Hace tres años que no piso un aula universitaria. En el lejano 2008 salí por primera vez de la Universidad de La Habana, porque mi vida era un yogur espeso y el gusto que sentía por la Colina, sus rincones, la ingenuidad estudiantil y el polvo blanco de tiza había sido vencido por la persecución de los dirigentes de la Facultad de Derecho, que no se escondían para amenazarme por mi relación “no profesional” con el estudiantado, que me decía Bultico, en alusión al apellido pegajoso de mi papá y me regalaba año tras año su Tiza de Oro, no por popular sino precisamente por profesional y decente.

La Universidad era mi casa. La Facultad de Derecho, el patio de recreo. Conocía cada pasillo, cada grieta, cada tarja y busto en ellas perdidos. Desde que podía andar hacía carreras alrededor de la Plaza Agramonte, otrora Cadenas, mientras mi papá terminaba sus clases. Los días 22 de cada mes íbamos en el Fiat rojo, argentino y empolvado, a esperar el sueldo de mi padre, para con mi hermana más pequeña y mi madre, comprar sellos y libros por centavos, en la esquina de 27 y L.

Los profesores vetustos y grandiosos como ceibas, con nombres gloriosos y resonantes como campanas imperiales, eran mi familia, a todos los había visto yo perder la expresión de cátedra ante los platos de mi mamá, en algún que otro almuerzo casero, en nuestro escueto apartamento de Santos Suárez, inmenso para albergar felicidad.

Fui testigo de cómo se escribieron muchos de los libros con los que se han formado miles de juristas de Cuba, por décadas y décadas. El martilleo como de ametralladora de la máquina de escribir de mi papá formaba parte de los sonidos constantes de aquel barrio, lleno de columpios y papalotes idos a bolina.

Nunca me obligaron a estudiar Derecho. Yo quería ser arqueólogo, o pintor, ya que no podía ser como German Mesa ni como Luis Giraldo Casanova. Me decidí por la Historia del Arte y fracasé ante el intento de alcanzar la única plaza disponible para estudiar en la Facultad de Artes y Letras y caí, así, en la Colina, desganado, pero como quien cumple su destino.

Sin querer también me hice profesor. Sin querer me hice querer por los alumnos y alumnas, tan fácil como que yo los sentía como hermanos menores, y después como hijos tenidos en la adolescencia. En los alrededores de la tanqueta que los muchachos del Directorio 13 de marzo llevaron de regalo a la Universidad cuando el triunfo del 59, leí cientos de libros en voz alta para mis alumnos queridos, no para educar sino para vivir.

Las mismas asignaturas que vi pasar por mi vida con tanta gracia y pasión, se hicieron la razón de mi vida profesional. Desde 1993 no he dejado de estudiar Historia del Estado y el Derecho, Teoría del Estado y el Derecho, Derecho Romano, Derecho Constitucional y después, cuando apareció el librito amarillo de Filosofía del Derecho y el dulce Erasmo de Rotterdam en portada, también la Filosofía del Derecho.

Hace tres años de mi última salida de la Universidad. En 2008 prometí que iría a alguna aula de las que la Revolución tuviera abiertas, y estuve diez años en la Universalización, llamada también municipalización. De todo hice en tres municipios de La Habana, y percibí la belleza de mis alumnos, ahora mayores, sentados en pequeñas sillas de escuelas primarias, rodeados de crayolas y murales, oyendo en la noche clases de Derecho.

Pero en esos años, en uno de los giros del planeta que habitamos, una decisión del Ministerio de Educación Superior me convirtió, sin nadie esperarlo, otra vez en profesor de plantilla de la Facultad de Derecho. No había manera de evitar mi reingreso a la Colina. Tenía la edad necesaria, dirigía una carrera en un municipio, y tenía el grado científico y docente. Pero fue el 14 de septiembre de 2012 cuando sobré, esta vez por arte del odio de los mismos dirigentes de Derecho.

La Universidad tuvo que recolocarme, en el Centro de Estudios de Administración Pública, de la misma institución, y pasé allí cuatro años de trabajo, respeto, cariño, enseñanzas y reconocimiento. Mis alumnos fueron ahora dirigentes, cuadros de nivel intermedio, de La Habana y de Artemisa, y mis clases a casi mil de ellos en esos años eran sobre la Constitución cubana.

Algunos pecados me perseguían desde 1993. Nunca fui militante de la UJC, nunca fui militante del PCC, nunca fui dirigente de la FEU, y todo esto era sospechoso porque yo donaba sangre, iba a las escuelas al campo, a trabajos voluntarios, a los Juegos Caribes, a los Festivales de Cultura. Pero no saltaba cuando me mandaban a saltar ni confundía la Revolución con sus cuadros de dirección anecdóticos.

Vivir rodeado de libros puede ser un problema. Mi infancia transcurrió dentro de libros. Quería escribir libros, leía en voz alta para toda la familia lo que me daba tiempo para que todos leyeran para sí. Jugaba a escribir libros en las vacaciones, leía sin permiso autores prohibidos, conocía las historias de vida de los más virulentos, esperaba conocer a Guillén, a Dulce María o a Félix Pita, pero todos murieron sin que les diera la mano.

Los principios no sirven para nada en la era del envase. Como decía Galeano, estamos en la época en que importa más el entierro que el muerto, el frasco que el perfume y, por lo tanto, es más importante parecer que ser.

Y yo no parecía ni parezco amigo del jefe por ser jefe. Es mi fardo y debo cargarlo. No me quejo, es mi decisión. En 2003 estuve en el pico del aura por ayudar a un grupo de estudiantes de Derecho a organizar una marcha, de protesta, contra la invasión norteamericana a Irak, en 2007 casi vuelo en pedazos por crear, junto a un grupo de estudiantes, un mural revista, que se llamaría El Islote, y que duró menos que un merengue en la puerta de un colegio. En ese mismo año tuve que explicar a una comisión del Partido qué significaba el acto que habíamos hecho un grupo de intelectuales en homenaje a la Revolución de Octubre.

Julio Antonio Fernández Estrada debate el nuevo proyecto de Constitución para Cuba.

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En 2016, ocho años después de haber dado mi última clase en el curso regular diurno de Derecho, al que no me dejaban volver, ni como profesor adjunto, desde que leyeron mi carta de solicitud de baja de aquel momento, otra vez tuve que dejar la Universidad.

En 2008, cuatro meses después de mi salida de la Colina, mi padre murió. En sus funerales en el Aula Magna, casi nadie sabía que él acababa de pedir la baja de la Facultad de Derecho, porque no podía dar clases en el mismo lugar en el que no me dejaban a mí entrar para dar un turno como profesor contratado.

Antes de mis palabras de despedida a mi papá, el 30 de octubre de 2008, en un lugar neutral, para no poner las cenizas de mi papá en la Facultad de la que se estaba yendo por decisión propia, una persona me pidió que no dijera lo que pasaba conmigo y con mi padre en la Universidad. Mi respuesta fue que no tomaría ese día para eso.

Las cenizas de mi padre no pudieron ser depositadas en el jardín de la Plaza Agramonte, por quejas de no sé quién, y solo pudimos esparcir una parte sin que su nombre ni sus fechas estén en ningún camposanto.

En 2016, para no poner a mi intachable jefa en la situación de expulsarme o de tener que enfrentar la orden de hacerlo, salí de la Universidad, por segunda vez, porque “¿cómo se me iba a ocurrir escribir en OnCuba y pretender ser profesor de la Universidad a la vez?”.

Un artículo sin merecimientos para detonar un cierre de contrato como profesor me sacó de la Colina hasta el día de hoy. Protesté, escribí cartas, me respondió el antiguo rector y me dijo, por escrito, que la Universidad no tenía ningún problema conmigo, que la Facultad de Derecho no me contrataba por decisión administrativa.

Escribí a la Facultad de Derecho. Le anexé la anterior respuesta del rector. Hace tres años que espero la respuesta. Conservo cada carta, firma, recibo, de todos estos años, incluida la carta en la que mi padre, profesor de Mérito de la UH, pide su baja. Ocho años después otro profesor de la Facultad pidió la baja en protesta por la prohibición de mi contrato como profesor de los cursos por encuentros, los únicos que conservaba desde 2008.

Mi petición a la Facultad fue verdaderamente ridícula y ni así me han respondido. Pedí en 2016 que me dejaran dar clases en el curso por encuentros, específicamente de Derecho Romano, asignatura de la que he sido conferencista en universidades de medio mundo, pero no me respondieron, aunque la persona que me iba a sustituir era una docente en adiestramiento.

Ahora, el Estado de Derecho baila un danzón en la puerta sagrada de la constitución de 2019. Relucen en ese documento la supremacía constitucional y los derechos humanos. Pero algunos ciudadanos somos desechados por los sistemas, sin haber cometido un delito, una falta, un error.

Tengo en mi poder mis expedientes académico y laboral. Nunca he sido sancionado por nada desde 1998. Pero los dirigentes, esos de los que es feo reírse tanto, han decidido dejarme sin trabajo por tres años, aunque no sobren en Cuba los profesores universitarios.

Al ejército de docentes, sin trabajo por injusticias cometidas en procesos laborales, administrativos, de censura política, les hablo. A los ciudadanos y ciudadanas de Cuba les pido que atiendan a nuestro reclamo. En silencio hemos soportado por años esta discriminación. Da lo mismo si somos comunistas o liberales, socialistas o amantes del libre mercado. Hemos sido privados de nuestro derecho a trabajar como profesores porque alguna comisión nos considera inadecuados.

La libertad de expresión es hoy un derecho humano. No sé qué les dirán a sus alumnos los profesores de Derecho que enseñen la importancia de la constitución. Anuncio a todos los responsables que mediante el próximo proceso judicial que se instaure, reclamaré mi derecho a ser profesor y a pensar diferente a las comisiones oficiales.

He dudado mil veces para escribir esta historia, apretada, reducida, sin los detalles de terror ni los más miserables. Me ha motivado ver que todo sigue igual. En los días de mi contrato cerrado, expulsaron al profesor titular Omar Everleny, del Centro de Estudios de la Economía Cubana. Poco después a otro titular, de la Universidad de Oriente, René Fidel González, por escribir en medios digitales de izquierda contenidos socialistas radicales.

Después han expulsado a profesores de otras universidades. En la misma Universidad de La Habana sobró un profesor de la Facultad de Historia, por pasarse del tiempo en una actividad sospechosa, que resultó ser formación a organizaciones políticas y sociales revolucionarias en América Central.

Ahora la UH quiere cambiar el contrato a Omara Ruiz Urquiola porque tiene pocas horas de clases, cuando todos sabemos que lo que tienen los que expulsan profesores por sus ideas, es poca vergüenza.

Todo esto debe ser “cultura del detalle”. Han ido por nosotros al detalle, sin equivocarse. A los oportunistas y a los arribistas no los han tocado. A los mediocres y cobardes los han entronizado.

Y han ido por más, no se han quedado con uno o dos profesores, sino que avanzan en busca de la próxima presa.

Yo confieso que he sido vencido. Tengo la aptitud de los vencidos. Los vicios de los vencidos. Deliro y hablo solo, redundo con la democracia, reitero con el socialismo, caigo mal con la república. Es un hecho que no pude, parece que no puedo, me huele que no podré.

 

Discriminación política en las universidades: rasgos de continuidad

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