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protestas en Cuba y represión en Cuba 11 de julio de 2021 11J

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La filosofía salva

15 / octubre / 2021

Ninguna tiniebla, por espesa que aparezca, hace desesperar de que alguna luz o algo de la luz penetre en ella.
María Zambrano, El límite impenetrable

María Zambrano escribió en El Hombre y lo divino: «quien asume la actitud filosófica, asume también la responsabilidad de sus palabras»[1]. Hoy deseo comentar acerca de los acontecimientos que tuvieron lugar en Cuba el 11 de julio pasado y el análisis que hacen sobre ellos algunos colegas de Filosofía en la Revista Alma Mater no con el ánimo de polemizar ni intentar desacreditar sus palabras, solo para añadir mis criterios acerca del tremendo acontecimiento que estremeció Cuba. Parafraseo al destacado sociólogo francés Pierre Bourdieu quien escribió en un texto denominado «Comprender» que el filósofo no puede ignorar que lo propio de su punto de vista es ser un punto de vista sobre un punto de vista.

Existen algunas cuestiones esenciales en la mencionada reflexión, por ejemplo, cuando José Antonio Toledo García señala, muy preciso, que «no ha existido un diálogo serio, responsable y oportuno, que no es necesario esperar una manifestación para conocer el estado de opinión de la población en relación con sus demandas y demostrar el interés y las medidas concretas». Asimismo, el profesor Toledo nos recuerda la necesidad de no subestimar las causas que condujeron al fracaso del socialismo europeo.

Otro de los autores, Dayron Roque Lazo, plantea la necesidad de explorar la lenta acumulación de un sentido común favorable al capitalismo, sus modos de vida y consumo en Cuba. Aquí me quiero detener.

Mi generación —que es hija directa de la denominada Revolución— creció con preceptos muy sólidos de una posición maniquea en la evaluación de los sistemas políticos: todo lo que venga del capitalismo es malo, el socialismo es bueno, aunque no se sepa en realidad cómo impulsar el desarrollo de este último. Tildar a una parte de la población cubana de inclinarse hacia el sistema capitalista, de tener ansias de consumismo, es una valoración en extremo simplista.

¿Es que acaso este representante de la intelectualidad no se ha enterado de la crisis sanitaria y económica profunda en la que está hundido este pueblo? ¿Quiénes son los verdaderos consumistas en nuestra tierra? ¿Aquellos que no tienen un simple caramelo o chocolate para dar a sus hijos, que no tienen una medicina para evitar que fallezcan enfermos oncológicos? ¿Aquellas muchas otras personas que mueren por no alcanzar atención médica durante el proceso de infección por la COVID-19; o las que se agravan por afecciones en la piel; o quienes no cuentan con un vaso de leche para desayunar? ¿O los que pasean en yates, se trasladan en Mercedes Benz, ostentan relojes Rolex, carteras Hermes y viajan a cualquier lugar del mundo?

No, estimado colega, el sentido común muestra que el origen del profundo descontento no se debe a un capricho superficial de retorno al capitalismo, sino a la aspiración de poseer una vida decente; la merecen los haitianos, los colombianos, los hondureños, los cubanos… todos los ciudadanos de cualquier rincón del mundo merecen una existencia adecuada. No se trata de resistir eternamente, se trata de vivir y vivir bien. 

Después sentí cierta contradicción en la declaración posterior de Roque, cuando expresa que la aspiración a una vida decente estuvo presente en las protestas, pero enseguida compara esta situación asfixiante que padecemos hoy con la que tienen otros países pobres. El modelo soviético criticaba el hambre en la India y silenciaba la que padecía Ucrania. En Cuba —donde hace más de 60 años se proclamó el socialismo como modo de vida— no debe existir esta miseria galopante, resultado de un estatismo burocrático deprimente. Siempre me ha llamado la atención la diferencia que existe entre un sin techo en Cuba (los llamados deambulantes) y un sin techo en un país capitalista, no hay ninguna. El hambre es la misma en cualquier parte. 

Una gran cantidad de cubanos y cubanas creímos en una vida buena que parecía posible algún día; hoy ha quedado en larva. Todos los proyectos implementados fracasaron y los que de manera obstinada se implementan se hallan privados de horizonte. 

Como muy bien destaca Gilberto Valdés, acontecimientos como los del pasado 11 de julio responden «a la sensibilidad herida de personas y colectividades dañadas por los vicios burocráticos y tecnocráticos». El especialista también reafirma la necesidad de llegar a un socialismo próspero y sostenible. Esa frase resulta agobiante. ¿Quién puede creer en esa sociedad futura que nunca llega?

No coincido con la aseveración de que el sistema político cubano está en un proceso de refundación ¿a favor de los objetivos de emancipación? Un régimen que tenga a cientos de presos por solo ejercer su derecho a manifestarse, un jefe de Estado que declare una orden de combate contra su propia gente, destierro, prisión domiciliaria, actos de repudio en los que una masa fanática se dispone al linchamiento, que desprestigie a sus disidentes, que no convoque a un diálogo nacional, no reúne los requisitos de garantizar la libertad de su pueblo. Es imposible con esas actuaciones antidemocráticas cumplir los fines humanistas que proclama el destacado investigador.  

Un fragmento de Rebelión en la granja nos recuerda: «si bien no faltaban penurias que aguantar, en parte estaban compensadas por el hecho de que la vida tenía mayor dignidad que antes. Había más canciones, más discursos, más desfiles»[2].

Algo muy válido indica Dayron Roque Lazo: «el 11 de julio ha significado una derrota cultural muy grave porque expresa el agotamiento para un sector de la población de su compás de espera por el “pan y libertad”». Afirma, además, que a la vez los sucesos de ese día representan una ventana de oportunidad de lo que debe hacer el Estado cubano. El Estado desaprovechó tal circunstancia, no ha brindado señales de cambios profundos para revertir la situación imperante, todo lo contrario.

Por último, ante la pregunta ¿qué hacer desde la Filosofía?, una de las respuestas fue: ella puede hacer muy poco. Fue la pensadora María Zambrano quien dijo en un momento de su vida que la filosofía la había salvado, pero no quería salvarse sola, por eso insistía mucho en su divulgación. En El payaso y la filosofía escribe: «Mientras se piensa se es enteramente libre. Y el pensamiento mismo es la libertad»[3].

Para entender el contexto político y social de nuestra sociedad es imprescindible este nivel de razonamiento. Desde los tiempos de Félix Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí, la vida no se consagró a la filosofía, sino al revés, tuvimos una filosofía para la vida.

Cuando André Gide visitó la Unión Soviética en 1936, se entristeció al constatar esa realidad que por dogma solo podía ser motivo de euforia épica, pues el emblema de los soviéticos era la lucha, no la reflexión sosegada. Cualquier coincidencia con la Cuba actual es ¿pura coincidencia?; por ello el nombre de Gide desapareció de las publicaciones de izquierda. Este tuvo que escribir a contracorriente, de cara a la palabrería general, en la tristeza de su verdad.

[1] Zambrano, M. (1993). El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica. México.

[2] Orwell, G. (2005). Rebelión en la granja. Bureau Editor S. A., Buenos Aires.

[3] Zambrano, M. (2007). «El payaso y la Filosofía». En Islas (Arcos, J. L., ed.). Editorial Verbum, Madrid.


** Este texto forma parte del dosier «Desafiando el “consenso”».


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Teresa Díaz Canals
Profesora Titular. Dra. en Ciencias Filosóficas. Ensayista.
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