Era un profesor con preocupaciones intelectuales, con afán creativo. No quería que su asignatura, Preparación para la Defensa (PPD), fuera un “ladrillo” o “muela”, como solían etiquetarla generaciones de alumnos en la educación superior cubana, por la tendencia a la tediosa repetición de contenidos sobre el itinerario de agresiones de EE.UU. a la Isla. A veces coincidimos en actividades docentes. Intercambiamos incluso algún libro, y llegué a admirar su esfuerzo para dotar de atractivo a un plan de estudios de por sí bastante rígido.

Sin embargo, poco a poco, su raciocinio comenzó a deteriorarse. Se fue poniendo cada vez más agresivo, cada vez más intolerante ante cualquier idea diferente a las suyas. Y, según me contaron alarmados varios estudiantes de Periodismo, llegó a decir frases como que “a los intelectualitos como X (y mencionaba un reconocido escritor de la Isla) lo que había que hacer era fusilarlos a las 3:00 de la mañana”.

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Su historia no terminó bien. Tras lacerantes debates y reclamaciones, acabó separado de la docencia. Penosamente, al parecer muy afectado de los nervios. La última vez que lo vi, con un paquete de periódicos bajo el brazo, caminaba con la mirada hosca por una calle de La Habana Vieja.

Evoco el personaje y su triste final porque desde hace tiempo me preocupa que la agresividad, la bravuconería, la más chambona guapería de barrio copen los espacios de debate, los foros diplomáticos, las instituciones y sus eventos. Y no precisamente por patologías psiquiátricas de los “guapos” de turno, sino porque, al parecer, se fomenta y estimula como mérito la ley del más chancletero.

Aún permanece en las memorias aquel episodio en el que una de las máximas representante de la Unión de Jóvenes Comunistas en la Isla la emprendió torpemente contra un periodista que —al hacer su trabajo— le lanzó un par de preguntas incómodas.

En aquella histórica (e histérica) Cumbre de las Américas en Panamá (2015), sobraron pasajes lamentables en los que turbas de una y otra parte de la “cosa” cubana se halaban los pelos mientras Barack Obama y Raúl Castro conversaban distendidamente. Puro y bochornoso circo. Tres años más tarde, en la siguiente cumbre, en Perú, los encontronazos a grito pelado se repitieron, por desgracia.

Tampoco se despintan del recuerdo, en el propio 2018, los golpeteos sobre las mesas, alaridos y gesticulaciones de una comitiva insular en respuesta a la presentación en Naciones Unidas de una campaña estadounidense sobre los presos políticos en la Antilla Mayor. (Obvio que el Gobierno de Estados Unidos no tiene su trastienda limpia para erigirse en impoluto defensor de esta o de muchas otras causas, ¿pero la mejor manera de enfrentarlo era aquel mediocre chanchullo?).

En las redes, sin estrado diplomático mediante, el insulto ha subido aún más de tono, y uno se puede hallar “flores” como el término “somaricón” y las alusiones a la madre del otro, en voz de un representante oficial de la política exterior antillana frente a cuestionamientos a sus posturas. Y así por el estilo, se reproduce el mismo esquema, a lo interno, entre dirigentes de mediana y pequeña escala, si de combatir a “apátridas” o “contrarrevolucionarios” se trata.

Y después de cada ataque vulgar en nombre del patriotismo… ¿Disculpas? ¿Sanciones? ¿Medidas correctivas? No, hombre, no… Todo lo contrario. Felicitaciones. Ascensos. Que pueden traducirse lo mismo en una silla en el Consejo de Estado, una vicecancillería o una jefatura de Departamento… Siempre con la consigna de que “el que no grite es yanqui”.

Pero resulta que a estas alturas del cuento, con gritos no se resuelve casi nada. O no debería resolverse. Ni se gana legitimidad frente a quienes supuestamente uno representa. Mucho menos, después de que —Internet mediante— esos representados comienzan a contrastar informaciones y a poner en circulación sus propias ideas, sin “traductores” ni censores.

Defender la independencia y soberanía nacionales es una meta tan legítima como demandar, de una vez, espacios legalizados, seguros y efectivos para la participación política real de la gente en los destinos de su país. Oposición “teledirigida desde Washington”, “mercenarios al servicio del Imperio”, “anticubanos”, “malnacidos” han llamado en bulto a quienes disienten, en un contexto en el que disentir, oponerse, tener asociaciones y publicaciones propias no controladas por el aparato Partido/Estado/Gobierno ha sido criminalizado durante décadas.

Y si esos dolorosos epítetos han marcado a fuego trayectorias vitales; y si aún predomina el miedo por ser “señalado” desde el poder; y si muchos empacan y toman distancia… la nave-país, con los que queden y planten bandera o con los que, desde fuera, sientan y padezcan con ella, no debe enrumbarse, creo, por los timoneles de la grosería.

Cuba merece algo mejor.

 

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