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Universidad de La Habana. Foto: David Estrada.

Universidad de La Habana. Foto: David Estrada.

Visión de agradecida

Hace unos días leí un texto escrito por el jurista Julio Antonio Fernández Estrada: «Visión de vencido», en el cual habla sobre las vicisitudes que vivió como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana (UH), y sobre su despido injustificado. Leerlo me recordó mis días en la Facultad de Filosofía de esa institución, donde desarrollé la penosa y firme idea, que doce años después continúa vigente, de que en Cuba no existe la reflexión filosófica.

Durante cinco años de estudio ese sentimiento me inundó. Me desesperaban las clases que rechazaban, sin argumento alguno, la visión idealista de la filosofía clásica en contraposición a la visión materialista que algunos tampoco entendían ni podían argumentar con propiedad. Recuerdo el rechazo a toda postura que insinuara algo contra la política oficial. 

Al comienzo de la carrera, escribí un ensayo acerca de la postura maquiavélica sobre las formas en las cuales el Estado puede conservar el poder y cómo esa postura ha sido seguida por dirigentes tanto capitalistas como socialistas. La profesora me dijo con mucho respeto que esa situación solo se veía en regímenes capitalistas. Que precisamente, lo que había hecho el socialismo y sus nuevas miradas era darle voz al pueblo a la hora de tomar decisiones. Que bajo el socialismo no existían príncipes, sino dirigentes capaces de desarrollar ideas que escuchan al ciudadano.

Aprendí que era mejor escribir textos monográficos y no intentar relacionarlos con otras cuestiones.

A eso debo sumar los congresos. En cinco años de estudios solo asistí a uno que organizó un profesor joven. Si bien se esforzó para que hubiese un debate profundo, el evento terminó con un montón de señores que habían estudiado en la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) y que hacían una pésima lectura de Marx. El congreso estaba enfocado en una reflexión estética y se convirtió en un no sé qué, en el cual los pocos jóvenes podíamos apenas opinar. Me desconcertaba la idea de hablar sobre Rilke y la estética alemana con un cuadro de Fidel a colores mirándome todo el tiempo.

En el tercer año de la carrera llegó el momento de comenzar a pensar en la tesis. Siempre quise hacer mi proyecto sobre el concepto filosófico de imago en la obra de Lezama. Alguien me dijo que no podía hacer una tesis dedicada a ese hombre que tenía textos tan «raritos»; que para eso mejor me hubiese ido a la carrera de Letras donde había más «revoltosos». Mi desconcierto fue brutal, siempre estuve convencida de que mi destino era intentar hacer filosofía. Como fuera y donde fuera, pero hacer filosofía. 

Gracias al que sería mi tutor después y quien me dio una solución fácil a mi problema, relacioné el tema con Kant y el concepto de lo bello. Él se ocupó de presentar el proyecto al decanato como un estudio sobre la obra kantiana que en algún momento abordaba a Lezama, más que como un estudio íntegramente sobre el pensador y ensayista cubano.

La tesis me llevó a estudiar también a María Zambrano y, gracias a ella, en 2013 me invitaron al congreso anual que se realizaba sobre esta filósofa en la Universidad de Barcelona. A raíz de eso, otra colega me invitó a dar una conferencia en el Institut Fenélon de París. También iría a Madrid a ser parte de la presentación de un libro, precisamente, sobre Lezama.

Ahí comenzó el otro show.

Ya estaba en quinto año de la carrera, a punto de graduarme y, según las políticas de la institución en aquel momento, me dijeron que no podía viajar porque se consideraba “fuga de cerebros”. Una amiga con un historial intachable habló personalmente con el rector, presentó todos los argumentos correspondientes al hecho de que yo no me quedaría en España y de que era muy bueno para la universidad que sus estudiantes jóvenes fueran invitados a eventos internacionales. Por último, me hicieron firmar un documento en el cual me comprometía a volver, a no vender mis ideas a otra nación, etc. Firmé todo y, pasado un mes, regresé a La Habana a graduarme.

Nunca fui a actos de la FEU, ni tampoco a los respectivos actos de repudio a las damas de blanco. Tampoco fui a los Juegos Caribe y no contribuí a los proyectos de los estudiantes “revolucionarios” de mi facultad. Pero, al final, esa apatía o falta de relación con mis compañeros hizo que mi caso fuera intrascendente y que no hubiese discusión referente a mi diploma de oro. Salí airosa, algunos de mis compañeros, no.

Me fui de Cuba y competí para hacer una maestría y luego un doctorado, ambos en filosofía contemporánea.

Me dijeron que invalidarían el título, pero no me importó porque ni sabía cuánto tiempo iba a estar fuera del país. Tampoco tenía mucho interés en ser profesora en una facultad donde no había contacto filosófico con el exterior. Ahora soy doctora en el mundo y bachiller en mi país.

Hay muchas formas de estudiar fuera de Cuba. Hay becas, exámenes de admisión gratis. No todas las universidades son privadas ni impagables. Tampoco quiero decir que las cosas sean perfectas del lado de acá. Para estudiar en una universidad privada tienes que hipotecar, muchas veces, tu vida y la de tus padres. También hay muchos estudiantes que no pueden finalizar por falta de recursos o porque tienen que trabajar a tiempo completo para ayudar a la familia. Entonces, entendí esa frase marxista de que con hambre no se puede pensar. Acá, los chicos con hambre no pueden hacer una tesis de doscientas páginas. También entendí que ese era el problema de la poca reflexión en Cuba: con hambre, con calor, con problemas de transporte y sin recursos, no se puede realizar una reflexión profunda. No se puede pensar si te crujen las tripas.

A pesar de mi gratitud hacia la Universidad de La Habana, me sentí sumamente triste solo de pensar que quizás yo hubiese podido estudiar en otra universidad, hubiese podido empezar antes una carrera real como filósofa. Desconozco cómo sea en otras áreas del conocimiento, pero en filosofía no existía el debate abierto, no existían los posicionamientos dispares. Hubo momentos en que tenía ataques de ansiedad solo de pensar cómo habría sido mi futuro en Cuba, como filósofa. ¿Qué hubiese hecho? ¿De qué hubiese hablado? ¿A dónde hubiese ido? Me imaginaba buscando, como loca, congresos en otros países, que la universidad extranjera me pagara hasta el papel sanitario para poder ir porque jamás hubiera tenido ni cuatrocientos dólares para pagar un boleto de avión.

Quizás, quién sabe, me hubiera convertido en una filósofa de la caridad. De la caridad de la institución extranjera y capitalista. O, quizás, sí me hubiese podido pagar un boleto de avión con el dinero que ganaba impartiendo clases particulares de francés a personas que realizan los procesos migratorios a Canadá. Al final la filosofía es un acto de reflexión profunda diaria. Es un proceso constante de aprendizaje y actualización que no solo se queda en los clásicos, sino que se expande a la interacción con miles y miles de personas que diariamente están repensando conceptos desde todas las fronteras. Es, precisamente, en esa disparidad de criterios donde nace una postura, una teoría, y ¿cómo iba a lograr eso yo desde la sala de mi casa sin contacto con nada ni con nadie, sin poder leer lo que se estaba escribiendo actualmente de filosofía debido al poco acceso que existe desde Cuba a textos recientes, al contacto con filósofos vivos?

Leyendo el texto del profesor y jurista Julio Antonio afloraron en mí todas estas angustias que, de alguna forma, habían sido opacadas por otras en los últimos años. Una impotencia y comprensión por el autor de «Visión de vencido» se apoderó de mis pensamientos y, por qué no, de mi corazón. Pero también afloró en mí un profundo sentimiento de gratitud por haber podido salir de esa facultad, de esa universidad. Haber vivido estas historias desagradables (y muchas otras que presencié y que no cuento): fueron las que me dieron el empuje, la tozudez y la fuerza suficiente para decir «no quiero esto para mí, tengo que encontrar otro lugar».

A diferencia de Julio, nunca vi la UH como un lugar para mí. Siempre sentí que era parte de una minoría social, primero por ser mujer y luego por ser filósofa, una profesión poco productiva a los ojos de muchos. De entrada, la filosofía siempre será un eje existencial minoritario dentro del estatus social imperante. Pero allá, esta última razón se diluía ya no en minoría, sino en inexistencia.

Al final, mi visión no es la de vencida. Mi visión es la de alguien que le prende velas a las once mil vírgenes por haber entendido, tan joven, dónde definitivamente no quería estar y haber podido salir.

No creo que Julio sea un vencido. Él es alguien que, a pesar de todo, está pensando, está escribiendo, está luchando desde su frontera como puede. Si en la UH no lo aceptan por sus posturas o, en general, si la UH rechaza a quien intenta dialogar y hacer pensar, el error es de ellos. La vergüenza es para la universidad.

 

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FALSO QUE «EN CUBA NADIE ES SANCIONADO POR SU FORMA DE PENSAR» (BREVE LISTADO DE EJEMPLOS)

Amanda Rosa Pérez Morales
La Habana 1990. Investigadora y narradora. Termino un doctorado en Filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Dirijo el Centro de Estudios Filosófico-Culturales y publico libros, cuando se puede; hasta ahora: "El jazz ácido de Nueva Zelanda" y "Diez". Tengo la columna: "La columna de Amanda", en Con/texto Magazine y, aparte, un blog: " El gato de Monique". Ahora me ha dado por pintar cosas de blanco.
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Hace unos días leí un texto escrito por el jurista Julio Antonio Fernández Estrada: «Visión de vencido», en el cual habla sobre las vicisitudes que vivió como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana (UH), y sobre su despido injustificado. Leerlo me recordó mis días en la Facultad de Filosofía de esa institución, donde desarrollé la penosa y firme idea, que doce años después continúa vigente, de que en Cuba no existe la reflexión filosófica.

Durante cinco años de estudio ese sentimiento me inundó. Me desesperaban las clases que rechazaban, sin argumento alguno, la visión idealista de la filosofía clásica en contraposición a la visión materialista que algunos tampoco entendían ni podían argumentar con propiedad. Recuerdo el rechazo a toda postura que insinuara algo contra la política oficial. 

Al comienzo de la carrera, escribí un ensayo acerca de la postura maquiavélica sobre las formas en las cuales el Estado puede conservar el poder y cómo esa postura ha sido seguida por dirigentes tanto capitalistas como socialistas. La profesora me dijo con mucho respeto que esa situación solo se veía en regímenes capitalistas. Que precisamente, lo que había hecho el socialismo y sus nuevas miradas era darle voz al pueblo a la hora de tomar decisiones. Que bajo el socialismo no existían príncipes, sino dirigentes capaces de desarrollar ideas que escuchan al ciudadano.

Aprendí que era mejor escribir textos monográficos y no intentar relacionarlos con otras cuestiones.

A eso debo sumar los congresos. En cinco años de estudios solo asistí a uno que organizó un profesor joven. Si bien se esforzó para que hubiese un debate profundo, el evento terminó con un montón de señores que habían estudiado en la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) y que hacían una pésima lectura de Marx. El congreso estaba enfocado en una reflexión estética y se convirtió en un no sé qué, en el cual los pocos jóvenes podíamos apenas opinar. Me desconcertaba la idea de hablar sobre Rilke y la estética alemana con un cuadro de Fidel a colores mirándome todo el tiempo.

En el tercer año de la carrera llegó el momento de comenzar a pensar en la tesis. Siempre quise hacer mi proyecto sobre el concepto filosófico de imago en la obra de Lezama. Alguien me dijo que no podía hacer una tesis dedicada a ese hombre que tenía textos tan «raritos»; que para eso mejor me hubiese ido a la carrera de Letras donde había más «revoltosos». Mi desconcierto fue brutal, siempre estuve convencida de que mi destino era intentar hacer filosofía. Como fuera y donde fuera, pero hacer filosofía. 

Gracias al que sería mi tutor después y quien me dio una solución fácil a mi problema, relacioné el tema con Kant y el concepto de lo bello. Él se ocupó de presentar el proyecto al decanato como un estudio sobre la obra kantiana que en algún momento abordaba a Lezama, más que como un estudio íntegramente sobre el pensador y ensayista cubano.

La tesis me llevó a estudiar también a María Zambrano y, gracias a ella, en 2013 me invitaron al congreso anual que se realizaba sobre esta filósofa en la Universidad de Barcelona. A raíz de eso, otra colega me invitó a dar una conferencia en el Institut Fenélon de París. También iría a Madrid a ser parte de la presentación de un libro, precisamente, sobre Lezama.

Ahí comenzó el otro show.

Ya estaba en quinto año de la carrera, a punto de graduarme y, según las políticas de la institución en aquel momento, me dijeron que no podía viajar porque se consideraba “fuga de cerebros”. Una amiga con un historial intachable habló personalmente con el rector, presentó todos los argumentos correspondientes al hecho de que yo no me quedaría en España y de que era muy bueno para la universidad que sus estudiantes jóvenes fueran invitados a eventos internacionales. Por último, me hicieron firmar un documento en el cual me comprometía a volver, a no vender mis ideas a otra nación, etc. Firmé todo y, pasado un mes, regresé a La Habana a graduarme.

Nunca fui a actos de la FEU, ni tampoco a los respectivos actos de repudio a las damas de blanco. Tampoco fui a los Juegos Caribe y no contribuí a los proyectos de los estudiantes “revolucionarios” de mi facultad. Pero, al final, esa apatía o falta de relación con mis compañeros hizo que mi caso fuera intrascendente y que no hubiese discusión referente a mi diploma de oro. Salí airosa, algunos de mis compañeros, no.

Me fui de Cuba y competí para hacer una maestría y luego un doctorado, ambos en filosofía contemporánea.

Me dijeron que invalidarían el título, pero no me importó porque ni sabía cuánto tiempo iba a estar fuera del país. Tampoco tenía mucho interés en ser profesora en una facultad donde no había contacto filosófico con el exterior. Ahora soy doctora en el mundo y bachiller en mi país.

Hay muchas formas de estudiar fuera de Cuba. Hay becas, exámenes de admisión gratis. No todas las universidades son privadas ni impagables. Tampoco quiero decir que las cosas sean perfectas del lado de acá. Para estudiar en una universidad privada tienes que hipotecar, muchas veces, tu vida y la de tus padres. También hay muchos estudiantes que no pueden finalizar por falta de recursos o porque tienen que trabajar a tiempo completo para ayudar a la familia. Entonces, entendí esa frase marxista de que con hambre no se puede pensar. Acá, los chicos con hambre no pueden hacer una tesis de doscientas páginas. También entendí que ese era el problema de la poca reflexión en Cuba: con hambre, con calor, con problemas de transporte y sin recursos, no se puede realizar una reflexión profunda. No se puede pensar si te crujen las tripas.

A pesar de mi gratitud hacia la Universidad de La Habana, me sentí sumamente triste solo de pensar que quizás yo hubiese podido estudiar en otra universidad, hubiese podido empezar antes una carrera real como filósofa. Desconozco cómo sea en otras áreas del conocimiento, pero en filosofía no existía el debate abierto, no existían los posicionamientos dispares. Hubo momentos en que tenía ataques de ansiedad solo de pensar cómo habría sido mi futuro en Cuba, como filósofa. ¿Qué hubiese hecho? ¿De qué hubiese hablado? ¿A dónde hubiese ido? Me imaginaba buscando, como loca, congresos en otros países, que la universidad extranjera me pagara hasta el papel sanitario para poder ir porque jamás hubiera tenido ni cuatrocientos dólares para pagar un boleto de avión.

Quizás, quién sabe, me hubiera convertido en una filósofa de la caridad. De la caridad de la institución extranjera y capitalista. O, quizás, sí me hubiese podido pagar un boleto de avión con el dinero que ganaba impartiendo clases particulares de francés a personas que realizan los procesos migratorios a Canadá. Al final la filosofía es un acto de reflexión profunda diaria. Es un proceso constante de aprendizaje y actualización que no solo se queda en los clásicos, sino que se expande a la interacción con miles y miles de personas que diariamente están repensando conceptos desde todas las fronteras. Es, precisamente, en esa disparidad de criterios donde nace una postura, una teoría, y ¿cómo iba a lograr eso yo desde la sala de mi casa sin contacto con nada ni con nadie, sin poder leer lo que se estaba escribiendo actualmente de filosofía debido al poco acceso que existe desde Cuba a textos recientes, al contacto con filósofos vivos?

Leyendo el texto del profesor y jurista Julio Antonio afloraron en mí todas estas angustias que, de alguna forma, habían sido opacadas por otras en los últimos años. Una impotencia y comprensión por el autor de «Visión de vencido» se apoderó de mis pensamientos y, por qué no, de mi corazón. Pero también afloró en mí un profundo sentimiento de gratitud por haber podido salir de esa facultad, de esa universidad. Haber vivido estas historias desagradables (y muchas otras que presencié y que no cuento): fueron las que me dieron el empuje, la tozudez y la fuerza suficiente para decir «no quiero esto para mí, tengo que encontrar otro lugar».

A diferencia de Julio, nunca vi la UH como un lugar para mí. Siempre sentí que era parte de una minoría social, primero por ser mujer y luego por ser filósofa, una profesión poco productiva a los ojos de muchos. De entrada, la filosofía siempre será un eje existencial minoritario dentro del estatus social imperante. Pero allá, esta última razón se diluía ya no en minoría, sino en inexistencia.

Al final, mi visión no es la de vencida. Mi visión es la de alguien que le prende velas a las once mil vírgenes por haber entendido, tan joven, dónde definitivamente no quería estar y haber podido salir.

No creo que Julio sea un vencido. Él es alguien que, a pesar de todo, está pensando, está escribiendo, está luchando desde su frontera como puede. Si en la UH no lo aceptan por sus posturas o, en general, si la UH rechaza a quien intenta dialogar y hacer pensar, el error es de ellos. La vergüenza es para la universidad.

 

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