Cuba necesita más de maestros que de profesores. Eso lo entendí hace años en las clases de Español-Literatura de Roberto Laguna en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Máximo Gómez. Él le sacaba la pulpa a las obras para que nuestra vida tuviera cimiento y escala. No daba clases, daba el alma, lo mejor de sí; no era un profesor, era un ejemplo, un maestro.

La admiración por Laguna me llevó a admirar más a mi madre. A entender su arte en aquellas aulas del período especial frente a 45 niños de primer grado. Me hizo encomiarle su tesón con Adrián, un niño con retraso mental que ella logró enseñar a leer y escribir con una caligrafía preciosa, que aún conserva. No es de extrañarse que sus alumnos todavía le digan “maestra Haydée” o “mi maestra”, aun cuando muchos de ellos son padres hace años.

No sé en otras partes del país, en Camagüey, los niños de las escuelas primarias ya le dicen profe a las que antes se les llamaba maestra, aunque no lo fueran. ¿Ya no hay maestras y maestros? No lo creo. Hay una visión estática y una tendencia a generalizar sobre la desmantelada situación educativa, sin análisis y sin propuestas de renovación.

Mejorarse uno y mejorar a los demás, eso es ser maestro. Por eso apenas me ofrecieron pasar el Servicio Militar como profesor de Español-Literatura, en la misma Vocacional, acepté gustoso.

Recordé a Mirtha Álvarez, mi maestra de 5to grado, que me sembró el placer por las letras; a Kiki, el profe de Matemática de 8vo grado, que nos hacía entender con la vida cotidiana para qué servían el teorema de Pitágoras o las funciones algebraicas; evoqué a mi madre y su amor, a Laguna y su hondura y entré al aula agradecido y endeudado. Sí, enseñar es también intentar saldar la impagable deuda de los tantos educadores que me han moldeado.

Enfrentarse a un grupo exige valentía y humildad. A los rostros expectantes les crecen rápido las dudas y las ilusiones, y a uno también. Los muchachos te enseñan todo el tiempo, con sus preguntas, sus silencios, sus respuestas… El maestro es un eterno aprendiz. También es un amante vehemente, porque en un aula enseguida se enlazan las vidas, y con tal abrazo aprendes rápido que solo amando se educa y se siembran ideas perdurables.

Por el magisterio opté para ver cumplidos en mí un montón de ejemplos que me enseñaron desde niño; porque esta Isla y el mundo, más que de instructores, precisan educadores; para que la juventud no padezca en las fauces de un terrible Saturno devorador; para emocionarme hasta la médula, porque pocas cosas se comparan con la satisfacción de ver cómo aprende un estudiante; para cumplir con Martí: “Ser buen maestro es un modo de hacer patria y esta es de fijo la mayor grandeza”.

Pocos estudiantes olvidan a un buen maestro. Los profesores pueden perderse en la memoria, aunque sean buenos, pero no los maestros. Por eso me estrené en las aulas con 18 años, por eso seguí frente al pizarrón en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, por eso estoy hace cinco años en las aulas de la “Vocacional”, porque quiero ser un maestro, como los que urgen en Cuba.