Los espectáculos deportivos han cambiado mucho desde que el enfoque de los derechos humanos ha permeado todo tipo de relación social dentro de los estados contemporáneos. Hasta los sistemas políticos que no son abanderados ni promotores eficientes de los derechos, deben cumplir reglas internacionales mínimas y respetar pautas que provienen de la cultura de los derechos humanos.

Casi todas las administraciones públicas renovadas trabajan enfocadas en respetar derechos. Los servicios sociales se monitorean no solo por su impacto económico sino por su incorporación de enfoque de derechos.

Las políticas públicas deben observar cómo producir más, cómo mejorar el bienestar social, pero sin olvidar que a la vez se respeten todos los derechos humanos considerados desde la Declaración Universal de 1948 y los que después se han sumado a esta lista original.

El deporte no escapa de estas políticas. Es notable como en competencias tan promocionadas y transmitidas como ligas nacionales de fútbol, o la Liga de Campeones de la UEFA, se repiten año tras año campañas a favor de la inclusión y en contra de todo tipo de discriminación, sobre todo la racial.

Los campos de fútbol, de baloncesto, de atletismo, de béisbol, son en todas partes del mundo ambientes educativos, donde la discriminación por motivo de color de la piel, de origen nacional, de orientación sexual, de género, están prohibidas.

Todavía el deporte femenino tiene que luchar por vencer la más antigua de las formas de exclusión y discriminación, la que sufren las mujeres, quienes en el deporte profesional no cobran lo mismo que los hombres, ni cuentan con el mismo apoyo logístico ni la misma promoción.

Las mujeres del fútbol, por ejemplo, tienen que luchar día a día por salarios mayores y contra prejuicios milenarios que alejan al público de las canchas.

El equipo Torres, del fútbol femenino de Sassari, en Cerdeña, se convirtió hace unos años en uno de los mejores clubes del mundo. Al contrario, su homólogo territorial masculino no pasaba de la quinta división y llegó a ser sancionado por temas económicos, arrastrando consigo el éxito de las mujeres, quienes pagaron junto a ellos por llevar el mismo nombre.

Ejemplos como este son comunes en el mundo del deporte, pero públicamente no se puede hacer alusión en una cancha de fútbol, ni de ningún otro tipo de actividad física, a diferencias excluyentes.

Las competencias paralímpicas cuentan con una divulgación mundial y son seguidas por millones de personas cada cuatro años. El deporte para personas con discapacidad ha llegado hasta la organización de Olimpiadas Especiales y campeonatos mundiales por modalidades.

En Cuba, el país de las paradojas, pasamos de considerar el deporte como un derecho del pueblo, con una masividad enorme, con planes de estudios hasta universitarios —con la Educación Física como asignatura obligatoria— a un recorte de la actividad física popular; al deterioro general de instalaciones deportivas de alta calidad; a programar la demolición de una sala deportiva emblemática como la Kid Chocolate para encima de sus ruinas construir un hotel; a la desaprobación de la política que nos llevó a ser potencia deportiva mundial.

La educación de nuestros atletas es pobre, se orienta sobre todo a la capacitación de coyunturas políticas, a la demostración de su amor por la patria, pero más aún por la política del momento, y por los líderes que nos guían.

Nuestros deportistas no saben que los derechos humanos existen, o lo han tenido que aprender a la fuerza. Ese es el caso notable de peloteros cubanos sancionados en las Grandes Ligas del Béisbol norteamericano, por hacer gestos referentes al origen asiático de un jugador, o escribirse en la piel palabras discriminatorias hacia la homosexualidad.

Para nuestros atletas todo lo que se dice en una cancha o se hace es deportivo, y debe ser considerado parte de la competencia justa, o en todo caso una broma, pero no es así como se plantea en la otra mayoría del mundo.

Nuestros estadios de béisbol son un ejemplo de la falta de reglas educativas y de la ausencia del enfoque de derechos humanos, tanto por directivos, como por atletas y por el público. Todos entienden que la pelota es cosa del vulgo, de nosotros, los que en las gradas bebemos ron, bailamos rumba, apostamos, ofendemos, y todo lo que haga falta para soltar la bestia que llevamos dentro.

Por eso es que se ha permitido, durante décadas, que en el estadio Latinoamericano se coree para ofender a los equipos orientales el célebre ¡palestinos, palestinos, palestinos!, que es un horror xenófobo de los capitalinos, quienes han aprendido durante años y años que “la Habana no aguanta más”. Ocurre esto, precisamente, en un estadio donde este canto no está dirigido casi nunca a los peloteros, sino a los aficionados que llenan las gradas del lado derecho, casi todos ellos emigrantes orientales que viven en la Habana o sus descendientes.

Este canto es doblemente ofensivo, porque ataca de forma directa a la nacionalidad palestina, ya que alude a un pueblo sin tierra, y convierte a este gentilicio en una palabra despectiva, precisamente en la Cuba —otra paradoja de nuestra educación pública— que apoya de forma oficial la causa del pueblo palestino.

Imaginen por un segundo a un estudiante palestino que estudia medicina en Cuba de visita en el estadio Latinoamericano para aprender del raro juego nacional cubano, y que de pronto escuche que el coro de odio para herir a los contrarios sea cantar el nombre de su patria. Y, sobre todo, entendamos que no existe el derecho a discriminar a ningún ser humano por ser de un lugar determinado.

Por otro lado, al equipo Industriales le pagan con la misma moneda en Oriente. Desde que el León se convirtió en la imagen de presentación de esta selección de béisbol, y por la gracia afeminada de una mascota que representaba a un león hace unos años, el estadio Guillermón Moncada en Santiago de Cuba empezó a cantar ¡ruge leona, ruge leona!, para ofender a los peloteros de La Habana.

En la tierra de Mariana Grajales, el movimiento feminista no ha dicho una palabra sobre el uso discriminatorio y ofensivo del género femenino en este caso, donde se liga además una clara discriminación por orientación sexual.

Nadie en Cuba se ha quejado sobre los cantos xenófobos y discriminatorios de la mujer y de los homosexuales en nuestros estadios. También las mujeres corean ¡ruge leona!, como si fuera una ofensa ser lo femenino en la naturaleza.

Espero que, si se aprueba la nueva Constitución, se haga un uso justo y estricto de la ley en Cuba, y que los derechos humanos, que ahora tienen la máxima jerarquía jurídica en el país, se respeten, se usen, se enarbolen y eduquen con su carga ética también a nuestros atletas, pero sobre todo a nuestro pueblo admirador del deporte.

Es menester que en los estadios de Cuba, en los de béisbol, preferiblemente, no se escuchen más cantos hasta ahora considerados graciosos, como los que se usan para “meterse” con un pelotero negro, como la ofensa integral de ¡chiva prieta!, que discrimina por el color de la piel y trata de herir con el solo uso del género femenino.

Es nuestra responsabilidad que la pelota mejore de calidad, que los peloteros no tengan que irse de Cuba para ser felices y plenos, y que en nuestros estadios los derechos humanos se respeten, si queremos avanzar por el siglo XXI como una sociedad civilizada.

Mientras, la pantalla gigante del Latinoamericano debería enseñar carteles entre innings, con mensajes como “ser palestino es un honor, ser oriental es una fortuna”, “las leonas son poderosas, como todo lo femenino”, o un “¡no a la discriminación en la pelota cubana!”.

Texto publicado originalmente en la revista PlayOff Magazine

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