Si uno no se fija en sus dificultades al caminar, difícilmente imagine que Ariel Zulueta Bravo sufrió una parálisis cerebral infantil con secuelas. Cuando niño, tras ser excluido o relegado de los equipos de pelota de sus amiguitos, terminó en la consulta del psicólogo tratando de entender qué representaba él para los demás y muchos otros porqués.

Tan bien los comprendió, que a la vuelta de unos años se hizo psicólogo, para explicar él mismo qué sucede en el conocimiento y reconocimiento de los otros. Así lo hace desde hace cuatro años con sus alumnos de Psicología Especial y Estudios de Casos en el cuarto año de la carrera de Psicología en la Universidad de La Habana, y con las familias que asisten a su consulta del Centro de Orientación y Atención Psicológica, en la capital cubana.

“Nadie viene al mundo con discapacidad —me dice— La discapacidad es el resultado de la interacción de las características individuales con un universo de personas supuestamente “normales”. Y las sociedades, mayoritariamente integradas por dichas personas, no se responsabilizan con garantizar oportunidades para todos. O a veces las crean, pero como una limosna. Y no debía ser así. Son un derecho”.Foto Alba León Infante

Foto: Alba León Infante

“En la enseñanza especial cubana hay un declive respecto a tiempos pasados, como ocurre en la educación del país en sentido general, Sin embargo, seguimos teniendo un sistema de enseñanza especial respetado incluso por naciones del primer mundo. Una de las cosas que yo critico del nuestro es que a veces se confunde solidaridad con paternalismo”.

¿A qué te refieres?, le insisto.

Por momentos, para intentar igualar los accesos, les bajamos las exigencias a las personas con características distintas. Y eso a la larga no es fructífero. Tengo una profesora que dice que en determinadas circunstancias la mejor ayuda es no ayudar.

Una barrera importante para la inserción social de los discapacitados aquí es que no tenemos políticas para el trabajo acompañado. Esto es, concebir y normar que ciertas personas que no pueden producir solas en un puesto laboral, trabajen con alguien que los guíe. Así, podrían ser tan útiles y aportar tanto como cualquier otro.

Foto: Alba León Infante

Tal vez el país pensó en un momento que podía garantizárselo todo a las personas con capacidades diferentes. Es la misma filosofía de la Libreta de abastecimientos para la canasta básica, que ahora se está intentando cambiar. Otra cuestión importante es el trabajo con las familias. Hay que darles un espacio donde puedan decir y decirse hasta lo que le confiesan solamente al espejo.

¿Y crees que esos espacios existen en las consultas o los centros de orientación del país?, vuelvo a preguntarle.

No he hecho una investigación al respecto, pero por simple percepción creo que muchas veces lo que se hace no pasa del diagnóstico de los problemas. Urge que los especialistas trabajen estos temas sin muchos fantasmas.

¿Fantasmas?

Sí, quiero decir que no te puede dar miedo que una madre te diga: “este no era el hijo que yo quería y si pudiera lo cambiara en una tienda.

¿Te ha pasado?

Sí y no. He conocido familias con estas penas. Y otras que, sufriéndolas, ni siquiera se dan el chance de confesar lo que sienten.

Pero el asunto es bastante complejo…

“Claro que lo es, máxime cuando en nuestra sociedad, y en el mundo entero, los paradigmas que te venden constantemente los medios de comunicación y los cánones de estilo son los de los hombres y mujeres ideales, sin estos problemas o limitaciones”.

¿Qué opciones ves para las personas discapacitadas en esta Cuba agitada por cambios económicos y sociales…?

“Podría haber muchas ventajas en esas transformaciones, como el aumento de la competitividad. Pero hasta ahora veo más desventajas que cosas positivas en el horizonte. Y en cierta medida ni siquiera es responsabilidad de los decisores. Los que tienen discapacidades deben posicionarse. No decirle al mundo: “ábranme las puertas” y utilizar la lástima como un poder. Estamos en un momento en que cada cubano piensa en qué Cuba quiere tener. Y los discapacitados no son extraterrestres.”

Termina Ariel contándome cómo los estudiantes de su facultad armaron una caminata de 16 kilómetros por sitios montañosos y lo invitaron. “Pensé que no podía, pero igual lo consulté con mi entrenador en el gimnasio. “Si te lo propones y entrenas, lo logras”, me dijo. Y aquí me ves, después de las montañas”.