En estos días he estado dándole a un juego electrónico de carreras de motos acuáticas. No sé cómo se llama, no me interesa, ni siquiera he mirado. Solo entro al juego, aprieto el acelerador, me cuido de las curvas y de los pilotos que a veces me cierran y no me dejan avanzar. Gano carreras, una tras otra. Algunas las despacho con los ojos cerrados.

Todas las semanas descubro alguna técnica que debí saber desde el principio. ¿Cómo gané todo este tiempo sin saber esto o aquello? ¿Seré una especie de pequeño genio? ¿Seré un caso de estudio? Todo eso sin necesidad de foros de debate en internet, o sea, a la cubana: desconectado.

Por ejemplo, esta semana descubrí que cada vez que doy una pirueta tengo derecho a un boost. El boost es un gran acelerón que me ayuda a pasar a los que están delante. Ahora estoy enfrascado en saber cómo lograr una pirueta. Algunas dan más puntos que otras y hay carreras que se basan solamente en dar piruetas.

Es una pincha solitaria, nadie sabe de mis conquistas. Mi hija dice que me estoy volviendo estúpido (juego en el tablet que su abuelo le compró en Miami). Mi papá se queda mirándome, no comprende. Mi mamá ya me dio por perdido desde hace tiempo, pero por otras cuestiones, como dejar los vasos fuera de lugar, comer mangos y dejar las cascaras en la sala, así que esta deriva, para ella, es más de lo mismo. Yo pudiera decirles que tampoco comprendía a la gente que se enviciaba, pero para qué redundar.

Con los premios en metálico que generan mis victorias he comprado tres motos nuevas, y también prestaciones como maniobrabilidad y aceleración, y otras que no sé para qué sirven, pero deben servir para algo. Cuando gano dos o tres carreras seguidas me lleno de un secreto orgullo que meto en un cofre imaginario y aprieto contra mi pecho.

A veces miro hacia las gradas y me imagino que me observa gente de verdad, y me fijo bien a ver qué hacen, si tienen movimientos propios concebidos por los diseñadores. Otras veces me inclino y miro el fondo del agua y me pregunto por qué no hay un puto pez. Quizá está llena de cloro para fulminar cualquier posibilidad de vida. Debieron diseñar un pez. Una rana. Un guajacón.

Esta semana descubrí algo un poco desagradable, ontológicamente hablando. Quizá todo lo demás fue encantador menos esto. Si yo pierdo, por ejemplo, a mitad de carrera, los demás pilotos también se detienen. Se supone que soy un jugador más ¿no? Entonces, ¿por qué se detienen? ¡Sigan, sigan con su carrera!

Ninguno responde. Todos se vuelven hacia mí, sin parpadear, sin mover un músculo del rostro (es un decir, sus rostros está ocultos tras los cascos).

También he descubierto que no puedo tomar una ruta propia e irme a pasear por ahí. El juego me pone un gran cartel diciéndome, “vuelve a la carrera muchacho, vuelve a la carrera, toca la pantalla para volver al principio”. Y detiene mi paseo como a esas delegaciones que visitan países socialistas y no las dejan caminar solas por las calles para que no hagan preguntas.

Mi panteísmo o animismo es tan poderoso, que me he puesto a pensar: quizá sí, quizá eso sí lo concibieron los diseñadores: los pilotos en competencia se detienen y te miran por eso del distanciamiento brechtiano. Intentan decirte, con su silencio, algo como: “nos detenemos, porque esto un juego, bro. Tú estás vivo, pero nosotros no, gracias a ti tenemos algo parecido a la vida, ¡alégrate pues! Toca la dichosa pantalla y comencemos de nuevo”.

Ana Karenina, Madame Bobary, Lucién de Rubempré viven diariamente gracias a un lector. Pensé en Phillip K Dick, y su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? La vieja tentación del androide que quiere ser humano es, realmente, invertida. Es el humano el que quiere que sus realidades ficticias y virtuales sean reales. Desde la flor de Coleridge hasta el último performance de Dani Daniels.

Pero los videojuegos son viejos y nuevos.

En “Olas salvajes”, un torneo del videojuego, me estacioné hace poco después de perder. Las olas artificiales me subían y me bajaban. La carrera, la velocidad, el ruido de los motores y el olor a combustible, estaba por otra parte y yo allí, dejándome llevar por las olas, con el sol electrónico calentándome el ule del traje. Es lindo eso. Lo que se siente.