Muchos creerían que estudiar Ingeniería Mecánica es pasarse la vida entre tuercas, piñones y grasa. Pero Alain García, estudiante de esa especialidad, me asegura que la carrera que escogió le permite entender mejor no solo los complejos mecanismos de la interacción física, sino incluso la espiritualidad humana.

En Alain el conocimiento científico no rebate los principios de su fe: “por el contrario, si entiendes la ley de gravitación universal de los cuerpos estás mucho más preparado para comprender la belleza con la que cayó la manzana de Newton, y hasta la parábola del mismo fruto en la creación del hombre”, asegura con una serenidad que parece superior a sus 22 años.

Pero a este joven no le basta con entenderse y entender el mundo desde un perfecto engranaje de la razón con la fe, él también quiere mejorar su realidad y por eso lucha. Cuando las duras jornadas de estudios en la Universidad Central Marta Abreu de las Villas le dejan tiempo, se vuelve a su pueblito natal, para hacer el más vivo trabajo comunitario.

Alain está al frente de la pastoral juvenil de la parroquia de Esperanza, un poblado al centro de Cuba, donde, irónicamente, algunos perdieron el espíritu que evoca el nombre del pueblo:

“Muchos jóvenes viven sin un propósito aparente. No piensan estudiar y menos trabajar, solo entienden la diversión desde el cerrado espacio de una botella de ron, y otros tienen como única aspiración el irse del país o comprarse un celular”, reconoce Alain.

Alain es un activo miembro de la Iglesia Católica Foto: Cortesía del entrevistado

“De un lado la falta de opciones recreativas y oportunidades en un pueblito tan pequeño, y del otro lado la permanente influencia de patrones culturales extranjeros deterioran nuestra identidad, y es precisamente contra eso que trabajamos”, agrega. Alain realiza un trabajo que le permite incidir a través del juego y otras técnicas de participación grupal sobre decenas de niños y jóvenes de la comunidad.

Este futuro ingeniero reconoce que la labor social de la iglesia es básica en el empoderamiento de los más pequeños, para que desde esas edades sientan la necesidad de mejorar el lugar donde viven y rechazar otras realidades complejas.

Él bien sabe que aún con sus problemas, la realidad cubana no tiene mucho que ver con la de otros países.

Como parte de un proyecto de intercambio propiciado por Francesco Fully, párroco de Esperanza, Alain y otras dos colegas estudiantes visitaron Italia en 2014. “Por varias semanas tuvimos la oportunidad de convivir en un centro para niños aquejados por problemáticas sociales realmente difíciles, como la drogadicción, la prostitución, la orfandad y la migración. Cuando percibes esas realidades regresas aún más convencido de lo que no quieres para tú país, y también de cuánto puedes hacer para evitarlo”, abunda.

Alain sueña, y lo hace con esperanza. “Yo era muy introvertido y hasta asustadizo. Recuerdo que la primera vez que me dieron una responsabilidad me sentí con una carga terrible, dije: ¡No, yo no podré…! y por el contrario fue ese reto el que destrabó los engranajes de mi espíritu y me convirtieron en lo que soy, un joven como todos los demás, pero dispuesto a ayudar y a luchar por mi pueblo y por lo que quiero, que es el bien común.”

“Ahora yo tengo la aspiración de que a otros muchachos les suceda lo mismo. Y lo voy a lograr porque la esperanza es como una ley o fuerza mecánica que mueve al hombre. Y es una fuerza contagiosa, yo lo sé”.

Foto: Cortesía del entrevistado