Mi padre tenía una voz fuerte y sonora. Recuerdo cómo retumbaba donde quiera que hablara y el hipnotismo que causaba en el público. En cualquier momento él podía dar un discurso ágil y espasmódico, patriótico, emocionante y estremecedor. Lo vi dar discursos así en el CDR de nuestra casa en Santos Suárez, en el medio de un matutino de mi escuela primaria y en el Patio de los Laureles de la Universidad de La Habana, donde antes había enamorado Julio Antonio Mella.

Ese mismo orador era capaz de decir rebuscadas malas palabras, muchas de una antigüedad respetable, que podían dejar dudoso al ofendido sobre si se trataba de un halago o algo menos amable.

Mi papá era él solo una escuela patriótica. No me hizo falta nada más en mi vida para convertirme en un amante de Cuba, en un apasionado de los resquicios de nuestra cultura, de nuestra gente pobre y rica, sin importarme nunca si eran de vuelos o de harapos.

El nombre que mejor le pegó a mi padre en su vida se lo pusieron los estudiantes de Derecho: Tía Tata Cuenta Cuentos. Esta especie de Mamá Oca cubana no paraba de contar. Mi papá tampoco. Sus clases eran cuentos, en sus conferencias más encumbradas narraba historias, en sus libros hay fábulas recogidas. Y sus cuentos eran una delicia.

Recuerdo a los vecinos del pequeño edificio donde vivíamos en San Bernardino 371, sentados donde cupieran en nuestro apartamento diminuto, embobados con los cuentos de mi padre sobre los mambises, sobre aparecidos, sobre las locuras de su papá cuando era jefe de Orden Interior de la Cárcel del Castillo del Príncipe, sobre los pregones de La Habana Vieja, sobre la clandestinidad en La Habana y su gente de Los Pinos y Poey.

Los apagones se iban como si nada, todas las fiestas empezaban y terminaban con cuentos de mi padre, podía estar horas haciendo chistes de todas las épocas de Cuba y nadie se aburría. Con él aprendí el arte de la palabra, sin que me diera más clases que escucharlo durante poco más de 30 años.

Pero mi padre era también un Júpiter tronante. Si lo veías enfurecer, podías escuchar su voz a una cuadra de distancia llamando a duelo o al combate con las mismas palabras altisonantes que hubiera usado un general del Ejército Libertador.

En esos momentos le brotaba el pistolero que llevaba dentro, el que no rehusaba una bronca, el que mencionaba su pistola como si fuera un familiar y ahí todos veíamos las huellas de la insurrección en él y los dolores de las pérdidas y la cara marchita de las desgracias vividas.

Y después, muy rápido, se transformaba nuevamente en un poeta, en un dibujante, en un cantante de boleros inveterados; y descubríamos que era también un hombre culto, refinado, que podía recitar a poetas del Siglo de Oro, hablar de pintores flamencos, de ópera, de ballet, de historia antigua, como si nunca hubiera sido un guerrillero.

Mi padre era un justiciero de una valentía sin límites, o sí. Solo lo vi temblar ante las enfermedades de sus hijos e hijas, porque hablaba de su propia muerte como un hecho cercano; una variable que debía estar sobre la mesa todos los días.

Lo vi defender a indefensos, mujeres, niños, religiosos, supuestos delincuentes, en diferentes momentos de nuestra vida, sin que tuviera que hacer ningún esfuerzo; como quien se lava la cara al amanecer.

Él mismo decía que había sido un extremista, que había aprendido mucho de sus hijos en el transcurso de su vida y de mi madre, que le escondía la pistola y se la desarmaba en partes imposibles de componer en un momento de cólera.

Ella era la única que aplacaba a mi papá, que le hablaba duro, que le recordaba su vida, que le hacía entender cuándo había sido injusto o exagerado, sobre todo con sus hijos, con los que tuvo, como cualquier padre, diversas peleas en su vida.

Pero después él los quería a todos a su alrededor. Recuerdo que un reto familiar era conseguir juntar a los seis hermanos y hermanas y a Jesús, el hombre que cuando era un niño de once años se había quedado a vivir con mi papá y su esposa e hijos de esa época, después de que mi papá lo hubiera descubierto medio abandonado en una movilización para cortar caña en el centro de la isla.

Yo le regalé a mi hijo José Julián —con la venia de mi madre— la boina, la cantimplora y el cinturón de miliciano de mi papá. Le he contado miles de historias de su vida y Jose todavía me pregunta por él como si estuviera vivo y lo hubiese conocido.

Dentro de unos años haré lo mismo con Alma, que tiene los ojos gachos de su abuelo y el sello agridulce de su carácter de marea.