Un beso postergado durante veinte años y un amor cobarde que no puede escapar de sí mismo. La historia que voy a contarles me la he reservado por más de veinte años. Como tengo la impresión que hoy tampoco podría escribir de política sin que fuera una mierda que me avergüence en el futuro, prefiero hacer lo que me venga en gana.

Este es un post de lluvia, frío y madrugada de insomnio, como cuando escribía solo para mí y quedaba más satisfecho. El único problema de confesarse en público es que todos leen siempre aquello que prefieres pase inadvertido. Asumo el riesgo y escribo esta historia de amor cobarde, la primera y difícilmente la última.

A los diez años Lisandra era todo lo que yo soñaba. Medio rubita y con toda la gracia que puede encontrarle un niño a una escolar de primaria, me sentía su novio desde hacía tiempo sin el coraje de decirle nunca. No sería reina de graduación pero sí entre las más lindas de su clase, a mí me parecía una princesa. Era un momento extraño porque teníamos suficiente edad para buscar más que un beso pero poca para las travesuras en el baño que vendrían pronto. Realmente no sabía bien qué hacer con ella aunque eso no justifica mi cobardía y lo que viene a continuación.

Casi desde el comienzo de la escuela primaria nos sentaron juntos y aprendimos a ser una pareja funcional. Ella me hacía las tareas y yo le buscaba la merienda, ella me afilaba la punta del lápiz y yo era el encargado de conseguir una goma de borrar sin que la maestra lo notara. No estaba seguro hasta qué punto sentía lo mismo que yo pero asumí que había cosas que no era necesario decir y ella nunca tuvo novio en todo ese tiempo.

Teníamos un contrato no verbal mezclado con mi incapacidad de pedirle que fuera mi novia.

Para colmo, un día en el receso este amigo va a pedirle a otra chica que sea su novia y trata de darle un beso sorpresa. Lo recuerdo como si fuera hoy, la niña le suelta un bofetón que se escuchó en todo el patio y reclamó todas las miradas. El derrotado huyó despavorido a nuestra aula y durante un tiempo tuvo su receso sin salir al patio, no sé él pero eso me provocó un trauma terrible. Todavía hoy cuando trato de conquistar una chica lo menos torpemente posible, no me atrevo a darle un beso sorpresa y extiendo ese momento hasta el final. La mayoría de mis besos iniciales han tenido lugar minutos antes de irnos.

Durante cuatro años estuvimos Lisandra y yo en ese limbo hasta el día que sus padres decidieron cambiarla para un aula muy lejos. Creo que el Muro de Berlín se derrumbó con más discreción que yo al enterarme de eso. En un intento desesperado de valor tardío le suelto que no se vaya, que siempre estuve enamorado de ella y quería que fuera mi novia. Lo recuerdo como si fuera hoy, de tantas respuestas que pudo darme escogió la más jodida que todavía no le perdono: “yo siempre estuve enamorada de ti, estuve cuatro años esperando para ser tu novia”. Acto seguido su padre vino a buscarla y no regresó nunca.

Para el lector alejado de los recuerdos de la infancia quizás hay que matizar un poco lo que acaba de ocurrir. Con diez años aún no te has hecho el amor con nadie, los adultos te dicen que habrá muchas chicas en el futuro pero como el consejo viene de los que montan bicicleta en medio del Período Especial, por si acaso te aferras a esta. Y Lisandra acababa de romperme el corazón de la peor manera, casi deseaba un bofetón. Según Silvio Rodríguez los amores cobardes no llegan a historias, ni el recuerdo los puede salvar, pero yo recuerdo a esa chica un montón sin siquiera darle un beso.

Hace poco la encontré en Facebook. Mientras mis compañeras de clase en la universidad han tenido la decencia de engordar dignamente, parece que Lisandra no piensa hacerlo. Se ve igualita en las fotos que dan ganas de escribirle en plan conquista para robarle un beso que me debe hace dos décadas. Y no lo hago, entre otras razones porque mi amor de chama sigue siendo cobarde. Ni el recuerdo lo puede salvar del mismo final.