Tocaron como a las nueve de la noche y por la mirilla vi que eran dos hombres y tres mujeres, elegantes todos. El cabecilla iba en camisa a cuadros y zapatos de piel. Pensé, la policía. Días antes había sucedido lo del registro en casa de Iliana Hernández, reportera de Cibercuba. Estaba siendo trending el tema del movimiento Clandestinos y buscaban culpables. Un carro patrullero llevaba días rondando mi edificio y me sentí vigilado.

Escondí el móvil y la computadora porque a Iliana se los decomisaron. Prendí un cigarro y les abrí la puerta. Las tres mujeres estaban detrás; bloqueaban, de cierta forma, la escalera. El cabecilla preguntó por Roxana. No vive aquí, le dije, y traté de cerrar sin ser descortés. El hombre siguió haciendo preguntas. Repetí lo de Roxana y cerré. Estuvieron rato tras la puerta, revisando papeles.

Están haciendo que tengamos miedo a nuestros vecinos.

Hace una semana la policía detuvo el camión en que yo regresaba de Matanzas. En la cama veníamos tres hombres y dos mujeres. Con paquetes y bultos. El oficial me pidió la mochila. En la laptop tengo cientos de gigas de entrevistas y fotos y mis textos, filmes y documentales cubanos independientes. Lo que llaman contenido subversivo. Además, mi laptop no tiene papeles porque no me los dieron cuando la compré. El oficial revisó mi mochila, vio que dentro solo tenía la máquina y concluyó que todo estaba en orden.

Están haciendo que tengamos miedo a la policía.

Muchos de mis amigos periodistas de medios estatales viven con la presión de que no pueden leer casi ningún medio independiente. Una vez, cuando trabajaba en Granma, me reprendieron por dar like a un post de El Estornudo. Desde entonces, desde antes que aprobaran el Decreto– Ley sobre vigilancia electrónica, había personas monitoreando lo que a uno le gusta y lo que no, y regañando por eso.

La reprimenda hizo que me costara asumir esa libertad tan básica de reaccionar a cualquier post que sonara reaccionario; que me costara, incluso, reaccionar a cualquier publicación de quienes ellos consideran reaccionarios.

Están haciendo que uno tenga miedo de uno mismo.

El jueves hablé con mi amigo Yoe Suárez, cuando recién salía de la estación policial de Siboney, donde lo citaron para un interrogatorio. Le informaron que está regulado, esto es, le prohibieron salir de Cuba por tiempo indefinido. También lo amenazaron con que su periodismo puede traer consecuencias a su hijo y su esposa. Le conté que me hicieron lo mismo en Holguín, la última vez que me detuvieron. Presión psicológica. Una tortura.

Miedo

No estoy regulado, pero cada vez que piso el aeropuerto tengo la sensación de que no van a dejarme salir. La tarde en que volaba a Estados Unidos me tuvieron tres horas esperando por no sé qué problema con mi visa. Mi madre estaba volviéndose loca. Apretaba sus collares de santo y le susurraba a Ochún. La funcionaria hablaba por teléfono constantemente y al fin, cuando casi partía el vuelo, me permitió abordarlo.

Nadie sabe los parámetros por los que pueden regularlo a uno, pero no hay que hacer nada en específico para que suceda. Tampoco hay que hacer más que ser cubano para estar a expensas de que te citen y de que te amenacen.

Facebook está lleno de denuncias. A José Jasán Nieves, Yoani Sánchez, Luz Escobar y otros periodistas les han prohibido salir de sus casas. En la última semana se llevaron a Guillermo Fariñas, activista; a Boris González Arenas, periodista; al artista Luis Manuel Otero; y pusieron vigilancia en la puerta de Omara Ruiz Urquiola, ex profesora del Instituto Superior de Diseño.

Uno no debería tener miedo de salir a la calle, de proyectarse, de publicar algo o comentar algo. Pero tanta asfixia está haciendo que tengamos miedo a nuestro país.

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