Cuba es, desde abril, un Estado de Derecho. La Constitución, nueva de paquete, funda en su letra la unión, antes vista como nociva, entre este principio y el socialismo. Muchos creen que se repelen el Estado de Derecho y el socialismo, mas yo creo que no es imposible verlos juntos, si el segundo no se confunde con el totalitarismo, la arbitrariedad, el voluntarismo político, el culto a la personalidad, el burocratismo y el apocamiento de la individualidad humana.

A lo que en todas partes del mundo le llaman el comunismo, por cierto, también en la cultísima Cuba, es decir, a las experiencias de socialismo real, o capitalismo de Estado, o totalitarismo monopartidista, en sus versiones diferentes, eslava, asiática, balcánica, caribeña y hasta africana ―recuérdese la modalidad de Guinea Ecuatorial― han tenido diversas maneras de organizar el mercado, las relaciones con la sociedad civil, los vínculos con las religiones e iglesias, pero en todas ellas se ha fortalecido una burocracia partidista y administrativa, que caracteriza a las sociedades respectivas de estos estados.

La burocracia del no es imperial en Cuba. Ya sabemos que ella vino en las carabelas de Colón, en los tomos de las VII Partidas de Alfonso el Sabio que moldearon una institucionalidad a partir de la obsesión de crear un Estado fuerte, tan necesario en su día en la fragmentada Hispania. También es cierto que el Derecho de Indias amarraba las dependencias de Ultramar de forma que en América era indispensable contestar: se acata, pero no se cumple, casi siempre con la justificación de no aplicar ciegamente una disposición dañina hasta para el propio Rey de España.

El uso del no por el despotismo, sea este brutal o ilustrado, deja huellas en la primigenia nacionalidad cubana. La lucha contra el no humillante, injusto, insensible, empobrecedor, bruto e inmoral, es parte de la conciencia nacional criolla.

El no colonial fue combatido por los mambises, antes había sido puesto en entredicho por José Agustín Caballero, Joaquín Infante, Félix Varela, los que en sus propuestas constitucionales apostaban por una Cuba al menos autónoma, pero mejor, independiente.

El no del burócrata, que detiene con su arbitrio descontrolado el desarrollo, las nuevas ideas, las reformas y las inventivas propias de la juventud, ha perdurado en Cuba por siglos. Contra él se ha construido un país, pero las víctimas del no, esas no han sido contabilizadas en ninguna época.

Cuba logró ser República, muchos cubanos y cubanas, sobre todo los que no se nombran en los libros de historia, luchan por una República desde 1868. Otros nunca fueron amantes de la ley, ni de la libertad, ni de la independencia, ni de la soberanía del pueblo, ni de la abolición de la esclavitud; estos parece que son unos pocos cuando leemos los manuales de historia patria, pero han sido un lastre para la libertad también por centurias.

La República no cree en noblezas que no sean del alma. Ni en linajes cree, ni en carrozas, pero siempre ha habido el que no se contenta con la caída de los reyes, virreyes, gobernadores, princesas, duques y príncipes e intenta establecer en la aparente democracia, la real tiranía.

La tiranía del no trata de convertir a la República en una forma de gobierno vaciada de tuétano, sin sabor a ley, ni a orden, ni a responsabilidad de los que dirigen, pero no son dueños. La República del no soporta poco a la ley, soporta menos a la democracia y no confía en el indisciplinado pueblo que exige, dice que manda, se planta, llena plazas y quiere quitar funcionarios como si fueran bombillas fundidas.

Pero la República es así. La ley es más segura que un simple no. La República debe defenderse del no sin justificaciones, de los silencios administrativos y de las colas de ciudadanos desencajados que esperan por la administración, poseedora de la llave de los truenos y la clave de la felicidad.

Entre Dios y Iron Man

Una República en la cual este vicio del no se establezca como valor deja desamparada la creatividad y la revolución se convierte en una palabra altisonante que no se cree nadie.

En la República del no, los funcionarios se afincan en sus puestos por el buen uso del no. Las prohibiciones son méritos, los pasos inservibles son muestra de madurez política, la pérdida de tiempo es andar con paso firme, la sospecha del que trabaja e imagina el cambio, es una prueba de que se va por el camino correcto.

En la República del no, los burócratas no saltan al vacío con nuevos planes, nuevas estrategias, no se cambian cuadros de experiencia, ni se deja de lado la historia de los dirigentes fieles, es decir, no se deja nunca la mentalidad ofuscada que se dice en consignas que nos atrasa, ni se cambia nada de lo que debe ser cambiado.

En la República del no nadie es removido por prohibir, pero salve dios al jefe que no sepa que un no bien administrado te puede mantener en un cargo por décadas y te puede conservar ilesos miles de litros de gasolina y prebendas de por vida.

Para aparentar que no vivimos en la República del no, la burocracia se arma de palabras bonitas y casi siempre ridículas, como la “iniciativa”, que tiene rango constitucional, pero que no pasa de ser una aptitud para hacer murales bonitos con efemérides célebres y noticias del año pasado, y la inteligencia para hacer cumpleaños colectivos.

Nada cambia en la República del no. Todo está prohibido allí, dice la gente. Pero es duro, muy duro, abrir los ojos y entender que la República del no está aquí, no es otro mundo, sino el nuestro.

El Estado de Derecho, los derechos humanos, la supremacía constitucional, pueden acompañar a la maltrecha “iniciativa” en el cuarto de desahogo de la República, en el que se adornan de telaraña la democracia y el entusiasmo cívico, o pueden ser el inicio de otra época, en la que sea mal recuerdo que un día vivimos en la República del no.

 

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