Lianna Carrete es una pintora y grabadora Síndrome de Down. Con 25 años tiene exposiciones personales y piezas comercializadas. Su éxito se lo debe al Proyecto Comunitario Con Amor y Esperanza, dedicado a jóvenes con necesidades especiales de aprendizaje.

En su obra predominan los paisajes y la figura humana. La frontalidad la define: rostros sin volumen, extremidades sin articulaciones y dedos que nunca son cinco ni terminan en puntas. Así, Lianna le pone alas a la realidad.

El diagnóstico de su enfermedad se convirtió en el derrotero del Proyecto Comunitario Con Amor y Esperanza,  fundado en 2002 por sus padres: el artista de la plástica pinareño Jesús Carrete y su esposa Coralina Hernández, Máster en Psicología Educativa.

Desde hace más de 14 años ambos luchan por el respeto y la inclusión de las personas con necesidades de aprendizaje diferenciadas.

Foto cortesía de los entrevistados

Cora –como le llaman todos – se siente madre de los 22 jóvenes que asisten a los talleres de lunes a jueves. “Inicialmente eran siete niños y adolescentes y teníamos sesiones quincenales” -comenta- . “Hace poco el gobierno nos facilitó un local en la calle Virtudes de aquí, de la ciudad de Pinar del Río”.

“La razón de ser del proyecto son las lecciones de pintura, dibujo, grabado y manualidades, es por ello que su génesis fue la Casa-Taller Grabadown, donde se enseñaba la técnica de la colagrafía”.

“Colagrafía ” –repite Lianna que nos escucha atenta- y corre a mostrarme sus tacos, modelos mediante los cuales se replica una misma obra. Echa mano al set de herramientas y las enseña sonriendo, pero con el sigilo de quien revela un secreto: lápices, espátulas, lija, rodillo y luego señala hacia la prensa.

Las más de 76  exposiciones, 19 de ellas personales, avalan la calidad artística de este grupo. Han participado en salones de España, Alemania, Bélgica, México y recientemente en la Semana Cubana de California, en Estados Unidos, a pesar de que ninguno de sus muchachos creadores nunca han podido asistir a las muestras en el extranjero.

Según Coralina, el proyecto también ofrece sesiones de terapia familiar, clases de lectoescritura, así como lecciones de música y danza, pero tuvieron que renunciar al  taichí, yoga y teatro, pues no tienen profesores.

“Los instructores de arte que se vinculan lo hacen como parte de su labor de extensión comunitaria y asisten esporádicamente, porque esto es solo una arista más de su trabajo –se lamenta- Necesitamos un equipo estable.”

“Yo vendí un cuadro y con el dinero voy a comprar pinceles y más rojo, azul y verde” –interrumpe Lianna entusiasmada- y aprovecho para saber cómo se las arreglan económicamente.

Foto cortesía de los entrevistados

“La libertad creativa es amplia en cuanto a temática, pero los colores que pueden usar son dirigidos. Pintamos con lo que tenemos en el mercado, por eso a veces hay mucho amarillo y naranja en las obras y en ocasiones son más sepia” –explica Coralina-.

“Con Amor y Esperanza nunca ha tenido financiación estatal. Solo una ONG suiza ofreció donativos y proporcionó material de trabajo durante un tiempo, pero desde 2009 no contamos con subvención alguna”.

“Los grabados y la línea de muñequería que producen los jóvenes no se pueden vender mediante el estatus de proyecto. Nuestro autorizo es como casa-taller. Necesitamos un mediador legal para comercializar las obras, y en este caso, usamos a Carrete, que es artista inscrito en el Fondo Cubano de Bienes Culturales”.

“También están los amigos de siempre”, y menciona con evidente gratitud  al escritor pinareño Alberto Peraza, cuyo libro La casa de todos fue ilustrado con la obra de estos muchachos tan especiales.

“De cualquier manera, los padres no íbamos a dejar morir esto. Tenemos investigaciones que demuestran cómo el proyecto le ha cambiado la vida a estos jóvenes”.

“El reconocimiento social tras exponer y el orgullo de avalar piezas con su firma son factores que elevan su autoestima, sin contar la independencia que adquieren de los familiares y la posibilidad de canalizar sentimientos a través del arte”.

“Merece la pena el esfuerzo, porque para un joven Síndrome de Down en Pinar del Río, llamarse a sí mismo artista y tener una creación sólida era impensable 14 años atrás”.

Foto cortesía de los entrevistados

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