2 de septiembre de 2020. Biblioteca Provincial Ramón González Coro, de Pinar del Río. “Con su permiso”, dijo amablemente el hombre, dirigiéndose a los pocos que permanecíamos en la sala de lectura. “Son las 11:00 de la mañana y tenemos que apagar las luces y todos los equipos eléctricos hasta la 1:00 de la tarde. Discúlpennos, pero es lo indicado por el país”.

El anuncio me catapultó de inmediato a esa misma sala, 18 años atrás, mientras buscaba información para un trabajo periodístico en mis primeras prácticas preprofesionales de la carrera. Me habían insertado en el semanario Guerrillero y, como entonces conectarse a Internet no era muy habitual que digamos para muchos profesionales y estudiantes en Cuba, todavía cualquier búsqueda de referencias para una investigación arrancaba primeramente en los archivos y bibliotecas de papel.

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Allí, en la más importante institución de su tipo en la provincia, se suponía que resolvería mis dudas en torno al texto que preparaba. Sin embargo, el primer choque me alejó bastante de esa idea. La bibliotecaria, con suma gentileza, explicó que no podía facilitarme los libros que le pedía, porque estos se encontraban en una de las zonas oscuras. Ante mi duda, aclaró de inmediato que esos espacios eran los estantes a los que no se podía acceder porque no había una lámpara de luz fría encima de ellos.

Con todo el arresto de mis 19 años y mi impulso de reportero en ciernes, cuestioné aquello y le dije que me parecía un absurdo enorme que una institución tan importante para la cultura y la ciencia de toda una provincia dejara de prestar un servicio por falta de una miserable lámpara. Ella, que me entendía, que sí, que cómo no, pero que si no había luz, nada se podía hacer, y los trabajadores tampoco iban a traer un foco de su casa, en caso de que lo tuvieran.

Salí de allí algo furioso, con mi trabajo a medias, pero convencido de que escribiría otro, de opinión, sobre el insólito suceso. Dicho y hecho. Se tituló “Los agujeros negros de la González Coro” y trataba, en clave irónico-jocosa, de relacionar esos estantes inaccesibles del establecimiento con los misteriosos sitios de la galaxia de donde no escapa ni la luz.

Mi tutor en el periódico lo revisó. Le pareció bien redactado y lo pasó rápidamente a la dirección del medio. Por alguna razón editorial, nunca llegó a publicarse.

Y heme aquí, 18 años después de haber descubierto aquel hielo, frente al mismo garciamarquiano pelotón de fusilamiento.

Por supuesto, le reclamé al mensajero de la oscuridad. Argumenté que si el horario del centro estaba restringido, de 8:00 a. m. a 3:00 p. m., y encima sumaban dos horas de apagón, seguían recortando el deficiente servicio. Él, luego de presentarse cortésmente como administrador del lugar, adoptó la misma postura de aquella bibliotecaria de antaño. Que sí, que me comprendía, pero que eran indicaciones “por escrito”, de la dirección del país, por la situación económica y la pandemia, y usted sabe, qué podemos hacer nosotros…

Conversamos un rato. Me contó que, lo que en ese instante me ocurría a mí, le había sucedido a él unos días antes en la Dirección de Justicia, tras larga espera para un trámite legal de familia. Y que en los terribles años 90, la biblioteca trabajaba siempre, toda la jornada, sin corriente eléctrica. Entonces la gente leía como podía o no leía. Compartimos angustias comunes sobre varios temas. Y como a los 20 minutos, para dejar totalmente zanjada la querella, nos trajo a los persistentes lectores que quedábamos en el local un vasito plástico con té frío. “Para que refresquen y lleven mejor la oscuridad”, sonrió.

Sobra decir que ese miércoles no pude terminar la búsqueda bibliográfica que debía. Pero acaso eso sea lo menos importante de la historia.

Lo doloroso, lo realmente frustrante, es que nos hayamos adaptado tan bien, como si fuera normal, correcto y hasta plausible, a que una biblioteca, o una dirección de justicia, o un Ministerio de Transporte o un país funcionen en penumbras. Y que si las cosas salen, bien, y si no salen, también. Y que el consuelo (de tontos) sea que la pena es de muchos o el evocar otras etapas de la crisis cuasi eterna donde la cosa estaba aún peor.

Ay, Cuba, Cubita, ¿sería mucho pedir un poco de normalidad civilizada?

 

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