La Habana quadrata no tuvo un Rómulo fundador. Una misa debajo de una ceiba bastó para consagrarla. La ciudad, adelantándose medio milenio a las costumbres cubanas contemporáneas, se mudó de una costa a otra, cuando ya tenía casi un lustro de existencia, a este puerto de Carenas, dulce y luminoso hasta en mal tiempo.

Esta ciudad lo ha visto todo. Cabildos, hatos, piratas, diablitos de Día de reyes, ventas de esclavos en la Plaza Vieja, ordeñes de vacas en la mismísima calle, flotas europeas de paso, capitanes generales asesinos y alguno que otro bonachón. Tuvimos a los ingleses por poco tiempo, con sus casacas color mamey colorado, y después de ellos la nueva ola de reformas y la moda del despotismo ilustrado.

La Habana hirvió de enciclopédica, siempre más tarde que en Europa, nos adelantó el obispo Espada, más cubano que algunos que han nacido aquí, y los colegios ejemplares como el Salvador y el Seminario brillante de San Carlos y San Ambrosio. Caballero, Luz, Varela, adornaron La Habana más que sus columnas y arcadas.

La rebeldía también fue habanera, como la de los ñáñigos justicieros que, en un rictus de amor, trataron de liberar a los señoritos blancos estudiantes de Medicina, vilmente acusados y después bárbaramente fusilados.

La Habana fue testigo de duelos de honor, de inolvidables puestas de teatro, de cantantes líricos célebres, de suicidios apasionados, de carreras de galgos, de apuestas enormes por un caballo, de noches de patinaje sobre hielo, de un aterrizaje de un OVNI tripulado por marcianos rumberos, de carreras de fórmula uno y del secuestro de Fangio, de cabarés voluptuosos, y antes, cuando todavía no teníamos República, del estallido del Maine.

Quinientos años son muchos, La Habana los siente, los afeites de feria se le corren con las lágrimas. Ha perdido mil hijos y le han nacido otros mil. Vio en un temblor cómo le mataban a Trejo, a José Antonio, a los muchachos del 20 de abril, a sus hijas heroicas del Juanelo, a los bomberos y obreros de la Coubre. Fue testigo del Patria o Muerte, de las marchas de sus nietos triunfantes después de la alfabetización y, antes, mucho antes, tuvo que resistir la cárcel de Martí.

Balcones de La Habana. Foto: Alain Gutiérrez.

Balcones de La Habana. Foto: Alain Gutiérrez.

La Habana ha aguantado en sus muros y paredes, en sus plazas y portales, en sus puertas y calabozos, miles de ejecuciones y torturas. Ella ha soportado el bocabajo de sus esclavos, el garrote vil, el aceite palmacristi, las golpizas de Ventura, los fusilamientos de la Cabaña, el juicio y muerte de Marquitos, la condena de Ochoa y, antes, mucho antes, el martirologio de los ocho estudiantes de Medicina.

A la ciudad de los cien nombres le sobra el mar, le falta el orden. Los carnavales no son su fuerte, ha visto asombrada la guerra de las bandas de gánsteres, la batalla de Orfila, los edificios consumidos por las llamas, como un día ardió el Teatro Auditorio Amadeo Roldán y otro el restaurante Moscú.

La Habana, de las marchas de los estudiantes, del heroísmo, de la huelga de Mella, de la Huelga del 9 de abril, de las 100 bombas, de la defensa de su bastión por el feo Machaco. La Habana, bullanguera, cagada por los perros, vigilada por los gatos, que asiste ahora a su matanza, como si se tratara de un aporte de la modernidad.

La urbe de espaldas al orbe, sin cruceros, ni barcos mercantes, sin pescadores vendedores de aletas de tiburón, sin ríos cristalinos ni memoria de los negros jugadores de cubilete y comedores exhaustivos de manjúas.

Quinientos años son muchos. Han desfilado por aquí extremeños groseros, navegantes incultos, escultores de mérito, yanquis pacificadores con el estómago más grande que el lago Hurón, atragantados con nuestra libertad y con la Enmienda Platt. Después de ellos en aviones rojos como el fruto de la palma, llegaron los soviéticos, camaradas simpáticos, con un abrazo protector y asfixiante, como el del oso de Siberia.

La Habana, fina y vulgar a la vez, cabaretera, mafiosa, revolucionaria, rumbera, aprendió a visitar el Gran Teatro y a contar los giros del Lago de los Cisnes y a perder la calma en las colas de los cines para ver una película danesa.

La bella dama de las columnas, vestida de lienzos, pintada por Amelia, por Portocarrero, retratada en sus faenas menos gloriosas por Landaluze, cantada por Dulce María, tiene hijas reales que la gente no conoce, y otras inventadas, que la gente adora, como la mulata perfecta de la Loma del Ángel.

Este mar que te baña me adormece. No sabemos vivir, los habaneros, sin tu furia de sal y tu calma después de la tormenta. Es un privilegio vivir en La Habana. Quinientos años sirven para aprender el arte del amor, de la brisa cálida vespertina, nos enseñaste a extrañarte y a odiarte por sucia y harapienta. Te hemos vestido otras mil veces y siempre te lo gastas todo en la misma fiesta del olvido.

Habana, sálvanos del norte que se aproxima, de la cercana penetración de sargazo y Coca Cola, de la injusticia de los que gobiernan, del odio tierno de los que no te habitan, de las malacrianzas de tus hijos inútiles, de las furnias hondísimas que te horadan.

Calles de La Habana. Foto: Alain Gutiérrez.

Calles de La Habana. Foto: Alain Gutiérrez.

Tus quinientos los recibes sin dientes, no puedes masticar el chicharrón de monarcas que te han venido a ofrecer, ni estás en edad de menear la cintura con los bailes que se organizan, ni de empinar el codo ante el Cristo que te mira, porque hace tiempo que el ron te despatarra.

Nosotros, tus hijos y nietos, cansados de verte morir y renacer, te hemos enterrado en nuestra memoria, para aprender a vivir sin ti, no porque no vayas a existir más, sino porque de ti, todos terminan huyendo.

Mi Habana, sabes que te quiero como a una madre. Inunda mi bote, impulsa la resaca, no me dejes dejarte. Es mejor morir de tu mar.

 

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