Dejó hace ocho años los laboratorios de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) en La Habana, con su título de ingeniero bajo el brazo. Sin embargo, nunca ejerció su profesión de desarrollador de softwares, porque no había empleo de ese tipo en el puesto estatal que le asignaron en su municipio.

En lugar de frustrarse por tener que vivir de rellenar formularios y dar mantenimientos a los equipos informáticos, Roldán Real Gómez se dedicó a armar poco a poco su propia computadora Frankestein —hecha de muchas piezas de distintas procedencias— y luego a cambiar el panorama de los pequeños negocios en Mantua, provincia de Pinar del Río.

“Muchos de los informáticos de las empresas cubanas son como secretarios, están para hacer modelos y no hacen nada relacionado con lo que estudiaron”, me explica, muy cerca de su “máquinita de hacer helados”, el verdadero sustento personal hasta ahora.

En el caso de Mantua, algún que otro de sus colegas de Universidad graba y distribuye de manera pirata películas para El Paquete, e incluso está aquel, “brillante”, según dice Roldán, que pidió tierras en usufructo y ahora cría cerdos.

A casi todos los intentó juntar este programador con inclinación a la repostería para crear una asociación (“al estilo Google, en un garaje”) para programar y generar productos informáticos desde este pequeño poblado del occidente.

“Les dije de hacer algo por Mantua, de unirnos para programar la aplicaciones que se necesitaran aquí. Pero es un municipio complicado, con personas de pocos ingresos y es difícil hacerse de una computadora. A veces tienes que compaginar el trabajo oficial con la agricultura para buscar alimentos. Así no se pudo concretar nada”, asegura.

Foto: Eduardo González Martínez

Buscando su sitio, y la subsistencia, Reidel transitó por distintas ocupaciones. Fue gestor de negocios en un banco y tiene plaza de analista en una empresa agropecuaria local. Pero al mismo tiempo se ha destapado como experto dulcero, animoso creador de panetelas y mantecados, helados criollos y varias recetas más de dulces caseros.

Su segunda ocupación, esa que realiza en los tiempos libres, “ayuda algo, pero cuando terminas te queda el equivalente casi a un salario estatal, porque las cosas son caras”.

Con el mismo afán movilizador que le llevó a soñar con el garaje a lo Google, Roldán quiso formar una cooperativa de gastronomía, porque “quería rescatar dulces tradicionales y finos que la gente ha olvidado. La receta del queque (ese dulce de harina con “orejas”) fue elaborada por un mantuano. Aquí no tenemos tampoco un lugar al cual la gente pueda ir a tomar helados, sin tener que andar con el dulce derritiéndosele por las calles”.

Como la idea de la cooperativa no caló en las autoridades que podrían impulsarla, Roldán, con sus esfuerzos, montará su propia dulcería.

Moldeando masas y mezclas para dulces, Roldán comprendió que podría “upgradear” su pequeño negocio si tan solo aprovecha algunas de las habilidades que aprendió en la UCI.

“Comprendí que debía aprovechar las cosas que estudié y hacer un sistema para administrar mi contabilidad incipiente. Hay una aplicación que se llama “Administre su negocio”, pero no satisface mis necesidades. Como tiene que ver con Windows y yo uso Linux, no tenía para mí una plataforma adecuada”.

Aún está en la fase de “tirar” líneas de código en el desarrollo de su programa, pero adelanta que una vez terminada su idea, ofrecerá el software resultante a quienes requieran gestionar más eficientemente le economía de sus emprendimientos.

“Quisiera que la programación fuera un forma de vida para mí en este pueblo, pero vivimos lejos y aquí es muy difícil aspirar a tener conectividad a internet. Quiero también atraer a más personas, colectivizar la tarea y lograr esta idea de software libre producido en Mantua. Se lo daría a gente, y hasta enseñaría qué son los sistemas de código abierto y cómo se usan sus herramientas. Hasta allí llegaré, aunque quiero hacer en Mantua un festival de software libre”… sigue soñando.

(Con la colaboración de Neilyn Zambrana Roque)