Un poco de masa, unos tubos de aluminio y un par de buenas ideas en la cabeza: así comenzó Jahanierka Bello Morquillas su negocio de alfarería. Cuando el negocio iba viento en popa, ella y su esposo Yosvany se vieron obligados a registrar sus obras en el Centro Nacional de Derechos de Autor, porque otros alfareros les robaban impunemente las ideas.

“En este negocio la competencia es sucia: hay muchos talleres de alfarería aquí en Santa Clara, en otros municipios e, incluso, en otras provincias. Constantemente nos asedian, buscan la forma de averiguar cada detalle del proceso, intentan comprarnos los búcaros en bruto, sin pintar, para usarlos como muestra y reproducirlos en otros talleres”, explica Yosvany.

Un descuido en este giro puede costar bastante y esta pareja lo sabe. El tornero con quien trabajaban desde el inicio, el único de sus empleados al que no le hicieron firmar un contrato de confidencialidad, les intentó robar las ideas y los clientes.

Foto: Yariel Valdés

“Un día nos dejó, sin dar muchas razones. Luego supimos que había montado otro taller  de alfarería en Vueltas, cerca de Camajuaní, con su hermano”, cuenta Yosvany. “Al poco tiempo, disminuyeron nuestros pedidos en Caibarién -a unos 30 kilómetros de Vueltas-, porque alguien estaba vendiendo allí unos búcaros muy parecidos a los de Jahanierka, pero más baratos. Cuando investigamos, supimos que era el ex-tornero quien nos hacía la competencia. Nos estaba robando ese y otros puntos nuestros que conocía.

El matrimonio fue hasta Caibarién, a advertir a los compradores sobre los riesgos de comercializar las obras plagiadas. De poco sirvió. “Dijeron que ellos eran cuentapropistas y compraban y vendían a quien quisieran”, recuerda Yosvany. Otros, en otras localidades, entendieron y se retiraron. Y el ex-tornero enfrenta ahora una demanda por competencia desleal.

Foto: Yariel Valdés

En Cuba, la alfarería se ha extendido como un negocio lucrativo, pero desorganizado e irrespetuoso. Primero, las asociaciones de estos creadores aún no quedan claras, incluso, para ellos mismos: unos intentan aliarse al Fondo Cubano de Bienes Culturales, para clasificar como artesanos; otros, con alguna cooperativa agropecuaria que les justifique los recursos, sobre todo la tierra.

Los hay también, como Jahanierka y Yosvany, que se unen a la empresa hortícola del territorio, una entidad estatal responsabilizada por las producciones de hortalizas en huertos y organopónicos: “Era mejor para contratar la materia prima y porque, a la hora de comercializar nuestros productos, los clientes estatales confían más en un obrero de una empresa hortícola que en un cuentapropista de la alfarería. Al final, vendemos a través de la empresa, le tributamos el 20 % de la venta, y contentos todos”, aclara Yosvany.

Un alfarero hace un búcaro o un sonajero y lo saca al mercado. Si se vende bien, los demás alfareros imitan la obra del primero y hace dinero con ella. Así, crudo y sin reclamos, porque lo de patentar creaciones no parece importar en ese ambiente. No está de moda. Sin embargo, el matrimonio quiere cambiar los precedentes.

Foto: Yariel Valdés

“Nos documentamos bien y fuimos a La Habana, al Centro Nacional de Derechos de Autor (Cenda), con el papeleo y las muestras del trabajo. No resultó muy fácil: para ellos, era extraño que unos cuentapropistas se preocuparan por registrar sus obras. Pero lo hicimos. Y no solo eso: nuestros obreros y clientes firmaron un contrato de confidencialidad para evitar la divulgación de nuestras rutinas.

Eso le permitió al matrimonio establecer una demanda contra su ex-tornero, por un proceso violatorio de derechos de autor, en obras de arte aplicadas protegidas por norma jurídica. “Suena un poco extraño, pero en el mundo entero funciona así con los negocios”, dice Yosvany.

Alfarería Bello -el nombre comercial con que entrarán pronto a la Oficina Cubana de Propiedad Industrial- tiene reconocidas ya cerca de veinte líneas de búcaros, lámparas, pedestales, centros de mesa, fuentes… ¡hasta ánforas fúnebres!

Foto: Yariel Valdés

“Un día vino a la casa una señora, quería una urna para guardar las cenizas de un familiar, porque las que disponen en el crematorio de Santa Clara son pequeñas: necesitan dos para guardar los restos del difunto. Entonces abrí también esa línea, con recipiente, candelabro y cúpula”, comenta Jahanierka.

La demanda crece, y Jahanierka lo toma como buena señal.