“¿Es seria esta rebaja? ¿En serio, 10 centavos?”, pregunté a una trabajadora de la tienda recaudadora de divisas (TRD) en el Supermercado del reparto Hermanos Cruz, de Pinar del Río. Frente a mí, frascos de 1 litro de “Chocolate con café. Bebida concentrada”, producidos por Lácteos Pradera. La joven, amable, reparó en las etiquetas, que reducían el precio de 3.50 CUC (87.50 pesos cubanos) a 3.40 (85.00), bajo el precepto de “Rebaja por perecederos”; me miró con cara de asombro y respondió: “Pues sí, parece que es así”. Saqué el celular y dejé constancia. No pude disimular demasiado mi molestia. Era 24 de julio de 2019, 11:53 a.m.

Ya casi olvidado aquel incidente, el pasado 4 de septiembre (12:11 p.m.), en busca de lentejas para el puré de mi hijo, entré al centro comercial Nueva Imagen, de calle San Carlos, en la ciudad de Holguín, al otro extremo de Cuba. “Oferta especial”, gritaba un cartel muy cercano a la puerta de acceso, así que me acerqué presuroso, como buen cliente esperanzado.

Eran los mismos frascos de Chocolate con café, con la misma casi increíble rebaja de 10 centavos, por su inminente vencimiento, pero esta vez promovidos con más fanfarria. Me viré de inmediato y pregunté al custodio de la tienda si ese era el precio real, si mis ojos no me engañaban. Él, alto, de complexión recia y ademanes severos, estiró un poco el cuello, miró y me dijo que sí, que ese era el precio, pero que ya debía estar próxima la otra vuelta de rebaja, en la que lo disminuyeran más.

Como un reflejo automático, busqué el celular y enfoqué la especialísima oferta.

—Oiga, oiga, usted no puede hacer fotos ahí, me requirió el empleado.

—¿Y por qué no, si hay una normativa de Comercio Interior que autoriza las fotos?

—Porque no. Mire, si quiere puede tomar fotos de un electrodoméstico o de otro equipo, pero de eso no, recalcó el custodio. Y para darle más fuerza a su criterio, me indicó que si lo entendía consultara a la administradora.

Dicho y hecho. La administradora, pequeña, gruesa y de pelo rubio, emergía a la sazón de una puerta al fondo del reducido establecimiento. El contrariado trabajador me la señaló y allá fui. Cuando le pregunté vaciló por unos instantes, pero al final reconoció que sí, que era posible fotografiar cualquier producto y sus precios, pero no otras cosas de la tienda en sí misma. Se dirigió conmigo hasta la puerta y le explicó a su subordinado. “¿Tú estás segura?”, ripostaba él. Y subrayaba: “Yo sé lo que te digo. Yo sé lo que te digo”. Ella ratificó la información, ambos se disculparon conmigo y él se quedó narrándole bajito a su jefa acerca del intercambio previo con este intruso cliente.

Seguí explorando el interior de la tienda y la directiva, a los pocos minutos, volvió a buscarme… —¿Y para qué quiere usted esas fotos? —Bueno, pueden ser para cualquier cosa, por ejemplo, enseñárselas a mi familia, respondí tratando de no ser descortés. “Ahhh”, respiró aliviada y se alejó a su oficina.

Leche con Chocolate en tienda de Holguín. Foto del autor (elTOQUE)

Leche con Chocolate en tienda de Holguín. Foto del autor (elTOQUE)

Mis conocimientos de economía no rebasan la matemática elemental. De marketing y mercadotecnia no sé casi nada. Pero me luce que no hay que ser demasiado ducho en esas materias para darse cuenta de que rebajar 10 centavos a un producto que ha demostrado no tener demanda en dos provincias del país, a pocos días de su caducidad, es un absurdo mayúsculo.

Aun desde mi ignorancia, no dejan de martillarme muchas preguntas sobre el incidente: ¿Quién decide producir en Cuba “Chocolate con café” y luego venderlo a ese precio que puede representar el salario de varios días de trabajo de cualquier empleado estatal, cuando en las tiendas muchas veces faltan los productos básicos, de altísima demanda, como pollo, aceite, arroz?

¿Cómo a alguien se le ocurre que resultará atractivo, conquistador para los clientes, un simple cambio de 2.50 pesos cubanos si ya con esa diferencia casi no se puede ni tomar el transporte público en la Isla?.

Y cuando llegue la fecha de muerte natural del producto, ¿cuánto perderá el Estado, es decir, el pueblo, que es el que trabaja y produce, por la tozudez de no bajar hasta límites accesibles la mercancía casi inútil que adquirieron con el dinero de nosotros?

Entre paréntesis, ¿acaso no había quedado “resuelto” el problema de las fotos, aunque fuera con las ilógicas limitantes que finalmente le puso el Ministerio de Comercio Interior? ¿No tienen los directivos la obligación de mantener actualizados al respecto a sus subordinados?

Sin embargo, más allá del encabronamiento, lo que sí me mortifica sobremanera, casi a punto del desvelo, es que el que decidió desde una refrigerada oficina que a ese producto se le iba a bajar únicamente 10 centavos, aunque después hubiera que botarlo, es un compatriota mío, es alguien cuya familia, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, también viven y sufren la misma Cuba, y quizá, quién sabe, podrían haberse tomado un vaso de chocolate con café si el litro estuviera a 20 pesos o 30, o hasta 40, que es más o menos la mitad del enorme costo inicial asignado.

¿Dónde era que el hombre se volvía lobo del hombre?

 

Si te gustó esta historia puedes leer otras en la aplicación móvil de elTOQUE. Cada día compartimos nuevas publicaciones a las cuales puedes acceder mediante una descarga por correo Nauta o Internet. Búscala en Google Play o en CubApk.