Arnaldo siempre anduvo buscando algo. Desde temprana edad lo asaltaron un sinnúmero de dudas espirituales. Básicamente existenciales: ¿Dios existe? ¿Quién es Dios? ¿De dónde salió?

El cristianismo que su madre ejercitaba lo llevó a creer que había un ser superior, que era imposible que estuviéramos solos y que, sobre todo, tanta maravilla fuera fortuita.

Para él los científicos tenían muchas teorías que lo único que hacían era enredar la comprensión del mundo.

Nada —absolutamente nada— lo convencía de lo contrario.

De niño, Arnaldo se entregó al juego, las travesuras y el goce. Normal. En un país caribeño no parece haber más opciones para los infantes que la alegría, así, a secas, sin aditivos de ningún tipo, y más en una ciudad como La Habana, en la cual, independientemente de los factores que la hayan forjado, la seguridad resulta ser un paradigma excepcional; absolutamente inverosímil para muchas ciudades latinoamericanas.

Arnaldo creció en los duros 90s. Cuando podía, trabajaba para ayudar en su casa y, en esos minutos previos al sueño, pensaba con el mundo de afuera, ese que pintaban sus amigos que habían podido salir de la isla.

Ya de adolescente, Arnaldo conoció el dominó, las discotecas, el trago y las chicas. Envuelto entre una y otra afición, comenta que pasó varios años acostándose, por temprano, a las 3 de la mañana.

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Yusuf es un hombre hecho y derecho. Trabaja en una brigada de demolición a lo largo y ancho de La Habana, su ciudad natal. Tiene 28 años y vive con su esposa y su hijo de cinco meses. El tono cobrizo de su piel certifica la exposición diaria al sol y, lo que más sobresale de su esbelta figura, es una correcta y espesa barba que se dilata hasta cubrirle el cuello.

En junio de 2016, Yusuf aún no se llamaba así, su único nombre era Arnaldo.

Ese mes la vida de este hombre cambió. Una calurosa tarde se encontraba en la puerta de su casa, haciendo la digestión del almuerzo, cuando vio pasar a una persona con una vestimenta que llamó su atención. Arnaldo se paró rápidamente y lo abordó:

—¿Por qué te vistes así? ¿Qué religión practicas?

Arnaldo jamás había visto un musulmán en Cuba. Era raro, tan raro, que le puso la atención que hasta la fecha solo les había puesto a las mujeres. Al siguiente, un viernes, ya estaba en la Mezquita Abdallah, ubicada en La Habana Vieja, conversando sobre la vida dentro del Islam y aprehendiendo todos sus pormenores.

En junio de 2016 Arnaldo dejó de llamarse así. Luego de una semana ya lo tenía decidido, sería musulman. Su nombre, Yusuf. FOTO del autor.

“Mi proceso de conversión duró una semana. En ese tiempo supe que quería ser musulmán. El primer viernes de oración llegué a casa y le dije a mi madre que no podía comer cerdo. Lo único que ella me dijo fue que no podía creer que yo me hubiera vuelto terrorista”.

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La actual esposa de Yusuf estudiaba en la escuela de arquitectura. Para ese entonces tan sólo eran un par de conocidos. Un día ella le manifestó que estaba buscando un lugar tranquilo para preparar unos exámenes. Él le habló de un lugar en el centro que era muy espacioso y despejado. Cuando llegaron a la Mezquita él la puso a hablar con el Imán y al cabo de unos minutos Yusuf la miraba estudiar mientras él leía El Corán. A la salida intercambiaron teléfonos y, entre conversación y conversación, se enamoraron.

—Yusuf ¿cómo la convertiste al Islam?

—Nada hermano, ella estaba muy insegura del catolicismo, le sonaba raro eso de La Santísima Trinidad y todos esos filtros que uno debe tener ahí para comunicarse con Dios. Yo sólo le conté y ella fue la que tomó la decisión, más que nada porque le gustó el papel de la mujer dentro del Islam. Tiempo después, en el mes de Ramadán, decidimos casarnos.

—¿Cómo es ser musulmán en Cuba?

—Muchos dicen que es complicado, pero yo creo que no. Va en ti y no es difícil, siempre y cuando estés en la disposición de dejar a un lado la mundanidad.

Yusuf va a la mezquita cada viernes, seguro. Pero acude a ella, a veces, hasta tres veces por semana. FOTO del autor.

—¿Qué te dijeron tus amigos cuando les contaste de tu conversión?

— Que si me había vuelto loco, que si iba a empezar a poner bombas, etc. Lo veían como las novelas de Julio Verne: pura ficción. Cuando tú le dices a la gente que eres musulmán no hay quien no se asombre, es normal, sobre todo en este país.

—¿Ya estás planeando la ida a La Meca?

—Sí, claro, pero para eso hay que tener mucha paciencia. Vivir en este país no es fácil: aquí, si muchos se visten no comen y, si comen, no les alcanza para vestirse. Hay que ahorrar y ahora con el bebé pues imagínate.

—¿Cada cuánto visitas la Mezquita?

—Seguro todos los viernes y a veces, cuando puedo, hasta tres veces por semana.

—¿Qué has encontrado en el Islam que no encontraste en ningún otro lado?

—Paz, hermano. Paz. Y siendo joven eso es una bendición.