Apasionados y cuenteros. Vehementes para defender su arte/oficio y diestros para contarlo. Así son los pescadores, que pueden renunciar a casi todo menos a la emoción de sacar del agua un buen pez.

El pinareño Guillermo García Arias dice que desde que tiene uso de razón está pescando. De sus 59 años, lleva más de cincuenta entre ríos, lagunas, presas, charcos, canales, cunetas… dondequiera que el agua dulce se acumule y nade al menos un guajacón.

Pero para él, y para otros del gremio en la provincia, hace lustros existen alarmas encendidas en cuanto a la cantidad y diversidad de peces que pueblan las aguas interiores. “Los pejes de hace 20 años ya no los veo”, se duele Guillermo sentado en el piso del portal de su casa, a unos 500 metros del río de La Conchita y ejemplifica que la biajaca, el sofí (sunfish), la trucha (lobina negra boquigrande), la guabina, el dajao, el robalo, el sábalo… que antes abundaban, hoy son una rareza en cualquier día de pesca.

Recuerda que a partir de la década de 1970 se introdujeron en el país masivamente la tilapia, la tenca, la carpa y, ya en los años 90, las clarias. “No te puedo decir si sea por esa cantidad de especies introducidas o por el cambio climático o por la contaminación, pero algo pasa y ya no se encuentran pejes como los de antes”, sostiene.

En cuanto a la contaminación, Guillermo lo ilustra de manera sencilla: campesinos que antes vivían a las márgenes de ríos como el Guamá solían usar esos cauces para beber. Hace años estas corrientes tienen un nivel de suciedad tan alto, por los múltiples vertimientos, que no es recomendable tomar de ellos, aun cuando todavía muchas personas se comen las especies que allí habitan.

¿Y cómo solucionar ese embrollo?, inquiero. El pescador se rasca la cabeza: “Ya eso casi no tiene arreglo”, encaja.

Similares criterios esgrime “El Peje”, pescador residente en el Reparto Hermanos Cruz, que prefiere omita su nombre. “Otro problema del que nadie habla es el uso indiscriminado, más o menos furtivo, de las artes masivas de pesca: redes, chinchorros, nasas. Tanto los empleados estatales del sector pesquero de agua dulce, como los negociantes particulares que se arriesgan, sobreexplotan las poblaciones de las presas. Y las autoridades lo ven cuando quieren. Están más preocupados porque la gente no construya botes o embarcaciones rústicas”.

“También afecta mucho —añade este apasionado de la pìta y el anzuelo— la prioridad que le da el Gobierno a la extracción de agua para la agricultura. Esto en periodo de sequía ha traídos la muerte masiva de miles de peces por los llamados ‘golpes de oxígeno’. Pasó hace como cinco años en las presas de Herradura y la Juventud y a cada tanto pasa en El Punto. El año en que no pican las truchas, por ejemplo, es que el anterior hubo muerte o captura masiva porque le sacaron más agua al embalse de lo que se podía. Total, hacen el daño biológico por gusto, porque la agricultura no mejora”.

Lobina negra boquigrande (trucha cubana). Foto: Jesús Arencibia

ACUICULTURA: VIABLE PERO AMENAZADA

En los debates del Parlamento cubano previos a la aprobación de la reciente Ley de Pesca, el presidente Miguel Díaz-Canel se refirió a “la necesidad de potenciar la acuicultura, recuperar los centros de alevinaje y fomentar la pesca, por lo que se espera tenga una repercusión en los incrementos del suministro de alimentos a la población”. El mandatario no hacía con ello otra cosa que ser coherente con las posibilidades reales del país que, aunque se han ido desarrollando y explotando desde 1959, aún distan de rendir los frutos que podría esperarse de ellas.

“El archipiélago cubano alberga la mayor diversidad y endemismo de peces dulceacuícolas del Caribe Insular […]. La ictiofauna nativa […] comprende 57 especies incluidas en 10 órdenes, 15 familias y 35 géneros”… apuntan los investigadores Sheila Rodríguez-Machado y José. L. Ponce de León en el volumen Diversidad biológica de Cuba: métodos de inventario, monitoreo y colecciones biológicas (2017).

A esto se le suma que el potencial hidráulico en superficie es “estimado en 31,7 kilómetros cúbicos, comprendidas 632 cuencas hidrográficas. Unos 240 embalses y cerca de 800 micropresas con una capacidad de almacenaje de unos 10 000 millones de metros cúbicos…”, refiere el periodista Ismael León Almeida, experto con varias obras dedicadas a la pesca deportiva en la nación antillana.

El panorama, entonces, es de aprovechar, máxime si se tiene en cuenta que la pesca marítima viene dando señales de estancamiento o franco retroceso, no solo en Cuba, y que ante la necesidad de alimentar millones de bocas más, el cultivo intensivo en agua dulce se explota exitosamente en muchos lares.

La futura Ley de Pesca y el abastecimiento de pescado en Cuba. Hablan los pescadores

“La acuicultura de peces, crustáceos, moluscos, sin incluir las hierbas marinas, es hoy por hoy la actividad de producción de proteína animal que más rápido crece a nivel mundial si la comparamos con la producción de carne de ave, cerdo o cualquier otra y es una de las pocas que puede superar la tasa de crecimiento de la población mundial”, destacaba en la revista Mar y Pesca Orestes González Caballero.

Desde 1984 Cuba “exporta sus productos de la acuicultura, con lo que obtiene divisas para el país. Solamente en el año 1997 se exportó a la Comunidad Europea 316 t. de pescado de agua dulce y se programó ir en aumento sostenido”, señalaba en su tesis de maestría sobre el cultivo de la tilapia María Aurora Pis Ramírez.

De hecho, partes de peces como la vejiga natatoria de la tenca, habitualmente desechada, se han convertido para la Isla en un nuevo renglón exportable, principalmente con destino a Asia, y en volúmenes de comercialización de entre una y dos toneladas mensuales, informaron medios de prensa de Sancti Spíritus, una de las provincias productoras, según reportó EFE en 2018.

No obstante, varias sombras se ciernen sobre esta actividad, preocupantes no solo desde el punto de vista económico, sino también desde el biológico. Tal y como lo alertan con su sapiencia popular los pescadores antillanos.

CONTAMINACIÓN: TRISTE RENGLÓN APARTE

Es posible rastrear algunas investigaciones de los últimos 20 años que dan cuenta de la permanente agresión contaminante a los entornos dulceacuícolas.

En un estudio de 1999,  María Aurora Pis Ramírez evaluó el impacto de varios metales sobre ecosistemas acuáticos dedicados al cultivo de peces para la alimentación del pueblo, a través de la determinación de los niveles de plomo (Pb), cadmio (Cd); mercurio (Hg); hierro (Fe); cobre (Cu); y zinc (Zn) en el agua, el sedimento y en las tilapias de tres presas de interés comercial para el país; dos en La Habana (Paso Seco y Niña Bonita) y una en Villa Clara (Palmarito).

Las conclusiones son reveladoras:

1- Las tilapias de la presa Palmarito, con pesos comprendidos entre 201 y 486 g y tallas entre 21 y 26.5 cm, presentaron niveles elevados de Hg y Cd que indicaron contaminación de origen antropogénico […].

2- En la presa Niña Bonita, las tilapias cultivadas con tallas entre 22.5 y 30 cm y pesos entre 238.5 y 535 g. presentaron contaminación con Hg y Cd en sus músculos.

3- En los estudios realizados al pescado de Paso Seco se determinó que las tilapias con pesos superiores a 250 g presentaron contenidos de Cd y Hg por encima de las reglamentaciones establecidas en el país.

4- En las tres presas estudiadas se observó que al aumentar los niveles de Hg en pescado, disminuían los niveles de Fe en su carne, lo que implica para el pez una mayor susceptibilidad a contraer enfermedades y una disminución en su calidad como alimento.

Recuérdese que el reinado de la tilapia junto al de clarias, es casi absoluto en muchos de las aguas dulces cubanas.

Otra indagación científica de 2008, monitoreó los indicadores morfológicos y reproductivos del pez Gambusia puncticulata (Poeciliidae) en tres sitios del habanero río Almendares. Entre los resultados, publicados en la Revista de Biología Tropical, se expresa que “la producción de huevos viables está entre los indicadores más sensibles a la exposición de contaminantes […]. Las aguas de los sitios del Puente 23 y el Bosque de La Habana están muy contaminadas, lo cual pudiera contribuir a que la fecundidad específica y el número de embriones por hembra, sea menor en estos sitios con relación al Rodeo”, precisan los autores, especialistas del Centro de Investigaciones Marinas de la Universidad de La Habana.

En 2016, buscando identificar la presencia de Giraldinus cubensis —“de pequeño tamaño, vivípara y rara, endémica de algunos ríos y lagunas de la vertiente sur de la Sierra del Rosario”— en lagunas del sector sur del humedal del Istmo Guanahacabibes, Sandino, Pinar del Río, un equipo investigador refiere que entre las amenazas de importancia a esta diminuta especie están la contaminación del agua, la competencia interespecífica, las enfermedades y los huracanes. Asimismo, los procesos de desertificación y sequía…

Estas y otras angustias, particularmente las de especies introducidas en el país, llevan a dolerse por ausencias significativas a muchos de los aficionados a la pesca y amantes de su variedad, como Ismael León: “Después de sobrevivir hasta en las más extremas condiciones en las aguas dulces de Cuba y de haber servido de alimento a los primeros pobladores del archipiélago, hoy día habría que preguntarse si la endémica biajaca criolla (Cichlasoma tetracanthus) está llegando al límite de su capacidad de adaptación y podría hallarse frente a un verdadero riesgo ecológico”.

HÉROE Y VILLANO FAVORITO

Traída al país de manera experimental al cierre de la década de los años 90, las grandes lluvias que en 2001 y 2002 provocaron los ciclones Michelle, Isidoro y Lily, propiciaron la dispersión incontrolada de la claria.

Claria. Foto: Jesús Arencibia

“Si en el año 2000, un año después de introducida, la acuicultura cubana produjo apenas 28 toneladas de clarias, en el año 2003 alcanzó las 438 y ya en el 2007 la producción fue de 3 889 toneladas”, apuntaba el periodista Orestes González Caballero. Cerrando el 2019, solamente la Isla de la Juventud, actualmente el mayor productor del país, había logrado 1000  toneladas del siluriforme.

De tal suerte que, como expresó Ariel Padrón Valdés, director de Regulaciones Pesqueras y Ciencias del Minal, “este pez está resolviendo parte de las necesidades alimenticias de los cubanos”.

No obstante, las bondades de rendimiento económico y aportes dietéticos —hasta incluido en las dietas médicas en sustitución de peces de mar—, las alarmas biológicas no han dejado de sonar desde que el conquistador con bigotes se lanzó a las aguas dulces del archipiélago.

“Se han convertido en una especie plaga porque no tienen un regulador externo, natural, que las deprima. Su gran adaptabilidad constituye un riesgo potencial. Al introducirlas en el país no se tomaron las normas de bioseguridad correspondientes y ahora están en todas partes”, declaró en 2016 al periódico 5 de Septiembre, de Cienfuegos, Iván Figueroa Reyes, jefe de la Unidad de Supervisión del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), en esa provincia.

REGULACIÓN E INVESTIGACIÓN INSUFICIENTES

Llama la atención que en un país en el que hubo hasta un Ministerio de la Industria Pesquera (MIP), la regulación de esta actividad se elevó a categoría de ley en julio de 2019. De hecho, como indica León Almeida en uno de sus libros “la Ley General de Pesca de 1936 conservaría de modo formal su vigencia en el país durante unas seis décadas”, hasta el Decreto-Ley 164, Reglamento de Pesca, de 1996. Tan solo un orden y jerarquización exhaustivos de los tipos de pesca y las licencias o permisos correspondientes para ejercerlas, ha debido esperar casi un siglo para definirse detalladamente en la Isla.

Y si en la arista regulatoria la morosidad ha sido evidente, en el filón investigativo también ha habido agujeros notables. Por solo citar dos carencias: actualmente, “en el país no existe un inventario actualizado de especies de peces de agua dulce”, acotan Rodríguez-Machado y Ponce de León. Y del Clarias (macrocephalus y gariepinus) —el más amado y vilipendiado de los dulceacuícolas en los 20 años que lleva en el país— “toda la información queda en un marco especulativo. No hay una investigación científica rigurosa en regiones determinadas que nos permitan conocer el impacto que ha tenido su introducción”, argumentó Nilia Ana Dalmendray Gómez, especialista en Seguridad Biológica de la Dirección de Regulaciones Pesqueras y Ciencias del Ministerio de Industria Alimentaria (Minal), al diario Juventud Rebelde.

Si nos enfocamos en lo puramente biológico, la fragmentación y destrucción de los hábitats, producto del represamiento de ríos y la deforestación; la contaminación de las aguas resultado del vertimiento de residuales industriales y domésticos; la pesca de las especies de mayor talla, y el perjuicio de las especies exóticas, con fuerte impacto en las nativas a través de la depredación y la competencia, saltan a la vista de los especialistas como las alarmas más preocupantes.

En un reportaje del periódico Granma, en febrero de 2018, la periodista Sumaily Pérez Carrandi anotaba que hoy la calidad genética en la acuicultura cubana no se considera buena; “no se logran buenas semillas (nuevos peces nacidos) en términos de disponibilidad ni calidad, lo cual incide negativamente en los rendimientos de producción”. Y como causas esenciales del fenómeno mencionaba las asociadas al “inadecuado funcionamiento del programa genético, el trabajo nacional con especies no idóneas y la falta de conocimiento del personal técnico”.

Así, aunque mucha gente en el país se ha ido acostumbrando a comer como casi única variante de pez, los de agua dulce, pues los del mar constituyen un verdadero lujo para los bolsillos; a veces ni aquellos están disponibles en los establecimientos comerciales.

DEUDAS Y HORIZONTES     

Aunque las intenciones de desarrollo de la acuicultura se han manifestado explícitamente por las autoridades nacionales y hay hasta programas que estarían ya en funcionamiento, como el de Mejoramiento Genético coordinados con la FAO y con donativos de familias de peces por Brasil; existen asignaturas pendientes que no deberían postergaste en este campo.

Lo que debería haber planteado el Proyecto de Ley de Pesca

“Los peces cubanos de agua dulce están muy poco representados en los planes de manejo de las áreas y, por tanto, los esfuerzos para su conservación son limitados”, avisaban en su texto Rodríguez-Machado y Ponce de León. Súmese a esto que la investigación, acción y participación ciudadana en estrategias ambientales de este perfil resulta a las claras insuficiente.

¿Qué se podría hacer para multiplicar la ya rara presencia de la biajaca criolla y otros nativos casi desaparecidos de los ríos y lagos del archipiélago? ¿Cuándo los estudios sobre las especies dulceacuícolas marcharán a tono con las urgencias cotidianas que las involucran? ¿Bajo el imperio de la nueva Ley de Pesca, se dejará de hacer vista gorda por las autoridades hacia violaciones estatales y privadas relacionadas con la sobreexplotación pesquera? ¿Los padres podrán en un lapso de 15 o 20 años llevar a sus hijos de pesca a los espejos de agua dulce, mostrarles las increíbles formas y colores de peces insulares y hasta beber con tranquilidad de las corrientes? ¿O eso sería tan utópico como volver a los años 60 y 70 del pasado siglo?

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