio esos ensayos de una adultez que exige con insistencia una expresión sexualizada de la identidad y el cuerpo.

Una personalidad en formación es mucho más sensible a las señales del entorno, a las reacciones que provoca en los demás, y está dispuesta a entregar más para conseguir la atención que necesita. Lo que comienza como una “actuación” para el círculo íntimo de la familia y el grupo en la escuela, se extiende luego a públicos más numerosos, y con Internet, el tamaño de estos crece exponencialmente.

En Internet la exposición estalla y puede alcanzar, a la vez, a la familia en pleno, a decenas de otros niños de la misma edad, niños mayores, adultos, conocidos directos e indirectos y, por supuesto, perfectos desconocidos en ese tráfico permanente de imágenes en miles de pantallas transnacionales y de distintos formatos.

Investigaciones de consumo cultural han demostrado el limitado monitoreo que hacen muchos padres de los contenidos que los hijos ven en sus televisores. Pero en ese caso se trata de un aparato en medio de la sala o el cuarto, con una programación filtrada institucionalmente; también es posible controlar qué DVD o memoria portátil entra en la casa. Ahora la pantalla es personal, portátil, y permite acceso a una inmensidad de contenidos sin filtro y con muy escasa regulación.

Pero el alivio de tener a un menor “ocupado” pesa más que atender complicaciones como que la identidad de una niña no se esté configurando a partir de la transacción de su imagen sexualizada por la aceptación de determinada comunidad, que ella misma no alcanza a ver ni comprender. Su identidad virtual y las interacciones que genera, además, se convierten en un agente con cierta vida propia que ella probablemente no sea capaz de gestionar.

Una autoestima frágil y en formación necesita procurar siempre más cuotas de aceptación; y en estas plataformas la recompensa es siempre efímera, insuficiente. En esa dinámica, las expectativas insatisfechas, el rechazo, el abuso o el acoso pueden provocar trastornos de ansiedad o depresión. En Estados Unidos las tasas de suicidio infantil femenino se han disparado hasta en un 150 por ciento en una década. El profesor Jonathan Haidt, psicólogo de la New York University que expone el tema en el documental The social dilemma, recomienda que la edad mínima para usar redes sociales sea 16 años.

Antes de Internet, en un grupo reducido se sabía quién tenía el favor de la mayoría. Con likes y comentarios a la vista de todo el mundo, la emulación es mucho más feroz. Y esto es solo lo que está en la superficie y lo que podemos ver: en estas plataformas hay zonas de chat accesibles a cualquiera con un dispositivo conectado a la red, desde cualquier lugar del planeta.

Los menores de edad no están en condiciones óptimas para tomar decisiones que requiere un uso seguro de la red. A su vez, la mayoría de los padres no tienen la información o la cultura suficiente para valorar críticamente el uso de estas plataformas que, por un lado, permiten aprendizaje, interconexiones, juegos, pero también suponen riesgos importantes: desde agotamiento visual o problemas de postura, hasta aislamiento, déficit de sueño y concentración, intolerancia a la frustración y otros efectos emocionales y del humor.

Hace un par de años salió a relucir en Cuba la moda de los “miniquince”: sesiones de fotos de niñas pequeñas disfrazadas de mujer, posando como adultas en actitudes sensuales. Niñas cubanas en edad preescolar ya consumen canales de YouTube donde otras niñas contemporáneas les enseñan a posar para una foto, las adoctrinan sobre lo terrible que es que sus amiguitas usen el mismo vestido que ellas, y que una tragedia así merece una rabieta. Siguiendo a sus baby influencers, niñas muy pequeñas están aprendiendo que deben ser bellas según un patrón muy estrecho, y que para serlo tienen que usar siempre maquillaje y accesorios. Estos videos están ambientados en habitaciones llenas de glitter y juguetes sofisticados dentro de casas con piscina de una estética Mean Girls, la película de 2004 considerada un fenómeno de la cultura pop.

No pocos padres son incluso el vehículo de sobre exposición de los hijos y quienes los estimulan a usar las redes. A todos les horroriza la idea de tener un hijo drogadicto; sin embargo, no a todos los inquieta que sean adictos al celular, aunque se cumplan todos los patrones de una adicción. Nada sobre esto está incluido en los currículos escolares, y muy poco se debate socialmente. Sigue pendiente una nueva alfabetización.

Es cierto que muchos adultos no tienen tiempo suficiente para estar con sus hijos, y el “entretenimiento” online pone un parche en ese vacío. A quienes sus horas de trabajo, nivel de ingresos y acceso a información se lo permiten, pueden restringir el uso de medios a sus hijos e incluso decidir prohibirlo. Desconectarse y privilegiar el contacto humano al digital ya se ha descrito como “un nuevo lujo”.

Estamos todavía en un momento de descubrimiento cultural. Predomina el ego seducido en medio de un striptease colectivo. Pero si los adultos estamos expuestos, los menores de edad son directamente vulnerables y perciben más intensamente como una necesidad el hecho de agradar, gustar, ser “popular” (un concepto nuevo en escuelas al menos de algunas zonas de La Habana).

No es pánico moralista. Es deseable que las mujeres, desde niñas, tengamos plena posesión de nuestro propio cuerpo y gocemos del derecho de expresarnos sexualmente. Pero que la expresión sexual sea una demanda cultural es violento, especialmente en la niñez. Y la sexualización temprana tiene un aliado en la dopamina que se cotiza en corazoncitos virtuales.

La vida conectada y expuesta en línea es todavía un experimento; están creciendo aún las generaciones que nacieron con estas plataformas como parte esencial de su entorno de vida. En Silicon Valley, los gurús de las tecnologías mandan a sus hijos a escuelas tech-free, sin pantallas. Sin caer en el tono apocalíptico del documental más comentado de Netflix (“las redes sociales son un jaque mate a la humanidad”, etcétera), si el cocinero no quiere comer su propia comida, da por lo menos qué pensar.

 

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